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lunes, 21 de marzo de 2011

El saco de mis juguetes




 
Justo cuando termino de meter el cuerpo descuartizado en las bolsas de basura, dentro del maletero de la furgoneta, pienso en él. Cierro el portón del garaje procurando no hacer demasiado ruido. Sus bramidos y luego los quejidos callados, han dejado paso a un silencio absoluto. Sentado al volante, la negrura de la noche me hace entornar los ojos, intentando ver mejor entre la calígine. Percibo las ráfagas intermitentes de los faros de los coches que atraviesan la variante sur, unos metros más abajo. El intenso olor de la sangre y de la carne cruda entre las uñas me produce arcadas, así que piso el freno a fondo, me bajo de la furgoneta, me apoyo contra un árbol y vomito sin esfuerzo. Me tiemblan las manos y las piernas e imagino que la niebla se acerca, me envuelve y me enfría. Cuando resuelvo que no guardo fuerzas para continuar y enterrar el cadáver hecho trozos antes de que amanezca, cojo un cortaplumas de la guantera, y me siego el cuello justo bajo la quijada. Y supongo que el calor viscoso de la sangre va a aliviar mi destemple mientras muero.

Texto: Javier Ubieta
 

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