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lunes, 31 de enero de 2011

David García Torrado



Hace relativamente poco tiempo que descubrí la obra de David García Torrado, un fotógrafo que trasciende disciplinas y cuyo trabajo se ubica, dentro del dilatado paisaje artístico, en una posición con privilegio gracias a su desbordante creatividad. Su portfolio, de exquisito miramiento, reúne no solo importantes premios, sino editoriales de moda, retratos u oníricas y futuristas imágenes arquitectónicas. Un vasto conjunto, nada anárquico, a pesar de su diversidad, que compacta un sensacional, poderoso y estricto trabajo.

Bajo una consigna perfeccionista que no conoce límites, el perímetro por el que campa la obra de David es extenso, tranquilo, apacible, y suyo. Muy suyo. Porque su forma de entender el arte se aparta del –muchas veces turbio- sistema económico y tiene como base un lema mucho más sólido y fiel. Ser leal a sí mismo y trabajar, siguiendo a pies juntillas, según lo dictado por sus ideales y su pensamiento. Y lejos de absurdas batallas, David se recoge y lleva a cabo lo que su instinto le inspira. Creyendo en sí mismo. Agradeciendo el apoyo de los demás. Y plasmando su ingenio para que soñemos.

Con su serie “Steel beauty”, ha conseguido dar una vuelta de tuerca a conceptos antagónicos, figuras dispares, términos opuestos. Ha hecho de lo pesado algo liviano y ha convertido el bullicio en tranquilidad. Pesados tótems de acero que flotan sobre niebla, edificios acristalados que se elevan, enraizados bajo un cemento que adquiere la densidad del ozono. Paisajes empolvados que sirven de escenario a superficies ondulantes o estructuras arquitectónicas donde habitan seres que quizá quieren escapar de su ocupación cotidiana o se sienten sacudidos por un extraño sentimiento místico. Un delicioso trabajo impregnado de una imaginación inabarcable y una sutileza fuera de lo común.
 

Gracias por compartir con todos tu ideal solaz de la vida, por ser fiel a tu actitud. Y por la pureza, meticulosidad y sensibilidad con la que llevas a cabo tu oficio. Hoy, el arte, necesita el valor de personas como García Torrado, que trabaja con sus manos y con su corazón. Enhorabuena.

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sábado, 29 de enero de 2011

Cuando ya no queda nada que decir



Veía el peligro asomarse de vez en cuando, como cuando el soldado enemigo se asoma tras la trinchera. Y, lo peor de todo era que, tras la retaguardia, el peligro amenazaba mucho más robusto de lo que nunca hubiera imaginado. Un tarde de otoño brumosa, húmeda y fría, adquirió la fuerza suficiente para abandonar su escondrijo, tomar forma de papel cuadriculado, doblado por la mitad, y posarse sobre la cama que tú y yo compartimos hasta ese mismo día.

Descorrí una de las puertas de tu armario y el vacío me aplastó. Abrí los cajones de tu mesilla y me encontré con nada. Me sentí atrapado entre cuatro paredes sin oxígeno, como si me estuviera suicidando sin poder hacer evitar la tragedia. Y aunque todo pareciera intacto, la traición había menoscabado mi vida violentamente en menos de cinco minutos.

Comprendí que, cuando ya no queda nada que decir, tal vez lo mejor es no intentar explicar nada. Pero mi vida no estaba preparada para ese áspero y doloroso golpe. Cogí escrupulosamente el papel cuadriculado de la cama. Esperaba leer unas frases breves que me tranquilizaran, aunque sabía que era improbable. En su lugar, un frío “Hasta siempre”, escrito a lápiz, tiznaba el papel. Lo arrugué con las dos manos y lo cobijé entre ellas.

Miré por la ventana. Había empezado a llover con fuerza. Sentí vértigo y una tristeza desoladora. Apoyé la frente contra el cristal, entreabrí las manos y miré la nota arrugada mientras lloraba sin descanso. Dos palabras escritas. Solo dos. Esa ínfima huella era lo único que me quedaba de ti. Nada más, aunque podía haber sido aún menos, un “Adiós”, por ejemplo.

Hubiera dado igual. Estaba muerto por dentro.

lunes, 3 de enero de 2011

El garaje



Tomo la curva de entrada al garaje más rápido de lo habitual, con los Massive Attack retumbando en el coche, y casi sin ver. La lluvia arrecia y hace un frío polar incluso dentro del vehículo. Los limpiaparabrisas no dan abasto con el agua. No se ve. Apunto con el minimando a distancia a la célula fotoeléctrica que abre el portón de hierro del garaje, pero la pila está medio gastada y, por mucho que aprieto, no consigo que se abra. Lo intento una, dos, tres, diez veces. Nada. Bajo la ventanilla y saco mi brazo derecho, que inmediatamente se inunda. La estrategia surte efecto. De inmediato un piloto verde se enciende, y oigo un sonido hueco y oxidado al mismo tiempo que la puerta comienza a elevarse. Cierro la ventanilla. Bajo el volumen. Respiro hondo. Me quito el jersey. La camiseta también está empapada y mi frente, llena de gotas de sudor. Bajo la rampa que da acceso a la primera planta, voy a mi sitio y comienzo a maniobrar para aparcar. De pronto oigo un ruido estrepitoso, como si un saco lleno de herramientas hubiera dejado caer todo su contenido en el suelo de cemento. Y salgo a ver. Ni una luz. ningún sonido. Nada. Las manos me resbalan en el volante y no consigo aparcar. Maldigo la compra de esta plaza de garaje cada vez que aparco. Hay muy poco sitio, es estrecha, con dos columnas amenazantes que no dan lugar ni a cinco centímetros de holgura, de equivocación, a ambos lados. A lo lejos, a mi derecha, veo un foco, una luz lejana como una linterna. Y salgo y pregunto quién es. "¿Oiga?". Siempre he tenido miedo a la oscuridad de los garajes. La luz fluorescente hace que me sienta incómoda. Oido los pasos de una figura mastodóntica de casi dos metros de altura, que me apunta a la cara con la luz, que intento evitar. me tapo los ojos con las manos y me encierro dentro del coche. El hombre da un martillazo al cristal del copiloto, lo rompe y abre sin esfuerzo la puerta. Grito auxilio porque le veo la cara, desfigurada. Con un solo ojo. El otro, quemado. Solo oigo: "Sal del coche". Y obedezco, no puedo decir nada. Me atenaza el miedo. Viene hacia mí, pero en lugar de correr me quedo inmóvil. Quieta. Helada. Esperando. Y mientras con su mano izquierda aprieta mis dos muñecas con una fuerza sobrehumana, con la derecha, pone en funcionamiento una sierra de calar. Me dice que es un aparato que corta muy bien la madera, el aluminio y el metal. Me caigo al suelo, desmayada, sin perder la consciencia por completo, y cuando intento recular, en el frío suelo de cemento, oigo al monstruo decir: "Empezaremos por cortar a la altura de las muñecas y los tobillos, tus finos huesos harán que la sierra trabaje bien. Solo un favor. Manténte quieta y no grites. No hagas que me enfade. Voy a hacerte pedazos."