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viernes, 29 de marzo de 2013

NINETEEN FORTY ONE by Juanma Carrillo









28 de marzo de 1941. I feel certain I am going mad again. I feel we can't go through another of those terrible times. And I shan't recover this time. I begin to hear voices, and I can't concentrate. So I am doing what seems the best thing to do”. Estas cinco escuetas frases son solo una parte de la triste despedida que Virginia Woolf dejó escrita en una nota para su marido antes de que se suicidara, arrojándose al río Ouse con los bolsillos cargados de piedras.

22 de Junio de 1941.
La Alemania nazi invade la Unión Soviética, en la operación militar más expansiva de la Segunda Guerra Mundial. Con la Directiva 21 [llamada en código "Operación Barbarroja"], la primera orden operativa para la invasión de la Unión Soviética, Hitler decide destruir mediante el uso de la fuerza militar, cualquier señal que se pudiera percibir como una amenaza comunista hacia Alemania y despliega, para la invasión, casi 200 divisiones con máxima capacidad de lucha.

7 de diciembre de 1941. La aviación japonesa ataca por sorpresa la base naval de Pearl Harbor en Hawai, donde se concentra la flota de guerra norteamericana del Pacífico. 350 aeronaves japonesas acaban con la vida de más de 2400 estadounidenses. El ataque lleva directamente a la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, tanto en los escenarios de la guerra de Europa como del Pacífico.

Paralelo al rodaje de su primer largometraje, “Islandia”, y con “Hielo Quema” esperando su turno, Juanma Carrillo rinde homenaje, con "Nineteen forty one", a todos aquellos que vivieron doce interminables meses cruentos, despiadados y tristemente letales. El mismo año en que la actriz alemana Marlene Dietrich consigue la nacionalidad estadounidense y Orson Welles, en “Ciudadano Kane” presenta el discurso con más tino sobre la pérdida del poder en la obra maestra, parte del mundo se desangra en un capítulo de la historia del siglo XX protagonizado por la dictadura, la traición, la corrupción y el odio.
 
 
 
 
 
 
 
 
Decía Jacques Rigaut que hay que olvidar para poder seguir. Juanma Carrillo decide, en cambio, echar la vista atrás, para relatar una historia pausada y frenética, barroca y liviana, oscilante entre episodios de excelencia que generan un virtuosismo al que muy pocos artistas han tenido la oportunidad de -siquiera- acercarse. La versión de "19NINETEENFORTYONE41" que he visto, conforma un estudiado asedio que arrasa con las emociones del espectador. Sangre, sudor y lágrimas en impecables encuadres de paisajes hiperreales, desiertos o habitados por personajes que caminan atravesando planos enteros con destinos indefinidos, pero que se juntan en un solo terreno. Áquel donde vive la extraordinaria descomposicion de las texturas de los sentimientos. El brillo que desprenden la música, la fotografía o la imagen, es inexplicable si no se recurre al gesto indefinible que provoca una sacudida por trepidación violenta. Es imposible permanecer inalterable ante 1941. Juanma se codea, sin pretenderlo, con la majestuosidad de la lírica cinematográfica. Lo mejor es que, al no cortejarla, la renueva y la ensalza con lo genial de su misterioso hacer.
 
 
http://juanmacarrillo.com/

 
 
Texto: Javier Ubieta
 

sábado, 23 de marzo de 2013

The Game







“Está sonando The Game, vamos a bailar”, dijo Cristo con una cadencia átona. Y me cogió por la cintura con un inesperado vigor, fruto de las drogas. Yo parodié una sonrisa poco creíble. La pista era una masa confusa de cuerpos danzantes e intoxicados. Llevaba toda la noche pretendiendo reunir la adrenalina necesaria para emborracharle más y sedarle al llegar a casa, con la intención de que perdiera el control de sus nervios. Bailamos. Él se movía muy despacio; yo percibí el infinito fumante y oscuro que se veía a través de sus pupilas dilatadas. Sentí la música más alta, mis mandíbulas demasiado tensas y me abstraje en la idea de matarle sin esperar a que acabara la noche. Una de las veces en las que la inercia le hizo chocar conmigo, tiró su copa. Entonces, me agaché a por uno de los añicos, me acerqué a él, acaricié su abdomen tanteando la parte más blanda e incrusté con violencia una de las aristas del cristal en el punto que consideré más certero. Cristo cayó al suelo mientras yo desaparecí entre la multitud caminando lentamente hacia atrás, disfrutando al ver cómo su cara se paralizaba en una mueca que mostraba el terror más abyecto que se pueda imaginar.


Texto y Foto: Javier Ubieta

martes, 12 de marzo de 2013

La clínica



 
 



Mentiría si negara que aguardaba impaciente el día de hoy. Los espacios serenos de mi vida, que nunca fueron muchos, quedaron reducidos a uno solo: las lecturas que servían de refugio a mi mente confundida y que le proporcionaban -solo a medias- leves destellos de paz. Todo lo demás era como vagar a la deriva. Los paseos por la arboleda, las conversaciones con alguno de los otros internos y las pocas visitas que me permitían, no ayudaban a asumir aquella situación, sino que empeoraban vivamente mi estado de ánimo. Según mis cuentas, habían pasado unos treinta meses desde mi ingreso en el hospital psiquiátrico, pero el último medio año me enseñó a coquetear con la actuación y aprendí a fingir con naturalidad mi falsa mejoría, hasta el punto de sugerir a mis médicos un cambio de habitación desde la que contemplar el fastuoso paisaje sin las rejas de seguridad de las ventanas.

El día que trasladaron mis pocas pertenencias a la habitación del fondo del último piso del edificio coincidió con el solsticio de verano. A media tarde, una enfermera me acompañó al nuevo habitáculo. Sentí más que nunca el éxito ejecutorio de mi sofisticada manipulación y callada burla. Escudriñé los colores verdes a través de los cristales, los de las frondosas copas de los árboles que vestían la fachada principal, y que dejaban ver apenas un trozo de mar azul, al fondo. Mi alta médica se firmó ayer por la tarde. Hace dos segundos que el silencio es denso, lo justo para concentrarme en la falsedad de mi vida y en el desastre emocional por el que se pasea mi dignidad entre barbitúricos.

Ahora estoy encaramado en un taburete alto, junto a la ventana. Escucho pasos que se acercan e intento acumular la sangre fría suficiente para que, en el momento de que alguien abra la puerta, yo me deje caer.


Texto y Foto: Javier Ubieta

lunes, 4 de marzo de 2013

El vals de Scriabin



 
 




Miguel controló un largo escalofrío, similar a un reclamo, y sus ojos hundidos apartaron la mirada del doctor Cela que intentaba, perplejo, convencerle de que debía ingresar de forma urgente. Pero su actitud casi suplicante, solo sirvió para que Miguel terminara por encontrar sentido a la situación, así que consideró, dentro de su indefensión y debilidad, que quería quedarse a solas conmigo. Sin mediar palabra, el doctor recogió su maletín y, esfumando su gesto de desaprobación, se fue sin ni siquiera mirar atrás.
 
Fue entonces cuando Miguel, lúcido y demacrado, extendió su mano izquierda y me pidió que le ayudara a levantarse del sillón, que pusiera en el equipo de música un vals de Alexander Scriabin y que abriera las ventanas. Al agarrarme, sentí su translúcida mano tan fría, húmeda y arrugada, como si hubiera estado limpiando pescado, y recordé, en ese momento, la primera vez que bailé con él aquel vals, mientras me contaba al oído sus sueños prolijos sobre un futuro incierto pero que él imaginó siempre feliz.

Justo cuando se apoyó en mí y la música empezó a sonar, su cuerpo famélico resbaló contra el mío, tan lento y elegante como si realmente bailara. Antes de caer muerto en la alfombra, yo hinqué mis rodillas en el suelo y agarré su cara entre mis manos mientras le miraba pensando en lo injustos que fueron aquellos sueños y en la dignidad con la que escribió sus últimos días plagados de sombras, locuras y secretos inaccesibles. Y lloré.


Texto y Foto: Javier Ubieta