DISTURBINGCODES

DISTURBINGCODES

Visits

WELCOME

miércoles, 21 de septiembre de 2011

La suavidad del mármol.



Y cuando me tumbo en el suelo del cuarto de baño, desnudo, completamente estirado boca arriba, con las piernas separadas, siento el gélido golpe del mármol travertino en las nalgas y en la espalda -primero- y en el resto del cuerpo -después-, al darme la vuelta y revolcarme en el inodoro suelo.
 
 
Cambio de postura mil veces, veloz, hasta que me tranquilizo, mirando al techo, que refleja la leve luz de la lámpara de pie del pasillo, y los elegantes destellos de los frascos de cristal. Me extraño de no oler a nada. Nuestro cuarto de baño siempre tiene un olor, quizá no siempre el mismo, pero siempre tiene un olor. A jabón, a gel de baño, a polvos de cuerpo, a toallas planchadas, a cremas, a cera de velas recién apagadas, a jazmín, a té verde, a almendras, a alcohol...
 
 
El cuarto de baño siempre tiene un olor. Me repito. Pero no huelo nada. Estiro la mano derecha y tiro del cinturón del albornoz que cuelga de la percha. Lo enrollo alrededor del cuello y lo anudo firmemente dos veces. Después, cierro los ojos, cruzo las manos, las coloco sobre el pecho y comienzo a rezar Gloria in excelsis.
 
 
“Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor….”


Siento el pulso fuerte y firme en la garganta, que arde con rabia. Y la desasosegante angustia que me provocan los pinchazos en el pecho. me hacen imaginar clavos que se clavan.


“Por tu inmensa gloria,
Te alabamos,
Te bendecimos,
Te adoramos,
Te glorificamos,
Te damos gracias,
Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre Todopoderoso.
Señor Hijo Único, Jesucristo.
Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre…


El cuerpo me arde, y la presión en la cabeza se convierte en insoportable. Intuyo una especie de bradicardia pero, en ese momento de "no retorno", ya no puedo evaluar si mi corazón va lento o rápido porque estoy perdiendo el conocimiento. Las sienes me explotan y los ojos gritan casi fuera de sus órbitas.


“Tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros,
Tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestras súplicas,
Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros,
porque solo Tú eres santo…”

Me revuelvo en el suelo con la fuerza de un toro, mientras lloro sin lágrimas. Las carótidas van aligerando su pálpito. Y quiero sentir como el corazón deja de latir pero, antes, he de terminar mi oración. Solo quedan cuatro frases cortas. Éstas:


“…solo Tú, Señor,
solo Tú, Altísimo Jesucristo,
con el Espíritu Santo en la Gloria de Dios Padre.
Amén.”


4 comentarios: