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miércoles, 23 de octubre de 2013

Javier Ubieta para ANTONIAMAG (IV)



 
 
No es ninguna novedad apuntar que ha sido para mí un lujo colaborar en el número de Octubre de ANTONIA MAGAZINE, que no es un número sino un numerazo. Es un placer estar arropado entre nombres queridos y admirados. Gracias a todos los que me habéis felicitado por el texto con vuestras muestras de cariño. Y, sobre todo, gracias a Mabi, por haberme invitado y a Lourdes, por haberme dicho "Sí". Mil gracias.

http://www.antoniamag.com/
http://www.antoniamag.com/sociedad/contenidos/sociedad/lourdes-por-javier-ubieta
 

lunes, 19 de agosto de 2013

Good night, Prince Ward (II)

 
 
 
 
 

El Mercedes se detiene frente al número 44 de Fleming St., que alberga un edificio residencial de más de cincuenta plantas, un moderno y esbelto volumen de piel acristalada que destaca en altura y estética con respecto al resto. Doy las gracias al chófer antes de cerrar la puerta. El viento frío disfraza la atmósfera y la hace parecer limpia. Me acerco a dos hombres de constitución hercúlea que van vestidos negro y que flanquean una estrecha puerta, anexa a la giratoria principal. De manera educada casi en exceso, me piden al tiempo la invitación. Extiendo el tarjetón al chico que está a mi derecha, le veo tachar mi nombre de una lista. Luego, me invita a pasar moviendo el brazo con gesto amable.
 

Dos puertas correderas metálicas automatizadas, se abren con mi cuarto o quinto paso a través de un pequeño pasillo de techo muy bajo, paredes de piedra, suelo de cemento y apenas iluminado. Y nada me hace imaginar la exuberancia del hall al que accedo. Se trata de un habitáculo en forma de cubo perfecto. El suelo es una composición de baldosas puestas a juego de damas en blanco y negro. En el centro, una magnífica alfombra, diseño de Alexandra Champalimaud, rompe la bicromía con unos arrayanes morunos de color verde vivo. Una mesa de madera oscura, sirve de soporte a un inmenso jarrón de vidrio mercurizado con docenas de rosas blancas de tallo largo. Del techo cuelga  una pesada lámpara de araña de cristal rojo de Murano. Y a izquierda y a derecha, dos tapices de los Reales Talleres de Gobelinos, que representan escenas mitológicas, decoran las paredes vestidas de muaré rojo. Allí quieto, de brazos cruzados y mirando alrededor, me ensimismo recordando el rojo de la sangre diluyéndose en el lavabo, y abro la mano estirando la piel contraída de la herida hasta volverla a ver de nuevo sangrar para comprobar que, en efecto, el rojo de las paredes es idéntico. Me lamo la sangre y trago saliva reconociendo el regusto metálico y salado mezclado con las notas amargas de Ho Hang.

 

Una pesada puerta de espejo craqueado separa este paraíso del infierno subterráneo. Al empujarla me inunda,  lejano, el sonido de la música. En la primera planta, el sótano 1º, hay poca luz y poca gente, así que, según me acerco a una de las barras en forma de herradura, un camarero me pregunta qué quiero. Pido un vodka con lima, que apuro en apenas cuatro tragos mientras trato de ubicarme para poder sentirme a gusto. Me seco los labios con una servilleta de papel y hago un gesto a otro de los camareros para pedir otra copa sin hielo y doblemente cargada. Y mientras bebo, me doy cuenta de que, justo ahí, estoy pisando un pavimento de vidrio que deja ver el 2º sótano. Sé que el anfitrión no estará, que sus detalles invitándome a la fiesta y adornando la habitación del hotel han sido puro protocolo e interés, pero aún así rastreo con la mirada las cabezas danzantes para distinguir algún sombrero extravagante como los que siempre luce, aunque solo intuyo una masa que podría ni ser humana. La pista está atestada por unas doscientas personas que han tomado la rienda del desenfreno más adictivo y bailan, solas, al ritmo del techno minimal y oscuro con ligeros toques de armonía que pincha DJ Tiga, el reclamo fundamental de la fiesta de hoy.

 

Me deshago el nudo del pañuelo del cuello porque empiezo a sudar y justo cuando siento el alivio de una leve frescura, la música se detiene, las luces se apagan  y se escuchan las primeras palabras sin fondo musical con las que comienza el tema After all the love is gone. Entonces, como un autómata, y así, casi a oscuras, decido bajar las escaleras de caracol e ir a bailar. El  emporio subterráneo huele a perfumes caros, sudor y moho. Me rodean hombres guapos, chicos jóvenes excesivamente delgados o muy musculosos y mujeres rubias, bronceadas, vestidas de primeras marcas. Nadie está sobrio. Todos ríen reflejando felicidad a través de sus dientes blancos. Bebo de un trago el resto de mi copa. Estoy triste y ligeramente borracho. Y soy incapaz de borrar de mi mente la palabra que dibujé mi mano, “Solo”. Solo, entre la multitud. Solo, en un mundo del que alguna vez creí apropiarme pero que nunca me perteneció. Solo, ubicado en una atalaya de papel mojado que se deshace por momentos. Y restriego mi mano herida sobre la superficie de una columna de metal oxidada, fría y húmeda. Y este frío me hace sentir de nuevo el frío que sentí al salir del taxi, el frío del hotel, el de la botella de champán y el del cristal. Y me recuerda al frío que tanto tiempo me acompaña sin otorgarle permiso alguno para estar conmigo. Y justo cuando bajo los párpados y el llanto lucha por emerger, mi pensamiento vincula sin voluntad alguna, pero con ímpetu dionisíaco mi presencia en aquel sótano con el rastro de mí mismo en la habitación vacía del hotel. Y quiero desaparecer pero sé que, tal vez, si regreso ahora, ese frío se haría aún más intenso porque la sangre fluiría más rápida y abundante. Es entonces cuando abro los ojos para mirar a alguno de los estroboscopios, cuyas luces intermitentes me repiten una y otra vez que me quede, que no me vaya, que pida otra copa. Y que baile.



Texto e imagen: Javier Ubieta
Con todo el amor, para Prince W.

viernes, 9 de agosto de 2013

La madrugada de ese viernes



 
 

Me siento, me levanto y me vuelvo a sentar. Mi despacho está al fondo de la casa, al final de un pasillo largo y ancho, con seis puertas, tres a cada lado, que dan acceso a cada una de las estancias: la cocina, el baño, el dormitorio principal, mi dormitorio, el salón comedor y la salita de estar. Reposo la espalda en la silla giratoria y miro al fondo, donde se ubica la puerta de entrada, tan encerada que refleja como un espejo la luz del flexo de mi mesa de trabajo, regulada a media intensidad. Tengo la sensación de encontrarme dentro de un espacio de volumen similar al de un féretro, más ancho donde estoy, angosto al fondo, oscuro salvo por esos destellos de la puerta blindada.

Trato de enderezarme brevemente pero me tambaleo. Y soy perfectamente consciente de que estoy escuchando un murmullo que no existe y los pies arrastrándose de alguien que no está. Me acerco lentamente las manos a la cara, examino las diminutas gotas de sudor frío y aprieto los puños, pero mi fuerza se hace cada vez más lánguida y ni siquiera logro que se marquen las uñas.

Parece que haya pasado media hora desde que he salido del baño, donde el mármol sigue estando siempre frío. El sueño está anunciando su llegada. Me abstraigo en ese proceso de sosiego artificial y trato de detenerlo, semiconsciente de que todo esto no supone ningún acto de grandeza ni valentía, pero me encuentro muy débil para interrumpir mi compostura. Vacilante, confuso, con la mirada perdida y la movilidad muy mermada, pienso que no debo esperar más, que no quiero que este silencio me fulmine, y logro obtener la lucidez suficiente como para marcar un número de teléfono. Al otro lado, alguien contesta con voz severa y amable al tiempo. Entonces, comienzo a hablar.


Texto e imagen: Javier Ubieta

 

viernes, 31 de mayo de 2013

La carretera de la costa



 
 

Al contemplar el paisaje que quedaba entre los pies desnudos de Jaime, comprendí la sentencia de la soledad que se mecía entre nosotros, y que provocó que la noche anterior él me anunciara el fin de lo nuestro. Y aunque yo llevaba tiempo sin querer reconciliarme con una verdad definitoria, fingí ser inmune a sus palabras. A la mañana siguiente, el mismo día que abandonábamos la isla, le propuse alquilar un coche para recorrer por última vez la carretera de la costa. Yo conducía nervioso y callado. Él, miraba a través de su ventanilla el paisaje que dibujaba el camino que tantas veces habíamos trazado. Paramos en uno de los miradores de la montaña para escuchar el rumor de la espuma del mar y sentir el silencio del plano horizonte azul. Nos descalzamos y subimos la escalinata empedrada y, al alcanzar el semicírculo de mosaico roto y baranda oxidada, le pedí un abrazo, pero me respondió dándome la espalda y fijando la vista en el infinito. Cuando, por un momento, sus manos robustas se apoyaron en el frágil hierro, quise imaginar la calidez de ese último abrazo, pero apenas pude decir “Vámonos”.


Texto e imagen: Javier Ubieta

domingo, 21 de abril de 2013

Claro de luna

 
 
 
 

Estoy sentado al piano con la espalda erguida, un poco inclinado, hierático, mirando al frente, intentando buscar un punto fijo en la oscuridad de mi apartamento, iluminado por unas cuantas velas que celebran mi amargura desgajada. Sobre el atril descansa la vieja partitura de la Sonata No. 14 en C menor, de Beethoven, que tantas veces toqué para ti. El aire frío que se abre paso a través de las cortinas se tropieza conmigo y me recuerda con una impertinente crueldad que estoy solo, profundamente solo. La lúgubre parsimonia con la que acaricio las teclas me advierte de tu ausencia con desafección y cada nota refuerza el recuerdo casi fílmico de aquellas noches en las que vaciábamos, felices, copas de vino hasta dormirnos en la alfombra, soñando abrazados. Hoy, sin embargo, las agujas del reloj apuntan la verdad de que el crepúsculo es inconcebiblemente lejano. Y, llorando sin consuelo, imagino un nuevo amanecer junto a ti con la plena certeza de que no llegará jamás.

viernes, 29 de marzo de 2013

NINETEEN FORTY ONE by Juanma Carrillo









28 de marzo de 1941. I feel certain I am going mad again. I feel we can't go through another of those terrible times. And I shan't recover this time. I begin to hear voices, and I can't concentrate. So I am doing what seems the best thing to do”. Estas cinco escuetas frases son solo una parte de la triste despedida que Virginia Woolf dejó escrita en una nota para su marido antes de que se suicidara, arrojándose al río Ouse con los bolsillos cargados de piedras.

22 de Junio de 1941.
La Alemania nazi invade la Unión Soviética, en la operación militar más expansiva de la Segunda Guerra Mundial. Con la Directiva 21 [llamada en código "Operación Barbarroja"], la primera orden operativa para la invasión de la Unión Soviética, Hitler decide destruir mediante el uso de la fuerza militar, cualquier señal que se pudiera percibir como una amenaza comunista hacia Alemania y despliega, para la invasión, casi 200 divisiones con máxima capacidad de lucha.

7 de diciembre de 1941. La aviación japonesa ataca por sorpresa la base naval de Pearl Harbor en Hawai, donde se concentra la flota de guerra norteamericana del Pacífico. 350 aeronaves japonesas acaban con la vida de más de 2400 estadounidenses. El ataque lleva directamente a la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, tanto en los escenarios de la guerra de Europa como del Pacífico.

Paralelo al rodaje de su primer largometraje, “Islandia”, y con “Hielo Quema” esperando su turno, Juanma Carrillo rinde homenaje, con "Nineteen forty one", a todos aquellos que vivieron doce interminables meses cruentos, despiadados y tristemente letales. El mismo año en que la actriz alemana Marlene Dietrich consigue la nacionalidad estadounidense y Orson Welles, en “Ciudadano Kane” presenta el discurso con más tino sobre la pérdida del poder en la obra maestra, parte del mundo se desangra en un capítulo de la historia del siglo XX protagonizado por la dictadura, la traición, la corrupción y el odio.
 
 
 
 
 
 
 
 
Decía Jacques Rigaut que hay que olvidar para poder seguir. Juanma Carrillo decide, en cambio, echar la vista atrás, para relatar una historia pausada y frenética, barroca y liviana, oscilante entre episodios de excelencia que generan un virtuosismo al que muy pocos artistas han tenido la oportunidad de -siquiera- acercarse. La versión de "19NINETEENFORTYONE41" que he visto, conforma un estudiado asedio que arrasa con las emociones del espectador. Sangre, sudor y lágrimas en impecables encuadres de paisajes hiperreales, desiertos o habitados por personajes que caminan atravesando planos enteros con destinos indefinidos, pero que se juntan en un solo terreno. Áquel donde vive la extraordinaria descomposicion de las texturas de los sentimientos. El brillo que desprenden la música, la fotografía o la imagen, es inexplicable si no se recurre al gesto indefinible que provoca una sacudida por trepidación violenta. Es imposible permanecer inalterable ante 1941. Juanma se codea, sin pretenderlo, con la majestuosidad de la lírica cinematográfica. Lo mejor es que, al no cortejarla, la renueva y la ensalza con lo genial de su misterioso hacer.
 
 
http://juanmacarrillo.com/

 
 
Texto: Javier Ubieta
 

sábado, 23 de marzo de 2013

The Game







“Está sonando The Game, vamos a bailar”, dijo Cristo con una cadencia átona. Y me cogió por la cintura con un inesperado vigor, fruto de las drogas. Yo parodié una sonrisa poco creíble. La pista era una masa confusa de cuerpos danzantes e intoxicados. Llevaba toda la noche pretendiendo reunir la adrenalina necesaria para emborracharle más y sedarle al llegar a casa, con la intención de que perdiera el control de sus nervios. Bailamos. Él se movía muy despacio; yo percibí el infinito fumante y oscuro que se veía a través de sus pupilas dilatadas. Sentí la música más alta, mis mandíbulas demasiado tensas y me abstraje en la idea de matarle sin esperar a que acabara la noche. Una de las veces en las que la inercia le hizo chocar conmigo, tiró su copa. Entonces, me agaché a por uno de los añicos, me acerqué a él, acaricié su abdomen tanteando la parte más blanda e incrusté con violencia una de las aristas del cristal en el punto que consideré más certero. Cristo cayó al suelo mientras yo desaparecí entre la multitud caminando lentamente hacia atrás, disfrutando al ver cómo su cara se paralizaba en una mueca que mostraba el terror más abyecto que se pueda imaginar.


Texto y Foto: Javier Ubieta

martes, 12 de marzo de 2013

La clínica



 
 



Mentiría si negara que aguardaba impaciente el día de hoy. Los espacios serenos de mi vida, que nunca fueron muchos, quedaron reducidos a uno solo: las lecturas que servían de refugio a mi mente confundida y que le proporcionaban -solo a medias- leves destellos de paz. Todo lo demás era como vagar a la deriva. Los paseos por la arboleda, las conversaciones con alguno de los otros internos y las pocas visitas que me permitían, no ayudaban a asumir aquella situación, sino que empeoraban vivamente mi estado de ánimo. Según mis cuentas, habían pasado unos treinta meses desde mi ingreso en el hospital psiquiátrico, pero el último medio año me enseñó a coquetear con la actuación y aprendí a fingir con naturalidad mi falsa mejoría, hasta el punto de sugerir a mis médicos un cambio de habitación desde la que contemplar el fastuoso paisaje sin las rejas de seguridad de las ventanas.

El día que trasladaron mis pocas pertenencias a la habitación del fondo del último piso del edificio coincidió con el solsticio de verano. A media tarde, una enfermera me acompañó al nuevo habitáculo. Sentí más que nunca el éxito ejecutorio de mi sofisticada manipulación y callada burla. Escudriñé los colores verdes a través de los cristales, los de las frondosas copas de los árboles que vestían la fachada principal, y que dejaban ver apenas un trozo de mar azul, al fondo. Mi alta médica se firmó ayer por la tarde. Hace dos segundos que el silencio es denso, lo justo para concentrarme en la falsedad de mi vida y en el desastre emocional por el que se pasea mi dignidad entre barbitúricos.

Ahora estoy encaramado en un taburete alto, junto a la ventana. Escucho pasos que se acercan e intento acumular la sangre fría suficiente para que, en el momento de que alguien abra la puerta, yo me deje caer.


Texto y Foto: Javier Ubieta

lunes, 4 de marzo de 2013

El vals de Scriabin



 
 




Miguel controló un largo escalofrío, similar a un reclamo, y sus ojos hundidos apartaron la mirada del doctor Cela que intentaba, perplejo, convencerle de que debía ingresar de forma urgente. Pero su actitud casi suplicante, solo sirvió para que Miguel terminara por encontrar sentido a la situación, así que consideró, dentro de su indefensión y debilidad, que quería quedarse a solas conmigo. Sin mediar palabra, el doctor recogió su maletín y, esfumando su gesto de desaprobación, se fue sin ni siquiera mirar atrás.
 
Fue entonces cuando Miguel, lúcido y demacrado, extendió su mano izquierda y me pidió que le ayudara a levantarse del sillón, que pusiera en el equipo de música un vals de Alexander Scriabin y que abriera las ventanas. Al agarrarme, sentí su translúcida mano tan fría, húmeda y arrugada, como si hubiera estado limpiando pescado, y recordé, en ese momento, la primera vez que bailé con él aquel vals, mientras me contaba al oído sus sueños prolijos sobre un futuro incierto pero que él imaginó siempre feliz.

Justo cuando se apoyó en mí y la música empezó a sonar, su cuerpo famélico resbaló contra el mío, tan lento y elegante como si realmente bailara. Antes de caer muerto en la alfombra, yo hinqué mis rodillas en el suelo y agarré su cara entre mis manos mientras le miraba pensando en lo injustos que fueron aquellos sueños y en la dignidad con la que escribió sus últimos días plagados de sombras, locuras y secretos inaccesibles. Y lloré.


Texto y Foto: Javier Ubieta

jueves, 28 de febrero de 2013

Ignacio Goitia. "The Grand Tour"


 
 





La trayectoria de Ignacio Goitia [Bilbao, 1968] ha sido fulgurante en cuanto al éxito y al reconocimiento alcanzados en, aproximadamente, dos décadas de producción. Sus muestras individuales y colectivas han campado siempre en prestigiosos espacios de medio mundo. La última prueba-ejemplo, es la exposición “The Grand Tour”, que engalanará las paredes del piso principal de la Galería Juan Manuel Lumbreras hasta el próximo 27 de Marzo.
 
 
Quienes conozcan la forma de trabajar del artista bilbaíno, continuarán percibiendo, en la huella que abrió hace años, su hacer lábil, poético, proteico y contundente. La reiterada fidelidad que profesa a la perspectiva, a los tecnicismos pictóricos y a la pasión por los espacios grandiosos, sigue siendo el incondicional lacre de la obra de Goitia. Continúan la documentación gráfica del proceso, los objetos utilizados para su mímesis y las derivaciones escultóricas figurativas que se materializan para contrastar la ficticia verosimilitud de la acción.
 
 
Pero “The Grand Tour”, a diferencia de “Le Voyage Excentrique” o “Escenas de Amor y Lujo”, por ejemplo, goza de una textura evolutiva dotada de un carácter hermenéutico y de una sensibilidad creadora, que transforman la dimensión del trabajo del artista de forma excepcional. Y el secreto de este cambio reside, sin duda, en el vaciado de elementos que dejan de conformar un elenco para ceder el protagonismo a detalles puntuales, singulares, unitarios. De hecho, la intensidad del acento, frente a la del baño de pared, en todas las grandes piezas, es notablemente delatora y consigue, de primeras, captar la atención del visitante allá donde Goitia decide sobreexponer una determinada acción y otorgarle, ingenioso, su carga dramática y turbadora.
 
 
 
 
 
 
En palabras de su autor, el título de la exposición pretende evocar el viaje cultural -antecesor del turismo moderno- que, desde mediados del siglo XVII hasta finales del siglo XIX, muchos jóvenes europeos de posición acomodada, realizaban por Europa como pretexto educacional, previo a la edad adulta. Su valor primario residía en el acceso tanto al arte clásico y al Renacimiento como a la sociedad aristocrática.
 
 
 

En “The Grand Tour” se recrean escenas que guardan -conscientemente- ciertos gestos de antagonismo con el clasicismo de los escenarios en los que se ubican. Se trata de obtener imágenes generadoras de una estrategia que eluda el hastío irreductiblemente banal que -muchas veces- trata de separar el pasado y el presente, y se busca de forma incesante un conjunto de bucles escénicos donde la mirada se detenga en la convivencia de situaciones que trascienden la intemporalidad y destierran absurdos anacronismos.
 
 
 
 
 
 
Así, en “Visita a la Gliptoteca de Múnich”, un grupo de mujeres vestidas con burka, observan atentas la escultura del Fauno Barberini. ¿Qué ocurriría si en vez de tratarse de una talla en mármol, la figura fuese la de un hombre dormido de carne y hueso? En “El Vals de la Scala Regia”, dos hombres bailan ajenos a la oposición de las esferas vaticanas en la despenalización universal de la homosexualidad y de la unión entre personas del mismo sexo. Son giros distantes a cualquier acto de reivindicación, pero propensos a normalizar las distancias impuestas y transformarlas en posturas creativas destinadas , en un sentido simbólico, al fluir de sonidos, voces o imágenes que expurguen tabúes y prediquen entendimiento.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Ahondando de nuevo en el detalle, cada una de las piezas que compone la muestra, guarda un golpe de efecto -completamente subjetivo- instalado tras la parte más obvia. Un gesto, una mirada o una postura… Es justamente aquí donde Goitia nos regala su predisposición a lo placentero, su voluntaria y apodíctica evasión del feísmo. Recurre al epicureísmo y al delicado equilibrio que siempre representó. A su pasión por la forma en que Delacroix supo plasmar la actualidad de su época. Al lazo que entreteje la riqueza de sus tótems con el redescubrimiento de Vitruvio de algunos de los más interesantes principios arquitectónicos. A la inconclusa Turandot de Puccini. A la joie de vivre y a la dolce vita. A los esmerados trazos de John Constable. A la luz divina de los grabados de John Martin. A los valses de Shostakóvich.


 
 
 

 
 
La exposición de Ignacio Goitia me recibió y despidió con una de las pinturas más exquisitas y menos previsibles que he disfrutado en mucho tiempo, “Museos Capitolinos”, un acrílico sobre tela con dos protagonistas. Una figura femenina que nos da la espalda y se dedica a contemplar de forma, tal vez, discontinuamente obscena, una escultura masculina que, redundantemente también mira al fondo del cuadro.


 
 
 



Deshumanicemos la figura enhiesta, ataviada con un traje de Cristóbal Balenciaga, demos vida al mármol estatuario, subvirtamos ambos roles y dejémonos llevar por la magia incierta de la experiencia estética sinfín que rubrica quien firma al pie de la columna de base decagonal... Ignacio Goitia.


 
 
Texto y Fotos: Javier Ubieta



jueves, 31 de enero de 2013

Cala Salada

 
 
 
 



Aun habiendo escuchado mil veces que no le quería, Pablo le rogó por teléfono a Malena  una última oportunidad y le pidió quedar al amanecer en el mismo sitio en que se conocieron en el verano de 1996, el rincón empedrado de Cala Salada, justo donde la arena comienza a desaparecer y las olas rompen siempre apacibles. Ella no cesó nunca en el empeño de demostrarle que su historia no iba bien desde hacía mucho tiempo. Y se valió para ello de largos monólogos, escuchas interminables, gritos inútiles y lágrimas de hiel.
 
 
Esa noche, Pablo decidió poner fin a una lucha que, aunque nunca había dado por perdida, sabía que consumía las pocas fuerzas de Malena, y desgastaba sin piedad el cariño que se tenían. Supo que era el momento de pedir disculpas y la hora  de trazar un camino que les permitiera ser felices a ambos a partir de entonces. Lo que nunca imaginó es que, a la mañana siguiente, mientras el sol salía y él se adentraba descalzo en la arena, el cuerpo de Malena yacería sin vida junto al mar.


Texto y Foto: Javier Ubieta