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viernes, 20 de mayo de 2011

Una llamada inesperada y precedible.



Me estoy masturbando desnudo, sentado en el sofá, con las piernas estiradas, tensas y muy abiertas, mientras veo una película X. En la pantalla, Ramón Nomar, uno de mis actores porno preferidos, está en una cama de hotel con dos chicas rubias. A una de ellas se la folla por detrás, a cuatro patas. Mientras, la otra se aplica en el coño de su amiga. A pesar de que sé que ninguno de los tres disfruta realmente, me gusta la escena y la supongo real. Me acaricio el abdomen y el pecho con la mano izquierda y con la derecha no dejo de masturbarme.


Suena mi teléfono móvil. Al principio solo escucho ruido como de tráfico, luego empiezo a oír lloros:

 -Tu padre. Papá. Papá ha muerto. Estaba Jesús con él.

Me doy cuenta del alto volumen de la televisión justo cuando las chicas se corren casi al tiempo. Y pulso “Mute” en el mando a distancia.

-Estaba Jesús con él. -Insiste- . Estaba bien cuando llegó por la mañana pero después de la inyección de morfina empezó a faltarle el aire, Jesús llamó a enfermería y vino el equipo médico, pero a los pocos minutos murió.
¿Qué vamos a hacer? -Llora sin consuelo-.

Pienso cinco segundos.

-Tranquilízate. No llores. Yo me encargo de los trámites en la clínica y el tanatorio. Tardaré una hora en llegar. Espérame ahí. Enseguida voy.

Cuelgo y quito la película sin haberme corrido. Lloro un poco e intento no pensar. Creo que no estoy triste, sino aliviado, pero no estoy seguro. Había deseado su muerte tantas veces que ahora me siento culpable, pero no estaba preparado para que este momento llegara.
Me doy una ducha rápida y salgo con el pelo mojado. De camino a la clínica pienso en que tengo que hablar con el cura para fijar la fecha del funeral, así que es lo primero que hago, aparcar mi coche delante de la parroquia y hablar con él, que se despide de mí dándome un frío y escueto pésame.

Al salir de la oficina del cura luce un sol tibio. No quiero ir enlutado a esa misa, tampoco vestir de azul marino, y el gris me resulta inapropiado. E imagino un traje de lana fría en color negro de raya diplomática muy, muy fina en un par de tonos más claros. Lo combino mentalmente con una de mis camisas blancas de cuello estrecho. Decido que debo llevar corbata o pañuelo negro.
Antes de ir a la clínica, me voy a comprar el traje. El funeral será mañana por la tarde, por la mañana tendré que estar en el tanatorio y después, presente en la incineración y no tendré tiempo de hacer nada más. Me paso por un par de tiendas de primeras marcas y, en la segunda, me decido por un Yves Saint Laurent que no es negro profundo, con raya diplomática mucho más clara de lo previsto. La chaqueta es cruzada, con solapas grandes y botonadura doble. El pantalón es recto, ligeramente más ancho de rodilla hacia abajo. Compro también un par de zapatos negros con cordones. Quedo en recoger la compra por la tarde.

Llego a la clínica. Papá está morado y frío. Tiene los ojos cerrados y la boca entreabierta. Le beso en los labios y en la frente. Y me despido de él rezando un avemaría. Al tanatorio va llegando mucha gente. Y ya de noche, espero a quedarme solo y darle mi último adiós en silencio tras el cristal. Por la mañana, asisto a la incineración, en una pequeña capilla del cementerio. Recojo sus cenizas y voy solo a la playa. De camino a la orilla, descalzo, pienso en él. Tiro al mar al contenido de la urna. Pienso que no soy huérfano desde ayer, sino desde hace ya mucho tiempo y, aunque el rencor huye, no lloro. He de descansar para recibir a los invitados al funeral con mi mejor cara e impecablemente vestido.

Debo estar guapo por fuera porque por dentro estoy podrido. Completamente podrido.

jueves, 19 de mayo de 2011

Caliza.



Julián, uno de los chicos encargado de las caballerizas, ha estado cuidando de Caliza toda la noche. Comenzó a vomitar sangre a primera hora de la mañana de la víspera. Su veterinario nos anunció hace cuatro meses que ése sería justo el tiempo que podría alargar su vida sin que la intensidad del dolor se volviera insoportable. Hoy se cumplen tres meses y medio de la fatídica noticia y el cuerpo de Caliza ya no aguanta más pinchazos. Su corazón, cada día más vago, tampoco.

Me despierto cuando amanece. He dormido poco más de dos horas. Me pongo los vaqueros con las perneras sucias del día anterior, una camisa blanca que aún huele a plancha, unos tirantes y unas botas de montar sobre calcetines de lana gruesa. Pienso en que hoy se ira, de la misma forma que llegó: dócil, en silencio, con la misma expresión de bondad pero con un cuerpo deteriorado, encogido, débil, dibujado por piel y huesos: Flaca, enferma, cadáver. Me acerco a la ventana, la abro de par en par y observo la finca. Las vides forman líneas paralelas perfectas en la tierra y los naranjos empiezan a dar unos frutos de gran tamaño. El clima estos meses ha sido perfecto. Cojo un cigarro de la pitillera y salgo de la casa fumando y cuando abro el portón de hierro veo a Julián a lo lejos, desde la entrada de las caballerizas, arrodillado junto a Caliza, cepillándole las crines con un esmero que estremece y una delicadeza que nunca habría podido adivinar.

Mis padres trajeron a Caliza a la finca cuando yo era un niño. Era una potrilla completamente blanca, salvo por un círculo irregular de color arena entorno al cuello. Relucía bajo el sol. Con los años, su blancura se fue aplacando pero siguió igual de resplandeciente. Siempre mantuvo su mirada melancólica, sus ojos negros como el petróleo y su tierno gesto de bondad.

Cautivaba por sus movimientos al caminar, al beber, al tumbarse. Por la regia postura de su cabeza al galopar, erguida, y elegante. Por el brillante ondular de sus crines y su pelaje. Pero su osamenta envejeció en muy pocos años y fue, prematuramente, un equino anciano. Le diagnosticaron, al poco de nacer, una enfermedad ósea degenerativa que la arrastró hasta el punto de no retorno de hoy.

Julián me da los buenos días, cesa su actividad y me informa de que Caliza ha pasado la noche dormitando entre quejidos. Le doy las gracias y le pido que se vaya y que me deje a solas con ella. Me siento en el suelo y le acaricio el cuello y la cabeza con mimo y abre a medias sus ojos brillantes y me mira fijamente. Paso la mano por su lomo y compruebo la irregularidad de las vértebras, prominencias que dan miedo y me hacen pensar en la anatomía podrida del animal. Relincha débilmente. Me fijo en la cantidad de marcas de las inyecciones. Apoyo la cabeza en un lateral de su vientre, escuchando los latidos de su corazón, débiles y desacompasados.

Me levanto y empiezo a llorar sin consuelo cuando voy al armario de las armas de caza a por una de las escopetas. Cargo el tambor. Beso y acaricio de nuevo la cabeza de Caliza decenas de veces en un minuto hasta agotar mi despedida. Disparo dos veces. Y suelta un débil relincho, que es más un balbuceo callado, mientras su mirada no se aparta de la mía. Dudo que me vea, pero sé que me siente. Cuando cierra sus ojos negros, dos regueros de lágrimas mojan su adiós. Recojo el agua con mis dedos y, como si fuera agua bendita, me hago la señal de la cruz.