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martes, 17 de julio de 2012

El día que murió Joan.








Lo sé por instinto. Sueño que se me caen los dientes uno a uno. Una pesadilla recurrente y tenebrosa, presagio de que alguien va a  morir pronto.


Al levantarme por la mañana, voy a la cocina a sintonizar la radio. A los pocos minutos anuncian su muerte con la misma asepsia con la que yo escojo los cubiertos, la vajilla y la servilleta para el desayuno: unas tostadas untadas con miel hechas con pan de la víspera, un vaso de agua tibia con limón exprimido, unas cuantas almendras y café.


Joan ha muerto de forma trágica e inesperada, en circunstancias aún desconocidas. Asocio el rostro del difunto con la careta en forma de calavera de Cassius Hirst previendo el inexorable paso del tiempo hacia la muerte, aun recién nacido. Y también circunvalan mi mente todas esas ocasiones en las que yo mismo me había imaginado como un proyecto de difunto.


Mientras me acerco la servilleta de hilo a los labios antes de tomar agua, más por un gesto educacional conmigo mismo que puramente práctico, y vuelvo a secarlos tras beber el sorbo, imagino el cuerpo de Joan despellejado y sin órganos en un quirófano, colgado boca abajo de unos ganchos de carnicero, atravesándole uno cada pie por la parte más superior del empeine. Y luego le veo así, sanguinolento, en un catafalco de madera blanca de pino, sobre un lecho de flores blancas, pegado a una pared cuajada de aguabenditeras de porcelana luminosa y blanca como las flores.


Con el café todo se vuelve negro, y fantaseo con el negativo de lo anterior. Joan vuelve a tener piel y está cubierto por un mono negro de cuello alto, industrial, frío y hermético. Y alrededor de su cadáver revolotean mariposas negras haciendo ochos, en un peregrinar exacto e imperturbable. 


Y una de ellas se posa en su boca y aloja una gota de agua en el hueco de sus labios pegados, y la gota resbala por el lado izquierdo de su cara, como baba. Y parece estar vivo. Y esa imagen me perturba tanto, que tiemblo y derramo el café y me mancho la pechera de la camisa de algodón. Y, cuando voy a limpiar la mancha del café en el azulejo del suelo, veo sin ver la cara del muerto y la forma del lepidóptero acompañante de exequias, como el tañer de las campañas en una misa de difuntos y me digo por dentro “Que Dios te acoja en su seno, Joan. Descansa en paz". Y voy al vestidor a escoger otra camisa de entre las decenas de camisas del armario de las camisas blancas.

Texto: Javier Ubieta