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martes, 21 de febrero de 2012

Zona videovigilada.




Madrid. Ortega y Gasset. Boutique Valentino. Probadores.



Me atienden tres chicas morenas de idénticas dimensiones y similar expresión de rostros -la que prueba (italoamericana) , la que sugiere (española) y la que trae las prendas que, de espaldas, es calcada a la anterior (rusa) -. Busco un vestido negro corto y vaporoso, escotado en el pecho, y sin mangas. Hoy ha sido el primer día que he podido interferir de manera razonable con el desempeño de mi trabajo como abogada. Mi trastorno me ha tenido apartada del mundo que percibo como intimidatorio, ofensivo y hostil.



Mientras me pruebo, me concentro en las dos cámaras de seguridad que observan constantemente desde el techo, y percibo de forma permanente y obsesiva, cómo sus miradas, de talante rígido y persecutorio, deciden qué me sienta mejor. Lejos, en mi ensimismamiento, oigo el murmullo de la conversación entre las tres mujeres, que hablan sobre la profundidad de los pliegues de un vestido negro de escote drapeado y espalda descubierta. Les digo que quiero probármelo. Pido que me dejen un momento sola y me traigan un vaso de agua con hielos. Tengo la tensión baja y estoy nerviosa.



Me imagino un set de cámaras que capta cada segundo mis movimientos, atravesando las pesadas cortinas del probador, mientras me desnudo por completo. E intuyo esas imágenes comprimidas y proyectadas, a través de unos sofisticados sistemas de video vigilancia digital, en una pantalla gigante. Me siento vulnerable. Y mi miedo regresa. Tengo los pezones duros por el frío del aire acondicionado, me duelen con el roce de la tela.



Salgo del probador. Me quedo con el vestido negro de escote drapeado, espalda descubierta y pliegues profundos. Pago. Miro arriba. Las cámaras han cambiado de posición. Me siguen. Cojo la bolsa. Me voy. Saco las llaves del coche. Abro la puerta. Me siento. Dejo la bolsa en el asiento del copiloto. Cierro de un portazo. Miro alrededor. Arranco. Maniobro. Enderezo el BMW. Conduzco a más de ochenta por hora por la calle Velázquez hasta llegar a mi garaje. Zona vigilada. Dos camaritas, una a cada lado del portón de entrada me miran. Me suelto el pelo. Sacudo la cabeza. Me duele. Siento alivio al mirar cómo se cierra la puerta detrás de mí. Reflejada en el espejo retrovisor. Aparco. El ascensor me espera. Sube. Abro la puerta.



Y antes de cerrar, oigo un sonido siseante que proviene del monitor que vigila las cuatro puertas de los cuatro apartamentos de la cuarta planta. Un monitor dividido en cuatro cuadrículas, que enfocan cada una da las puertas. La 1. La 2. La 3. Y La 4 -la mía-. Y me veo mirándome a mí misma, en blanco y negro, con mi bolsa de Valentino en la mano, la puerta a medio cerrar y una figura estática detrás de mí. Y, sin querer, chillo. Es mi propia silueta reflejada en el espejo la que me ha asustado. No aparto mi vista del monitor hasta que el ángulo del borde de la puerta con el umbral es cero. Estoy en casa pero no sé si a salvo. Necesito hablar con mi psiquiatra. Mi trastorno obsesivo-compulsivo ha regresado. Ellas -las cámaras- han venido con él.



Mi agenda. ¿Dónde coño está ahora mi agenda…?












1 comentario:

  1. Como siempre excelente, mi querido Javier. Bss.
    Amparo

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