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domingo, 25 de noviembre de 2012

¿Me quieres?

 
 
 
 
 
 
- ¿Me quieres?
- Sí.
- Adelante, entonces.



Y agarré con más fuerza las muñecas de David, hasta casi escuchar el latir de su pulso. Así con firmeza la cuchilla de afeitar y la inserté por una esquina, despacio, en la arteria radial. Del brazo izquierdo empezó a brotar sangre casi negra, como el color del Reserva Marqués de Vargas que bebíamos en finas copas de cristal Riedel mientras llorábamos recordando el pasado.

- ¿Tú crees que alguna vez fuimos felices?

Y, bañados en su sangre, sin que se diera cuenta, me procuré un corte igual de doloroso bajo la sábana que nos cubría. Tardé en contestarle lo justo para que me escuchase decir…

- Mucho. Fuimos muy felices.

Y, con las manos entrelazadas, los ojos luchando por no cerrarse y los labios entreabiertos, nos regalamos -mirándonos sin vernos- el último beso. Ése que quedó pendiente el mismo día que naufragamos tantos años atrás, aquel en que decidimos no dejar de querernos nunca aunque ambos tuviéramos la certeza de que seríamos infelices para siempre.


Texto: Javier Ubieta

sábado, 10 de noviembre de 2012

La ida.

 
 
 
 
 
 

Justo cuando tomé esta foto a través de la ventanilla, medio recostado en la parte de atrás, rompí el silencio más absoluto para decirte que, si continuabas conduciendo a esa velocidad, moriríamos. Entonces fijaste la vista en la expresión de mi cara, reflejada en espejo sucio del retrovisor. Subiste el volumen de la música al máximo y aceleraste aún más. Sentí por momentos que el chasis saldría por los aires y adiviné que aquel suelo resbaloso por la llovizna, sería la superficie perfecta para que el coche derrapara, y la colisión lateral con la mediana nos hiciera zigzaguear hasta salir disparados a la grava de la autopista. Para morir.



Texto y Foto: Javier Ubieta