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lunes, 3 de diciembre de 2012

Punta Galea

 
 
 
 
 

Mi madre siempre contaba que, al poco tiempo de tenerme, una anciana se le acercó una tarde en la que me paseaba de camino a casa y le dijo con la frialdad del hielo que un bebé tan hermoso como el suyo no era para esta vida. Esa noche me tranquilizó excusar mi muerte imputándola a aquel vaticinio.
 
Recuerdo haber tardado horas en maquillarme sentada, tranquila, en la butaca del tocador del baño. Recuerdo también haber ordenado uno a uno los cosméticos y los pinceles en línea recta, ocupando dos filas a lo largo del mueble. Entre el primero -un tónico facial calmante- y el último -un cepillo para las cejas-, conté hasta cincuenta y tres.
 
Siempre que ponía un empeño especial en maquillarme, ansiaba el momento de llegar a mi dormitorio, encender la luz y mirarme en uno de los espejos de cuerpo entero del vestidor. Uno en cuya parte superior se ubicaba un foco de luz tenue que reflejaba su brillo en la pared de enfrente que, a su vez, emitía un suave halo que desvanecía la claridad directa y procuraba una especial calidez desdibujada a la piel, convirtiéndola en porcelana.
 
Puedo decir sin miedo a parecer vanidosa que me sentí la mujer más guapa del mundo allí, casi desnuda. Pensé que te necesitaba, decidí que mi vida después de tu muerte había dejado de ser bonita, comprobé que no había olvidado perfumarme las muñecas y metí en el bolso las llaves del coche antes de hacer nada. Luego, me puse unos vaqueros, unas botas de tacón alto y el jersey negro que llevabas la noche del accidente. Me solté la coleta, me sacudí el pelo, le di volumen con las manos, cogí el bolso por la bandolera, dejé la luz encendida y cerré la puerta despacio, como si fuera de madrugada, sin hacer ruido, sabiendo que no volvería más.
 
Conduje hasta Punta Galea a la velocidad del rayo, sin pensar en nada y, al salir de la autovía y entrar en la carretera comarcal, reduje para no morir antes de tiempo en una de las curvas. Cuando llegué al acantilado llovía. Aparqué el coche de frente al mar, aunque hubiera dado lo mismo si lo hubiera hecho de espaldas, porque la noche era negra, y las pocas farolas de luz fluorescente hacían brillar tanto las gotas de lluvia en los cristales, que no se veía nada más. Fui consciente en el tiempo que dura un parpadeo, de que solo tenía que volver a poner en marcha el motor para que el coche cayera por el terraplén doscientos metros y fuera a empotrarse en picado contra las rocas del mar.
 
Se escuchaba el rugir de las olas y el fino ulular del viento sur. [Cincuenta y tres]
 
Comprobé de nuevo si me había perfumado las muñecas, saqué de la guantera un espejo y me miré. Estaba guapa y recordé “Tan hermosa que no es para esta vida“. Entonces, giré la llave y, cuando apoyé mi mano en el freno, reparé en que había olvidado pintarme las uñas. Cerré lo ojos, hundí la espalda en el asiento y pisé a fondo el acelerador mientras recordaba mis manos con las uñas sin pintar en ese mismo rojo de la sangre que te tiñó aquella noche en la que decidiste suicidarte exactamente así.
 
 
 
Texto y Foto: Javier Ubieta

domingo, 25 de noviembre de 2012

¿Me quieres?

 
 
 
 
 
 
- ¿Me quieres?
- Sí.
- Adelante, entonces.



Y agarré con más fuerza las muñecas de David, hasta casi escuchar el latir de su pulso. Así con firmeza la cuchilla de afeitar y la inserté por una esquina, despacio, en la arteria radial. Del brazo izquierdo empezó a brotar sangre casi negra, como el color del Reserva Marqués de Vargas que bebíamos en finas copas de cristal Riedel mientras llorábamos recordando el pasado.

- ¿Tú crees que alguna vez fuimos felices?

Y, bañados en su sangre, sin que se diera cuenta, me procuré un corte igual de doloroso bajo la sábana que nos cubría. Tardé en contestarle lo justo para que me escuchase decir…

- Mucho. Fuimos muy felices.

Y, con las manos entrelazadas, los ojos luchando por no cerrarse y los labios entreabiertos, nos regalamos -mirándonos sin vernos- el último beso. Ése que quedó pendiente el mismo día que naufragamos tantos años atrás, aquel en que decidimos no dejar de querernos nunca aunque ambos tuviéramos la certeza de que seríamos infelices para siempre.


Texto: Javier Ubieta

sábado, 10 de noviembre de 2012

La ida.

 
 
 
 
 
 

Justo cuando tomé esta foto a través de la ventanilla, medio recostado en la parte de atrás, rompí el silencio más absoluto para decirte que, si continuabas conduciendo a esa velocidad, moriríamos. Entonces fijaste la vista en la expresión de mi cara, reflejada en espejo sucio del retrovisor. Subiste el volumen de la música al máximo y aceleraste aún más. Sentí por momentos que el chasis saldría por los aires y adiviné que aquel suelo resbaloso por la llovizna, sería la superficie perfecta para que el coche derrapara, y la colisión lateral con la mediana nos hiciera zigzaguear hasta salir disparados a la grava de la autopista. Para morir.



Texto y Foto: Javier Ubieta 



jueves, 25 de octubre de 2012

Sed de Muerte [Revisitado]

 
 
 
 


Bert celebra el callado grito agónico de su víctima antes de morir. El disparo en la sien ha resultado fulminante y el suplicio le ha procurado un deleite que solo consigue cuando la magnitud del dolor ajeno crece según marcan sus pautas. Pero eso siempre depende de la fortaleza del otro. Sin limpiarse la sangre de las manos enciende un pitillo, se acomoda en el sofá de cuero viejo y enciende el televisor para ver la últimas noticias acerca del caso del “Carnicero de Buttenheim”. No hay novedades en el proceso de su búsqueda. Suspira tranquilo.

Gira la muñeca izquierda, el reloj le recuerda que en una hora espera una nueva visita. Tiene que ducharse, ponerse ropa limpia y enfriar champán. Pero se toma su tiempo en cavilar si merece la pena descorchar un Dom Pérignon o tal vez algo menos sofisticado. Al fin y al cabo las putas de lujo suelen perder demasiado pronto la consciencia.


Texto y Foto: Javier Ubieta



martes, 16 de octubre de 2012

"Hielo quema". Juanma Carrillo

 
 
 
 
 

Juanma Carrillo ha ido labrando con tesón y esfuerzo una carrera intachable en el complejo mundo del arte audiovisual, con la cámara como gran compañera, y el vídeo y la fotografía -entre otros- como estandartes. A lo largo de más de diez años ha dado a luz proyectos reconocidos internacionalmente y ha conseguido algo más que “la mención“, el apoyo incondicional de aquellos que conocen su obra, que no es sino una elongación de sí mismo.

Ahora, y en la última línea de su extenso currículo, hay un punto inacabado, un reto más que conseguir. Es “Hielo quema“, una exposición con Islandia como telón de fondo que requiere, esta vez, de algo más que ilusión para poder llevarse a cabo.  



"Aplicar mi trabajo sobre la intimidad y las relaciones sentimentales a los paisajes desolados de Islandia, realizando a posteriori una exposición de fotografía, vídeo e instalación sonora“. Este es el objetivo de Juanma Carrillo, que necesita de la colaboración de todos aquellos que dais valor a lo bien hecho.

En el link de abajo tenéis la información necesaria para aportar vuestro grano de arena, ése cuyo designio no es otro que sentirse una pequña parte de lo que será otra obra maestra dirigida por un individuo al que me enorgullece conocer y que no da puntada sin hilo para encargarse de que todo -todo- su esfuerzo (un poquito más, en este caso) revierta en éxito. Ese éxito que tiene mucho más que ver con lo romántico de las bambalinas.

Suerte, Juanma.

lunes, 15 de octubre de 2012

Xabier Arakistain

 
 

 


 
Le vi por primera vez en 2002, en la conferencia que el fotógrafo Erwin Olaf impartía en la Sala de Exposiciones Bilbao Arte, con motivo de la inauguración en Bilbao de su galería de retratos “Royal Blood“. Xabier Arakistain era responsable, entonces, de la programación del centro y comisario de esta muestra. Recuerdo una exposición brillante por parte de Olaf -haciendo una retrospectiva de su carrera-, una especialmente elegante presentación de Arakis y un interesante turno de preguntas, por lo mordaz de la interacción que se desarrolló entre artista, curador y audiencia.

En 2005 asistí como público a una de las mesas de debate en los foros de expertos en arte contemporáneo de la feria ARCO que dirigió, y que llevaban por nombre “Las políticas de igualdad entre hombres y mujeres en los mundos del arte: diseñando estrategias”. Participaban en las ponencias de aquella tarde, entre otras, Amelia Valcárcel (entonces Vicepresidenta del Patronato del Museo del Prado) y Frida Kahlo (miembro fundador del grupo activista Guerrilla Girls). Arakistain, de riguroso negro, y con falda de tablas sobre pantalón -como simbolizando y reivindicando con su atavío la igualdad, la paridad y la convivencia entre políticas de género- moderó una de las “tertulias” más ricas en contenido a las que he acudido nunca. Recuerdo, como si fuera hoy, la magistral ponencia de Valcárcel, especialmente.

Hasta el día de hoy, se han ido sucediendo presentaciones, charlas y debates -en Vitoria y Bilbao, sobre todo- que han dejado patente que Arakis sigue siendo fiel a la fórmula que le ha supuesto justamente su sólida consolidación en el mundo de la cultura. La flexibilidad con que maneja su discurso, pone de manifiesto que, a pesar de lo intricado -muchas veces- del mismo, y de su carácter esencialmente reivindicativo, huye de la reducción meramente disciplinar para continuar dándole cuerpo, importancia y carisma. Y lo más importante, nutre constantemente su labor como activista dentro de un panorama que necesita de voces inteligentes que expresen y actúen para evidenciar que la capacidad de las mujeres está limitada, entre otros factores, por los controles sociales de sexo.

Los pasados días 5, 6 y 7 de Octubre en su papel como director, junto a Lourdes Méndez, del curso “Perspectivas feministas en las producciones artísticas y las teorías del arte“, que organizó Alhóndiga Bilbao, contribuyó una vez más a expandir, a través de las ponentes invitadas, la actividad de ese amplísimo círculo de mujeres que, a lo largo de la historia, han tenido tanto que decir. Fueron tres días en los que se reveló, una vez más, la potente densidad del trabajo de grandes artistas cuyo abordaje, en ocasiones, ha permanecido durante años en el reverso de la evolución del arte.

Con su marcha como director del Centro Cultural Montehermoso, Arakis puso fin a una etapa de cinco años que elevó al centro a la categoría de “internacional”, por ser un núcleo aplicador en la gestación y el desarrollo de proyectos artísticos relacionados con la igualdad entre sexos en los ámbitos del arte contemporáneo. Nadie, hasta entonces, había incorporado la cuota de sexos y la perspectiva de género como criterios para llevar a cabo una intachable política cultural que sirvió de catalizador para mostrar su profundo conocimiento del mundo del arte y el feminismo. El resultado desembocó en un excelso programa de actividades que regalaba a Montehermoso un estatus privilegiado de modernidad.

Guardo, como tesoro, cada uno de los textos informativos que se desarrollaron a lo largo del proyecto “Contraseñas”, un buen ejemplo de una de las muchas actividades que sirvieron para hacer reflexionar de forma crítica, para demostrar que el arte tiene muchos más intereses que el puramente mercantilista o contemplativo.
 
La huella que dejó Arakis es profunda, ejemplar y difícilmente igualable y, desde entonces, quería redactar este post sin otra intención que la de subrayar su talento y felicitarle por su proceso de “extensión”, por la ampliación continua de esa búsqueda en la igualdad y por esos signos, imágenes, textos o sonidos que hacen de su discurso un ejemplo de evolución transformativa cada vez que se accede a él. Enhorabuena.





Texto: Javier Ubieta.



sábado, 13 de octubre de 2012

Microrrelato

 
 
 
 


De novios, Luis enviaba cartas de amor a Lourdes el primer lunes de cada mes. Antes de coger el autobús directo a la estación de tren, compraba un sobre americano y un sello. Luego, al subir al ferrocarril, sacaba de su maletín un cuaderno milimetrado de tapa blanda y una pluma estilográfica y escribía. Al terminar, arrancaba la hoja, la doblaba en tres con pulcritud, la ensobraba, ensalivaba el sello para pegarlo y guardaba la carta en el bolsillo interior izquierdo de la chaqueta lista para depositarla, ya en Madrid, en un buzón de correos, justo a la salida de la estación de Atocha.

Aquella mañana de Enero, la ménsula de uno de los postes que sostenía la catenaria, no soportó la fuerza del cruel azote repentino de la ráfaga de viento norte. Y unos kilómetros después de partir de la estación de Málaga, justo cuando Luis terminaba de escribir su carta, el vagón traqueteó de forma brusca, las luminarias fluorescentes chispearon y los pasajeros comenzaron a gritar. Entonces, antes de acabar de dibujar la ese del “Te quiero, Luis.” que ponía final a todas sus cartas, el tren descarriló y el griterío dejó paso a un funesto silencio bañado por la poca luz del amanecer borrascoso. Luis también había muerto.


Texto y Foto: Javier Ubieta
 

"Expanded Black Box" by JOAN MOREY [Pics]

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
EXPANDED BLACK BOX 
 

THE VENTRILOQUIST (Preámbulo)

2007/2012. Joan MoreyInstalación, materiales diversos y dimensiones variables | Pieza única.
Cajón flightcase con ruedas, A PIECE OF MONOLOGUE (After Samuel Beckett): sonido estéreo (loop de 17’ 11”), amplificador y reproducor de audio iPod, THE BLACKLIST [La lista negra]: video sin audio (loop de 30’’), proyector y disco duro, linterna profesional Maglite®, fotografía, LA LAVATIVA (después de Eugenio Lucas
Velázquez): imagen proyectada de filmación en transparencia 35mm, proyector de diapositivas y pantalla de madera esmaltada a mano, máquina de escribir “Hispano Olivetti modelo studio 46”, pie de micrófono, cableado y micro, ejemplar del libro EL ANTI EDIPO: Capitalismo y esquizofrenia de Gilles Deleuze y Felix Guattari, campana de cristal y cinta de máquina de escribir, cojín de cuero, guante largo de caucho, embudo de vidrio, espejo ahumado, instrumental médico, frasco de‘Popper’, bote de lubricante FIST Mr B., cableado y perfume “Synthetic Skai” de Comme des Garçons.
 
 
PIECE OF MONOLOGUE (after Samuel Beckett)
2007. Joan Morey
Sonido estéreo, 15’ 30” | Edición de 3 ejemplares + p.a
Texto construido a partir de la obra A piece of monologue (1977-1979) de Samuel Beckett | Intérprete: Joshua McCarey. La edición 1/3 pertenece a la instalación THE VENTRILOQUIST (Preámbulo), 2007/2012.
Los ejemplares 2/3 y 3/3 son obras independientes.



THE BLACKLIST [La Lista Negra]
2011. Joan Morey
Video 30’’ en loop | Edición de 3 ejemplares + p.a.Proyección de video en blanco y negro, sin audio. Formato HDV
La edición 1/3 pertenece a la instalación THE VENTRILOQUIST (Preámbulo), 2007/2012.
Los ejemplares 2/3 y 3/3 son obras independientes.



SCRIPT FOR A PERFORMANCE (un ruido enorme) #Spoiler
SCRIPT FOR A PERFORMANCE (Un hombre) #Spoiler
SCRIPT FOR A PERFORMANCE (Un escenario) #Spoiler
2010. Joan Morey
Dibujo y collage sobre papel, 90 x 60 cm. | Piezas únicas.
Tinta china en papel Canson adhesivado sobre papel de grabado SOMERSET “Velvet Black”.


EL VENTRÍLOCUO #MindMap
2012. Joan Morey
Collage, 42 x 29,7 cm. | Pieza única.
Vinilo plata y recortes de periódico adhesivados sobre papel negro de grabado SOMERSET “Velvet Black”, enmarcado en madera.


MISA NEGRA
2007/2009. Joan Morey
Libro de artista o pièce de résistance publicado como clausura del proyecto OBEY_HUMILLADOS & OFENDIDOS. Ésta edición hace visibles los tres performance sin audiencia:Three Dead End Adjacent Tunnels, Not Connected. 24 h. | Edición: 666 ejemplares.
MISA NEGRA fue realizado en Barcelona y Santiago de Compostela en 2009 en el marco de Proxecto-edición. Diseño gráfico: Miguel Polidano para Folch Studio. Edita: Xunta de Galicia en colaboración con el Instituto Ramon Llull.

 


viernes, 12 de octubre de 2012

"Expanded Black Box" by JOAN MOREY

 
 
 
 



“Su sorpresa fue grande al ver el aspecto de su abuela sin vestidos, y le dijo:
-Abuelita, tienes los brazos muy largos…
-Así te abrazaré mejor.
-Abuelita, tienes las piernas muy largas…
-Así correré más.
-Abuelita, tienes las orejas muy grandes…
-Así te oiré mejor.
-Abuelita, tienes los ojos muy grandes…
-Así te veré mejor.
-Abuelita, tienes los dientes muy grandes.
-Así comeré mejor, hija mía.
Y al decir estas palabras, el malvado lobo se arrojó sobre Caperucita Roja y se la comió“
Charles Perrault.


“El trabajo del artista es profundizar siempre el misterio"
Francis Bacon


“Sorprendernos por algo es el primer paso de la mente hacia el descubrimiento”
Louis Pasteur.

“¿Qué pensabas tonto? ¡Tonto! Pues nadie se escapa“
Inscripción al dorso del cuadro de Eugenio Lucas Velázquez “La lavativa”



Querer llamar la atención en el mundo del arte no es algo nuevo. Destacar a través de argucias más o menos polémicas o escandalosas, suele ser un gesto habitual dentro del panorama contemporáneo. Suscitar el debate mediante efectismos, en ocasiones muy poco acertados, hace que la sorpresa porque sí, y que una sorpresa tras otra, sea un efecto no epatante y se convierta en estupor de segunda y, a veces, en tedio. 

 
El día 22 del pasado mes de Julio, se clausuró la vigésimo primera edición de la feria Arte Santander que, una vez más, apostó por el modelo del “Solo Project” , un concepto que, sometido a las exigencias de espacio, público y ubicación -entre otros factores- proporciona un vigor especialmente potente a la hora de acomodar las propuestas de las galerías. Ahondar en un determinado proyecto de un solo artista en cada uno de los stands participantes, dota al espacio expositivo de una dimensión mucho más pura y menos confusa conceptualmente. La homogeneidad declarativa en la que el visitante se sumerge en cada instalación, confiere al todo un cariz experiencial notablemente más acusado y perceptible.
 
 
Se trata, en definitiva, de no aprovechar el espacio para concentrar una mixtura de propuestas artísticas sino compendiar en un pequeño recinto un proyecto único con una narrativa que revierte en una mejor concepción de la obra que se muestra.
 
 
Fue Louis 21 "The Gallery" [Mallorca], una de las galerías que, a través de su director Óscar Florit, mejor supo adecuar su propuesta al concepto medular de la feria, gracias a la instalación “Expanded black box”, ideada ex profeso para la ocasión por el artista Joan Morey [Mallorca, 1972].
 
 
La sola idea del made to measure, hace de este proyecto algo romántico y próximo al “idilio” y reafirma la filosofía de personalización a lomos de un talento que fascina con una brillante formulación que, a pesar ser intricada y de estar sometida a una multitud de inputs conceptuales, el artista resuelve de forma exquisita en un discurso que el espectador puede adaptar, reconsiderar, obviar o escudriñar a su gusto, alterándolos con su examen.
 
 
Igual que en la obra Persecución y asesinato de Jean-Paul Marat, que alcanza la categoría de icono por hablar del teatro dentro del teatro, Morey toma como elemento la obra de arte dentro de la obra de arte, y recurre a exhumar todo tipo de piezas que, con la clarificación del tiempo y su nexo explicativo, conforman una dialéctica no teórica, lejana a la demostración que exige lo empírico, para dejar un espacio libre a la circulación de las ideas, pero siempre señalando puntos estratégicos ambiguamente relacionados; instrumentos cuasi filosóficos que suscitan la curiosidad, la atracción, la incertidumbre, el temor o el distanciamiento.
 
 
EXPANDED BLACK BOX [Caja negra expandida] 2007/2012, es un artefacto expositivo desplegable, cuyo contenido Morey libera y exhibe como una suma de acontecimientos que se manifiestan con objetos que interactúan con los sentidos. A través de la vista [vídeo, fotografía, imágenes proyectadas, collages…]; a través del oído [con un loop]; a través del tacto [el plástico, el cristal, el caucho o el acero de las piezas “rescatadas”] y a través del olfato [perfumando la instalación con la fragancia “Synthetic Skai” de Comme des Garçons].
 
 
La explicación “formal” de la instalación alude al adjetivo “black” como un símbolo inmaterial, representante del luto, del dramatismo, de las estéticas sado-masoquistas y de lo funesto. Unido al sustantivo, el concepto “black box” hace referencia al dispositivo que, principalmente en las aeronaves, registra la actividad de los instrumentos y las conversaciones en la cabina, y cuya función es la del almacenamiento de datos para, en caso de un accidente, poder llevar a cabo un análisis de lo ocurrido en los momentos previos al mismo. Resulta curioso que, incluso cuando el blindaje de la caja se pinta de un color que facilita su localización, se le siga denominando “caja negra”. Porque su lectura en sí implica catástrofe.
 
 
 
Con este proyecto, el artista Joan Morey, se aleja del desmán e iguala a cero la entropía para construir, sin tolerancia alguna en su disposición, una rica instalación, serena, inquietante y con visos de autodominio. Indaga en la deconstrucción del sentido de los datos y su resultado final, practica una autopsia artística y reflexiona, recurre al tropo lingüístico y se vale de la “semiología” del objeto, para presentarnos otra obra maestra que festonea su impecable trayectoria, invitándonos a contemplar, desguazadas, las entrañas de su extraordinario y sibarita depósito artístico.

jueves, 16 de agosto de 2012

Good night, Prince Ward.





Abro la puerta, entro y pienso que todo aquello es fascinante. La suite del hotel está helada como una tumba, huele a flores y todo es blanco. A mi derecha, el espejo del recibidor me da la bienvenida junto con un par de tibores rebosantes de peonías. Me incomoda que no estén colocados de forma simétrica con respecto al centro del espejo, en las antiguas columnas fasciculadas de mármol, a media altura, sobre la alfombra cuadrada en la que reposan. Delante, una mesa de madera de cerezo sirve de apoyo a una bandeja de plata. Encima, una cubitera con champán a enfriar, un cuenco de arándanos azules, otro de frambuesas y unas brochetas de piña acompañan a un sobre blanco. Dentro, una nota. “Te espero luego. Recuerda, Fleming St., 44, 2º sótano. Procura descansar, la noche será intensa. Luego te veo”.


Levanto mi reloj hasta que casi toco la punta del pitillo y entonces aspiro con fuerza para poder ver qué hora es. Tengo tiempo para darme un baño, comer algo y acabar con la botella de Armand de Brignac, mientras el servicio de planchado me trae la ropa. Esta noche, Manhattan recibe con discreción y secretismo, en uno de los barrios más exclusivos, la actuación del deejay Tiga en una fiesta que reunirá a modelos, actores y directores de cine, famosos dedicados al showbiz, y chaperos y putas de alto standing.


Estoy cansado y siento un desagradable hormigueo en los brazos. Me dejo caer en una butaca orejera del amplio salón, apurando mi cigarro y me entretengo, desde allí, en contemplar a través de la pared de cristal, la fusión de colores del cielo de la ciudad al atardecer. Y cuando todo es una mancha azul, casi negra y doy por terminado el lento espectáculo, me levanto a descorchar el champán y bebo a morro con fruición. La fuerza de las burbujas pelea con mi garganta e inmediatamente reconozco el sutil aroma de la pinot noir. Y bebo de nuevo.


Me desnudo de camino al baño, esparciendo la ropa por la moqueta. Los ojos me pesan. Me pesan también las piernas y los brazos. Noto mis manos hinchadas y palpitantes. Y, apoyándome en uno de los lavabos, me miro en espejo de aumento. Creo ver cetrino mi tono de piel y las ojeras reflejan fatiga. Cierro los ojos y, cuando los abro, la imagen que veo se borronea. Parpadeo rápido de nuevo y toco el cristal como para asegurarme de que sigo allí. De pronto, siento una hoguera en el estómago, ganas de vomitar y demasiado frío.


El anochecer ha avanzado de puntillas hace más de media hora y escucho al mozo traer mi ropa. Toca a la puerta pero grito que la deje fuera colgada en un galán de noche. Regulo la temperatura del aire acondicionado y, de vuelta al cuarto de baño, cojo la botella de champán y me llevo a la boca un puñado de arándanos y otro de frambuesas. Me siento desnudo en el suelo de pizarra y observo las manchas que las frutas han dejado en la palma de mi mano izquierda y en las líneas que ha dibujado su tintura. Entonces me pongo en pie, y golpeo contra el lavabo la botella ya vacía de champán, que se rompe en solo en seis trozos. El cuello y la base quedan intactos y cuatro pedazos irregulares ensucian la blancura de la pila. Escojo uno de los trozos con forma de trapecio y, con fuerza, escarifico la palma de mi mano izquierda, siguiendo las coloreadas líneas que la adornan, sin dolor y con firmeza. Y escribo con una caligrafía muy irregular la palabra “SOLO”. Luego me aprieto con fuerza la muñeca y hago sangrar las letras, que se diluyen en una mancha que gotea y se cuela por el sumidero del lavabo.


Suena el teléfono. Me avisan de recepción de que un coche negro me espera en la parte trasera del hotel, justo al lado de una de las salidas de emergencia. Me lavo la herida, la seco y la cubro con un pañuelo blanco de bolsillo. Cojo la ropa, me visto de negro, me anudo al cuello un pañuelo de seda que huele a Ho Hang y, calzado en mis botines y enguantado en mis mitones, abro la puerta de la habitación con un profundo dolor en la mano. Me miro al espejo y pienso en mí. Quisiera dormir pero me esperan en el sótano 2 del número 44 de la calle Fleming. Y justo antes de cerrar la puerta, me despido de nadie en voz baja. “Good nigh, Prince Ward”.


Texto: Javier Ubieta
Con todo el amor para Prince W.



martes, 17 de julio de 2012

El día que murió Joan.








Lo sé por instinto. Sueño que se me caen los dientes uno a uno. Una pesadilla recurrente y tenebrosa, presagio de que alguien va a  morir pronto.


Al levantarme por la mañana, voy a la cocina a sintonizar la radio. A los pocos minutos anuncian su muerte con la misma asepsia con la que yo escojo los cubiertos, la vajilla y la servilleta para el desayuno: unas tostadas untadas con miel hechas con pan de la víspera, un vaso de agua tibia con limón exprimido, unas cuantas almendras y café.


Joan ha muerto de forma trágica e inesperada, en circunstancias aún desconocidas. Asocio el rostro del difunto con la careta en forma de calavera de Cassius Hirst previendo el inexorable paso del tiempo hacia la muerte, aun recién nacido. Y también circunvalan mi mente todas esas ocasiones en las que yo mismo me había imaginado como un proyecto de difunto.


Mientras me acerco la servilleta de hilo a los labios antes de tomar agua, más por un gesto educacional conmigo mismo que puramente práctico, y vuelvo a secarlos tras beber el sorbo, imagino el cuerpo de Joan despellejado y sin órganos en un quirófano, colgado boca abajo de unos ganchos de carnicero, atravesándole uno cada pie por la parte más superior del empeine. Y luego le veo así, sanguinolento, en un catafalco de madera blanca de pino, sobre un lecho de flores blancas, pegado a una pared cuajada de aguabenditeras de porcelana luminosa y blanca como las flores.


Con el café todo se vuelve negro, y fantaseo con el negativo de lo anterior. Joan vuelve a tener piel y está cubierto por un mono negro de cuello alto, industrial, frío y hermético. Y alrededor de su cadáver revolotean mariposas negras haciendo ochos, en un peregrinar exacto e imperturbable. 


Y una de ellas se posa en su boca y aloja una gota de agua en el hueco de sus labios pegados, y la gota resbala por el lado izquierdo de su cara, como baba. Y parece estar vivo. Y esa imagen me perturba tanto, que tiemblo y derramo el café y me mancho la pechera de la camisa de algodón. Y, cuando voy a limpiar la mancha del café en el azulejo del suelo, veo sin ver la cara del muerto y la forma del lepidóptero acompañante de exequias, como el tañer de las campañas en una misa de difuntos y me digo por dentro “Que Dios te acoja en su seno, Joan. Descansa en paz". Y voy al vestidor a escoger otra camisa de entre las decenas de camisas del armario de las camisas blancas.

Texto: Javier Ubieta



sábado, 30 de junio de 2012

Javier Ubieta para ANTONIAMAG (III)





De nuevo, ANTONIA MAGAZINE me honra con publicar uno de mis textos, "Los finales".  Como siempre, Mabi Barbas y su [grandioso] equipo, han vuelto a fabricar una máquina delirante de contenidos cuidadamente escogidos que se encierran detrás de una portada con olor a noche de verano. Gracias, una vez más. Un millón de gracias por hacer de "Los finales" algo mucho más especial que un relato.

http://www.antoniamag.com/libros/los-finales-por-javier-ubieta



lunes, 4 de junio de 2012

Armando de la Garza.



La coherencia evolutiva como revulsivo vanguardista de ruptura con las tradiciones más arraigadas, vincula a Armando de la Garza (Monterrey, 1973) a una constante inmersión en su imaginario, que se alimenta de los procesos eclipsados por reconsideración, de la doble lectura, de la identificación no inmediata o de las falsas apariencias. En su empeño por criticar la hipocresía de ciertos roles y normas sociales, construye artefactos que colisionan con lo formal y lo conformista, y que conglomeran un trabajo absolutamente notorio y de excepcional visualidad narrativa.


Las obras que Armando de la Garza nos presenta en “La Filosofía en el Tocador”, “Venus” y “Congenitus” pisan por un camino construido como un aledaño -o tal vez como una continuación- que sigue la dirección de los sedimentos que dejara “Naturaleza Muerta”. Pero aquí, el artista desobedece ciertas normas que marcaron la territorialidad de su propio juego (sin, por ello, modificar su ideología), e incorpora a su discurso elementos de múltiple interpretación e inspiración ambivalente. Son nuevas líneas ejecutorias que no hacen sino enriquecer una reflexión firme materializada en piezas siempre sorprendentes.


En “La filosofía del tocador”, el artista se vale de una relación sinestésica para presentar tocadores y lechos (que se incluirán también dentro del concepto de “tocador”) “abodegonados”, más o menos mundanos. Y celebra esta exhibición con una densidad y una luz tan delicadamente intensas, que exigen al receptor una atención especial y singular porque los elementos se saben acreedores del protagonismo que generan. Son espacios que rompen con las tradiciones más esquemáticas o representativas del clásico boudoir. En algunas ocasiones, la intrusión espacial del tocador es un all over conformado por piezas de toda índole, muy cercanas a lo humano y también a lo artificial. Y justamente ahí, en ese complejo conjunto de almohadas, pieles de animales disecados y sábanas arrugadas, podrían haber tenido lugar escenas pintadas por Henri Gerveux o Giacomo Grosso. Incluso los tocadores más recargados, faltos de aire para respirar, podrían coexistir en las escenas de dormitorio, festines y tertulias, cercanas al lecho de María Antonieta en la Francia del XVIII.


En otras obras pictóricas de la serie, la cosmología de la escena, se presenta a través de una “ciencia” mucho menos compleja en un primer vistazo. El tocador se siente más despejado porque el artista desea permitir el diálogo entre estructuras, y el protagonismo se reparte entre componentes dentro de un mismo territorio en el que hay siempre un elemento que destaca. Se “privatiza” el espacio del tocador, al igual que se privatizara el espacio de la cama en el siglo XX, para hacer desaparecer cualquier tipo de actividad de debate o jolgorio. La privacidad se torna concepto clave de la modernidad y respeta la regia presencia de la pieza en sí. Aquí, todo protagonismo está asumido y absorbido por dos términos, recordemos: el tocador y su filosofía. Y, de hecho, los objetos escultóricos de la serie, confieren a ésta un código altamente ambiguo y perturbador por la jerarquía en que se encuentran (máscaras antigás adornadas con pelo natural y cristales, porcelana o herrajes; un caparazón de armadillo del que brotan mangueras de látex a modo de arterias gigantes…)


En todo caso, los elementos tanto de la obra pictórica como escultórica, son trechos de vida (re)producidos para cubrir la necesidad de permutar las interpretaciones a que da lugar toda esa filosofía madura, exhibida y multicultural que envuelve la inercia del tocador. Lo interesante de la ubicación, desubicación y reubicación de elementos es la “manipulación sensorial“ a través del recorrido intelectual que el espectador efectuará a través de las obras.


Congenitus”, por su parte, se apropia de los elementos “embellecedores y terribles al tiempo” que forman parte de los bodegones de la serie “Filosofía en el tocador”, para crear una acción performática a su través. Se asiste, con sorpresa, a las “deformaciones” que sufren unos sujetos de apariencia común, pero (trans)mutados al decidir -o verse obligados a- engalanarse. El resultado no deja de ser turbador. Presenciamos cómo sujetos pasivos casi uniformados bajo unas “reglas del vestir” aceptadas, permitidas y bien vistas, se someten a extrañas desfiguraciones experimentales que desfiguran su imagen por ese enmascaramiento que nace, precisamente dentro de las normas filosóficas del tocador, de la mixtura entre opuestos, a través de un choque de confusión brutal que no hace sino desubicar a quien mira. Parece como si el artista se ensañara con el “sujeto disfrazado” y la frase de Lawrence Weiner fuese aquí casi un leitmotiv: “Todo arte proviene de la ira”. Nada más lejos teniendo en cuenta que la pretensión de descontextualización tanto de objetos como personas no es sino una esperanza de cambio e integración para unir dos conceptos enfrentados y para educar la compleja maraña socioeconómicocultural y anhelar una distensión entre posturas opuestas.


En la serie “Venus“, Armando De la Garza presenta deidades hegemónicas vilmente mutiladas por antojo de la mano del artista. Exquisitos personajes desprovistos de rostro o extremidades, con malformaciones o minusvalías, representantes de un rol que convive con la ostentación de un rango de preeminencia con el que difícilmente puede concebirse como asociable. El artista ha mutado el nombre “Venus”, cambiándolo de género para bautizar una serie de imágenes masculinas que domeñan su cuerpo a la desprotección, a la desnudez, al solo atavío de una mantilla de encaje, de elementos de la imaginería sadomasoquista o de un calzado de tacón. Dioses que y guardan el equilibrio y - sorprendentemente- caminan con estática decisión- sobre bellos lechos que codifican un mensaje de libre interpretación, utilizando unas poses tan anatómicamente perfectas, que ponen en jaque el control y las limitaciones físicas y mentales. Pero, al mismo tiempo, las criaturas que conforman Venus y que emergen o se posan en esos escenarios casi religiosos, no dejan de pertenecer a una categoría de seres estereotipados, cuyo comportamiento no es la ciencia la encargada de interpretar, sino el sujeto que observa la obra. Aun con tintes, actitudes y temperamentos absolutamente opuestos, no me resisto a la comparar la belleza de la obra de Armando de la Garza con algunos retazos de la de Joel-Peter Witkin, cuyas complejas y transgresoras composiciones han tenido que tolerar el vilipendio de la opinión pública por su particular visión y sensibilidad. Las inspiraciones de “Venus” son interminables y, de pronto, podríamos imaginar a esos seres fabulosos campar por el mismo Hospital Psiquiátrico por el que paseaba Alice Gould en la novela de Torcuato Luca de tena, Los renglones torcidos de Dios, disfrutando de un atardecer o ya llegada la noche. Preguntémonos ahora si, tal vez, esas malformaciones bien entendidas, son o no fruto de la manifestación en contra de los austeros protocolos que vinculan de forma directa al macho con lo masculino y a la hembra con lo femenino dentro de un paradigma de indefensión o de deseo.


Decía Confucio: “Cada cosa tiene su belleza pero no todos pueden verla”. Sin duda, lo más interesante de esa cualidad, la de la belleza, es que sea interpretada una y mil veces de distintas formas para que la consideremos, como a la obra de Armando de la Garza, como la expresión de una invención múltiplemente entendida y pretendidamente constructora de un lenguaje atemporal, universal y un tanto complejo. De esta forma, cabrán infinitas visiones, siempre cargadas de una potente actitud ética ante un arte alterante que ofrece la impagable posibilidad de ver el mundo de forma mucho más amable, mientras arrancamos de nuestra intimidad más profunda nuestro yo real.


Texto: Javier Ubieta

viernes, 1 de junio de 2012

Los finales









Sabía desde hace tiempo que nuestra historia terminaría pronto, pero el principio del fin se precipitó mucho antes de lo que yo hubiera pensado. Eran las seis de la tarde del sábado, los días de junio discurrían tan cálidos y luminosos que invitaban a aprovecharlos hasta el ocaso. Yo permanecía apoyada en la baranda del balcón, mirando fijamente al lago. En el tocadiscos sonaba la trompeta de Miles Davis. El aire olía a uvas. Fingí no escuchar su pregunta.

-¿Quieres salir a dar un paseo antes de cenar?

Llevaba semanas planteándole mis argumentos e intentando hacerle saber que tenía que estar sola para poder concentrarme, que la primera semana de junio entregaba a mi editor el primer borrador de la novela y que necesitaba respirar la tranquilidad y el sosiego que siempre me procuraba nuestra casa de Pedraza. Lo cierto es que esta realidad se convirtió en una excusa perfecta para huir de Madrid pero, como siempre que manifestaba mi deseo de estar sola, él se extrañaba, me hacía mil preguntas, insistía en que el piso de Madrid era amplio y en que no entendía el porqué de mi empeño en aislarme. La historia se reproducía siempre de forma idéntica desde hacía meses: la desazón de la rutina me asaltaba, yo manifestaba unos deseos que él no comprendía y discutíamos sin prestarnos atención, hasta cansarnos. Dialogar era una imposible y callar ante su cerrazón se convertía para mí en un ejercicio de autocontrol mastodóntico, teniendo en cuenta mis ánimos más que fermentados.

-¿Quieres salir a dar un paseo antes de cenar? -repitió.

Aquel viernes, a mediodía, me limité a pronunciar un tajante “No entiendes nada”. Preparé la maleta despacio y me despedí con un escueto “Te llamo al llegar”. Cerré la puerta, entré en el ascensor y, ya en el garaje, con una insana sensación de libertad, arranqué mi coche rumbo a Pedraza.

Un sábado azul y exultante madrugó conmigo. Me di una ducha de agua caliente y medio desnuda fui a la cocina a prepararme una ensalada de frutas. Mientras laminaba unas manzanas identifiqué el motor de su coche rugir, rompiendo el silencio con el había despertado, entrometiéndose en mi quietud apareciendo por sorpresa, sin respetar mis palabras, amputando mis deseos, como un absurdo activista manifestándose, rompiendo mi cordura a golpe de provocación. Entró en la casa, me saludó pero le di la espalda y caminé hacia el cuarto de baño a por mi quimono, para cubrirme. Ante sus ojos me sentía más desprotegida que desnuda. Me senté a desayunar. Él se sabía no aceptado. Me conocía bien y la especulación no cabía ya en un escenario corrompido por la tediosa costumbre y el respeto artificial. Pero aun así vino para pasar el fin de semana. Me lo dijo su bolsa de viaje. 

No sé qué hizo el resto del día, yo me encerré a escribir en el despacho, en la planta de arriba de la casa, pero estaba desconcentrada. Pensé que lo mejor sería aprovechar el resto del día apuntando a mano frases inconexas, palabras sueltas, reflexiones. Hacia las tres salió a comer, y yo aproveché para echar una siesta. Regresó pronto y me despertó, pero seguí recostada en el butacón del despacho, escarbando en mis miserias y fracasos, pensando sobre cómo nuestras vidas divergían cada vez más. Pero mi mal talante había cedido espacio a la decisión. Salí al balcón a fumar un pitillo.

-Te estoy preguntando si quieres salir a dar un paseo antes de cenar- insistió, prudente.

Entonces, a la tercera, me di la vuelta y le dije que sí, que me esperara abajo, en el porche. Fui a mi dormitorio, me recogí el pelo en un moño bajo improvisado, me maquillé ligeramente y me puse un vestido blanco largo de algodón y un chal de punto fino. Me miré al espejo. Estaba extrañamente radiante

Solíamos pasear por el camino empedrado que iba a dar al lago, un paseo bonito y tan largo y rectilíneo que parecía no tener fin. Una suave brisa del sur nos envolvió. En un momento asió mi mano y quiso entrelazar sus dedos con los míos. Entonces, yo sentí como alfileres, pero resistí con fortaleza. Y justo cuando empezamos a caminar cogidos de la mano, balanceando nuestros brazos, imaginé que sosteníamos entre ellas un montón de pequeñas canicas. Y vi cómo se escapaban por entre los dedos, escuchando el ruido que hacían al rebotar contra el suelo y entre sí, una contra otra, una y otra vez. Miles de diminutas bolas de cristal que llenaban la nada de entropía, hundiendo en más profundo de los desequilibrios aquella tranquilidad fingida. Y supe que aquel sería nuestro último paseo. Lo nuestro estaba roto en millones de pedazos con forma de canica.


Texto y Foto: Javier Ubieta


domingo, 20 de mayo de 2012

Solo






Justo cuando las puertas de titanio del ascensor se cerraron, supe que mi corazón había muerto. El ruido que produjo el metal al chocar con la cabina sonó como una angarilla de patas plegables introduciéndose en la cárcava de una morgue y tuve la certeza de que no podría resucitar jamás. Yo mismo me había encargado de la cesación de su latido, pero aún sabiéndolo terminal, nunca quise imaginármelo cubierto con una mortaja. Fue mi gélida imagen reflejada en el espejo, con el gris de fondo, en aquel cubículo, la que anunció mi catalepsia definitiva y la esfumación de los pocos sentimientos que aún era capaz de experimentar. Incluso el dolor, que había seguido haciendo mella, había expirado. Había arrastrado las paredes musculares de la víscera por caminos de piedras afiladas y suelos de grava, por profundidades abisales y fangales putrefactos. Había elegido las cuchillas mejor afiladas para filetearla y luego introducirla en líquidos deletéreos. Pero la sangre, aun negra y corrompida, seguía brotando. Congelé hace tiempo mis fuerzas y mi respiración, para que la agonía fuera un amargo sufrimiento. Pero ni ese cortante azadón consiguió tener compasión de mí y librarme de la amargura del dolor. Hoy, al irte, he sentido frío en el pecho, pero el duelo ha sido breve y, de camino a casa, mientras me clavaba y retorcía un cuchillo entre las costillas, he comprobado que los destrozos y los quebrantos habían consumido el poco oxígeno que me mantenía. Aun así, la acidez de tu marcha me ha ahorcado despacio con lazos de odio. Ahora, el silencio se hace más opresor según el ascensor sube y agrava mis ganas de que los flejes cedan y caiga con la gravedad. Pero al mismo tiempo, lo que más deseo es quemar el crespón que me venda los ojos, darme un baño de agua caliente y reflexionar, mientras fumo un pitillo asomado a la ventana, sobre si merece la pena seguir muerto.


Texto: Javier Ubieta

domingo, 22 de abril de 2012

Sergio Ojeda




"Todos caminaron. Pero pocos dejaron huellas"
José Narosky


"Fijar el flujo, permite volver sobre el flujo mismo, reconsiderarlo y, por lo mismo, criticarlo. Hoy es necesario fundar una nueva crítica"
Bernard Stiegler



Es curioso ser consciente de cómo la fascinación puede hallarse allí donde menos lo esperas. Llevo tiempo dando vueltas a un texto -éste- que, pretendía, fuese especial por motivos concretos que se resumen en un solo porqué. Querer huir de patrones puramente descriptivos para poder conquistar terrenos más metafóricos y sutiles, menos explícitos y previsibles.


En el intento de conseguirlo, imitaré la actuación de Sergio Ojeda (Madrid, 1976), en el papel de director de sus performances. Comenzaré atendiendo a mis apuntes escritos a mano, a los borradores y las fotografías que he ido compilando en formato electrónico, y a esos esquemas de pensamiento, primordiales para componer una base elemental sobre la que articular una reflexión abierta a metamorfosear.


Conforme la escritura vaya tomando cuerpo, estoy convencido de que la idea original se someterá a ciclos imprevisibles que no puedo conjeturar. Hasta este momento, todas las palabras están medidas. A partir de ahora, dejaré que el texto tome vida e ignoro si lograré expresar la sofisticación del trabajo de un artista cuya delicadeza ejecutora trasciende la desgarradora fuerza visual de su obra.





Un año después de que Sergio Ojeda iniciara su proyecto “Mártir”, el pasado mes de marzo presentó, vía web, el vídeo completo de su acción performática “Sangre, sudor y lágrimas”, una pieza que junto con “Paz, piedad y perdón” conforman un lenguaje que cuenta una historia brutal y ensoñadora, enmarcada en un universo paralelo y cercano al del accionismo vienés, transgresor y revolucionario. Ojeda cuestiona el poso que dejaron artistas como Günter Brus, Rudolf Schwarzkogler, Hermann Kitsch u Otto Mühl a través de su propuesta artística y nos pregunta (y se pregunta) si ese instinto de ruptura con el arte como contemplación sigue vivo o, por el contrario, continuamos inmersos en un mar de calma intelectual que no contribuye a hacer evolucionar el conocimiento a través del lenguaje que desprende el arte.


Dentro de Mártir se alude al manifiesto situacionista, se reivindica la destrucción de lo limitante, de los convencialismos, y se exhibe el cuerpo como un lienzo sobre el que arrojar el resultado de ceremonias inquietantes, oscuras no solo para los ojos sino también para la conciencia, violentas, no fáciles de tragar pero extremadamente complicadas de digerir. Prohibición, represión, castigo, transformación, sufrimiento, rabia, distorsión… Podría listar cientos de términos que ayudarían a plasmar lo que, visualmente, Ojeda nos muestra. Y, sin embargo, lo más perturbador, lo que me inquieta profundamente es que mi atención no se centra en lo representado, en la acción en sí, de la que formo parte como espectador, en la parte más “técnica” o teatral, sino en aquello que siento, veo o imagino de forma sesgada, velada y tenue.


Lo que hiere no es el puño, sino la fragilidad de la sombra proyectada en la pared de un ser arrodillado y desprotegido. Lo que duele no es pensar en la intrusión brutal de un cuerpo en otro, sino la dureza del suelo que los actores pisan, sobre el que conciben la dramática relación de poder. Lo que viola el límite no es la agresión, no son las heces, ni la sangre, ni la orina, sino la huella húmeda de una bota que se aleja del cuerpo lacerado. Ese cuerpo resistente al dolor y reducido a la mirada del público, que atestigua y analiza. El proceso ritual no se halla tanto en lo explícito como en la sombra siniestra de lo que no se ve, de lo que el espectador sospecha. La estética de la puesta en escena se reduce, así, a un elemento conductor que une lo que el artista emite con lo que el receptor percibe.


…Y lo que más me golpea es la perversión oculta e, insisto, sofisticada, con la que Ojeda me obliga a enfrentarme a una sátira transformadora y trágica, llena de símbolos y metáforas que agrietan y destruyen los cimientos de una cultura que no deja de ser puro teatro fuera de mi conciencia.





Texto: Javier Ubieta



jueves, 12 de abril de 2012

Fernando & Vicente Roscubas







Ayer, en la Galería de Arte Juan Manuel Lumbreras, los hermanos Fernando y Vicente Roscubas inauguraron la exposición “Lo mejor es que Ernesto siga como está“. Un efectista enunciado con forma de chistera de mago que oculta al público lo que esconde y hace crecer la expectación por lo que va a ver. Una sentencia, asimismo, que nos acerca a un naturalismo un tanto lejano al costumbrismo aburguesado con esos matices de élite que -en ocasiones- acompañan al concepto cosificado de “lo artístico“, y que sirve de anzuelo para aproximarse a la globalidad de sus trabajos, y luego desmenuzarlos.


Se hablaba ayer en los corrillos del tinte más serio y menos irónico que ha adquirido esta exposición frente a anteriores muestras. Quizá porque su gestación ha sido larga y compleja. En todo caso, deja ver de forma sutil pero definitoria los escrupulosos procesos conceptuales, creativos y de producción. Hablamos de unos trabajos minuciosamente desarrollados y precisos bajo su naif apariencia en ocasiones -en los formatos más pequeños, sobre todo-. Una pulcritud extrema que esconde el papel plegado en esos aparentes “canutillos”, acomodados uno a uno sobre la superficie vertical que, después, encerrada, y unida al resto del conjunto, conforma el desfile de las cuadradas paletas abstractas llenas de color que serán las encargadas de vestir, hasta el 18 de Mayo, las paredes de la galería.



A lo largo del paseo por las dos plantas en las que se ubica la obra hay un concepto que nos persigue y que nos dicta la manera de sentir cada una de las piezas. El concepto de textura. La textura de los papeles plegados. La textura de los deliciosos collages. La textura de la madera de los dos tótems de potente reverbero gracias a la luz reflejada en las pulidas láminas que conforman cabezas humanas de estilizada presencia, vigilantes, atentas… Son sus mundialmente famosas esculturas las mismas que observan sin decir y que exigen su protagonismo a través de la imponente sombra que proyectan y que se confunde y sobrepone con la del paseante. En definitiva, un trabajo digno de elogio presentado de forma exquisita y que, alejado de todo tipo de dramatismo, invita a ver la parte más coloreada de la vida.






















Texto: Javier Ubieta