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sábado, 15 de marzo de 2014

Tenemos que hablar



 
 
Siempre tuve el aplomo de las personas expertas en el arte de moverse con soltura, de lucir la ropa que usaba y de despreciar a aquellos que estudian sus gestos ante el espejo  para que luego parezcan airosos. Pero esa espontaneidad connatural nunca dejó de ser irónicamente un ímprobo artificio que dictaba cada una de las pautas que gobernaban mi vida. Jamás fui consciente de la inteligencia que otros me atribuían pero sí estaba orgulloso de los esfuerzos que, desde siempre, me impuse para hacer crecer los rudimentos sobre aquello que me interesaba. Sin embargo, los libros que leía o los textos que redactaba se convertían en clavos que aludían una y otra vez a mi inventada ignorancia. Y, aunque trataba de sortear el enfrentamiento conmigo mismo, no dejaba de atribuirme culpas y de herirme deliberadamente. En todos estos años no he conseguido encubrir el miedo a caer en el abismo, en la oscuridad agazapada tras todas las obsesiones que acompañaban esa vida ordenada e instruida de un modo pulquérrimo, de cuyas discordias siempre he protegido a los demás. Te escribo esta carta porque he vuelto. Disculpa estas frases improvisadas, pero sentía la necesidad de excusar mi comportamiento aunque fuera de forma escueta y vaga.

Posdata: Al entrar, a oscuras, he tropezado con el velador de cristal del vestíbulo, que ha estallado en añicos al caer. Tenemos que hablar.


Texto y foto: Javier Ubieta