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jueves, 19 de mayo de 2011

Caliza.



Julián, uno de los chicos encargado de las caballerizas, ha estado cuidando de Caliza toda la noche. Comenzó a vomitar sangre a primera hora de la mañana de la víspera. Su veterinario nos anunció hace cuatro meses que ése sería justo el tiempo que podría alargar su vida sin que la intensidad del dolor se volviera insoportable. Hoy se cumplen tres meses y medio de la fatídica noticia y el cuerpo de Caliza ya no aguanta más pinchazos. Su corazón, cada día más vago, tampoco.

Me despierto cuando amanece. He dormido poco más de dos horas. Me pongo los vaqueros con las perneras sucias del día anterior, una camisa blanca que aún huele a plancha, unos tirantes y unas botas de montar sobre calcetines de lana gruesa. Pienso en que hoy se ira, de la misma forma que llegó: dócil, en silencio, con la misma expresión de bondad pero con un cuerpo deteriorado, encogido, débil, dibujado por piel y huesos: Flaca, enferma, cadáver. Me acerco a la ventana, la abro de par en par y observo la finca. Las vides forman líneas paralelas perfectas en la tierra y los naranjos empiezan a dar unos frutos de gran tamaño. El clima estos meses ha sido perfecto. Cojo un cigarro de la pitillera y salgo de la casa fumando y cuando abro el portón de hierro veo a Julián a lo lejos, desde la entrada de las caballerizas, arrodillado junto a Caliza, cepillándole las crines con un esmero que estremece y una delicadeza que nunca habría podido adivinar.

Mis padres trajeron a Caliza a la finca cuando yo era un niño. Era una potrilla completamente blanca, salvo por un círculo irregular de color arena entorno al cuello. Relucía bajo el sol. Con los años, su blancura se fue aplacando pero siguió igual de resplandeciente. Siempre mantuvo su mirada melancólica, sus ojos negros como el petróleo y su tierno gesto de bondad.

Cautivaba por sus movimientos al caminar, al beber, al tumbarse. Por la regia postura de su cabeza al galopar, erguida, y elegante. Por el brillante ondular de sus crines y su pelaje. Pero su osamenta envejeció en muy pocos años y fue, prematuramente, un equino anciano. Le diagnosticaron, al poco de nacer, una enfermedad ósea degenerativa que la arrastró hasta el punto de no retorno de hoy.

Julián me da los buenos días, cesa su actividad y me informa de que Caliza ha pasado la noche dormitando entre quejidos. Le doy las gracias y le pido que se vaya y que me deje a solas con ella. Me siento en el suelo y le acaricio el cuello y la cabeza con mimo y abre a medias sus ojos brillantes y me mira fijamente. Paso la mano por su lomo y compruebo la irregularidad de las vértebras, prominencias que dan miedo y me hacen pensar en la anatomía podrida del animal. Relincha débilmente. Me fijo en la cantidad de marcas de las inyecciones. Apoyo la cabeza en un lateral de su vientre, escuchando los latidos de su corazón, débiles y desacompasados.

Me levanto y empiezo a llorar sin consuelo cuando voy al armario de las armas de caza a por una de las escopetas. Cargo el tambor. Beso y acaricio de nuevo la cabeza de Caliza decenas de veces en un minuto hasta agotar mi despedida. Disparo dos veces. Y suelta un débil relincho, que es más un balbuceo callado, mientras su mirada no se aparta de la mía. Dudo que me vea, pero sé que me siente. Cuando cierra sus ojos negros, dos regueros de lágrimas mojan su adiós. Recojo el agua con mis dedos y, como si fuera agua bendita, me hago la señal de la cruz.

2 comentarios:

  1. Tu relato de una sensibilidad tan hiriente que casi me cuesta respirar.

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  2. Espero que esa sensibilidad "hiera" de forma amable. Muchas grasacias, Delio, por tu comentario. Toda aportacíón ayuda a continuar escribiendo y a sefuir adelante. Gracias.

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