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viernes, 1 de junio de 2012

Los finales









Sabía desde hace tiempo que nuestra historia terminaría pronto, pero el principio del fin se precipitó mucho antes de lo que yo hubiera pensado. Eran las seis de la tarde del sábado, los días de junio discurrían tan cálidos y luminosos que invitaban a aprovecharlos hasta el ocaso. Yo permanecía apoyada en la baranda del balcón, mirando fijamente al lago. En el tocadiscos sonaba la trompeta de Miles Davis. El aire olía a uvas. Fingí no escuchar su pregunta.

-¿Quieres salir a dar un paseo antes de cenar?

Llevaba semanas planteándole mis argumentos e intentando hacerle saber que tenía que estar sola para poder concentrarme, que la primera semana de junio entregaba a mi editor el primer borrador de la novela y que necesitaba respirar la tranquilidad y el sosiego que siempre me procuraba nuestra casa de Pedraza. Lo cierto es que esta realidad se convirtió en una excusa perfecta para huir de Madrid pero, como siempre que manifestaba mi deseo de estar sola, él se extrañaba, me hacía mil preguntas, insistía en que el piso de Madrid era amplio y en que no entendía el porqué de mi empeño en aislarme. La historia se reproducía siempre de forma idéntica desde hacía meses: la desazón de la rutina me asaltaba, yo manifestaba unos deseos que él no comprendía y discutíamos sin prestarnos atención, hasta cansarnos. Dialogar era una imposible y callar ante su cerrazón se convertía para mí en un ejercicio de autocontrol mastodóntico, teniendo en cuenta mis ánimos más que fermentados.

-¿Quieres salir a dar un paseo antes de cenar? -repitió.

Aquel viernes, a mediodía, me limité a pronunciar un tajante “No entiendes nada”. Preparé la maleta despacio y me despedí con un escueto “Te llamo al llegar”. Cerré la puerta, entré en el ascensor y, ya en el garaje, con una insana sensación de libertad, arranqué mi coche rumbo a Pedraza.

Un sábado azul y exultante madrugó conmigo. Me di una ducha de agua caliente y medio desnuda fui a la cocina a prepararme una ensalada de frutas. Mientras laminaba unas manzanas identifiqué el motor de su coche rugir, rompiendo el silencio con el había despertado, entrometiéndose en mi quietud apareciendo por sorpresa, sin respetar mis palabras, amputando mis deseos, como un absurdo activista manifestándose, rompiendo mi cordura a golpe de provocación. Entró en la casa, me saludó pero le di la espalda y caminé hacia el cuarto de baño a por mi quimono, para cubrirme. Ante sus ojos me sentía más desprotegida que desnuda. Me senté a desayunar. Él se sabía no aceptado. Me conocía bien y la especulación no cabía ya en un escenario corrompido por la tediosa costumbre y el respeto artificial. Pero aun así vino para pasar el fin de semana. Me lo dijo su bolsa de viaje. 

No sé qué hizo el resto del día, yo me encerré a escribir en el despacho, en la planta de arriba de la casa, pero estaba desconcentrada. Pensé que lo mejor sería aprovechar el resto del día apuntando a mano frases inconexas, palabras sueltas, reflexiones. Hacia las tres salió a comer, y yo aproveché para echar una siesta. Regresó pronto y me despertó, pero seguí recostada en el butacón del despacho, escarbando en mis miserias y fracasos, pensando sobre cómo nuestras vidas divergían cada vez más. Pero mi mal talante había cedido espacio a la decisión. Salí al balcón a fumar un pitillo.

-Te estoy preguntando si quieres salir a dar un paseo antes de cenar- insistió, prudente.

Entonces, a la tercera, me di la vuelta y le dije que sí, que me esperara abajo, en el porche. Fui a mi dormitorio, me recogí el pelo en un moño bajo improvisado, me maquillé ligeramente y me puse un vestido blanco largo de algodón y un chal de punto fino. Me miré al espejo. Estaba extrañamente radiante

Solíamos pasear por el camino empedrado que iba a dar al lago, un paseo bonito y tan largo y rectilíneo que parecía no tener fin. Una suave brisa del sur nos envolvió. En un momento asió mi mano y quiso entrelazar sus dedos con los míos. Entonces, yo sentí como alfileres, pero resistí con fortaleza. Y justo cuando empezamos a caminar cogidos de la mano, balanceando nuestros brazos, imaginé que sosteníamos entre ellas un montón de pequeñas canicas. Y vi cómo se escapaban por entre los dedos, escuchando el ruido que hacían al rebotar contra el suelo y entre sí, una contra otra, una y otra vez. Miles de diminutas bolas de cristal que llenaban la nada de entropía, hundiendo en más profundo de los desequilibrios aquella tranquilidad fingida. Y supe que aquel sería nuestro último paseo. Lo nuestro estaba roto en millones de pedazos con forma de canica.


Texto y Foto: Javier Ubieta


2 comentarios:

  1. Canicas rotas... La rutina, el hastío.

    Y el otro que no se ha enterado de nada...

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