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lunes, 3 de enero de 2011

El garaje



Tomo la curva de entrada al garaje más rápido de lo habitual, con los Massive Attack retumbando en el coche, y casi sin ver. La lluvia arrecia y hace un frío polar incluso dentro del vehículo. Los limpiaparabrisas no dan abasto con el agua. No se ve. Apunto con el minimando a distancia a la célula fotoeléctrica que abre el portón de hierro del garaje, pero la pila está medio gastada y, por mucho que aprieto, no consigo que se abra. Lo intento una, dos, tres, diez veces. Nada. Bajo la ventanilla y saco mi brazo derecho, que inmediatamente se inunda. La estrategia surte efecto. De inmediato un piloto verde se enciende, y oigo un sonido hueco y oxidado al mismo tiempo que la puerta comienza a elevarse. Cierro la ventanilla. Bajo el volumen. Respiro hondo. Me quito el jersey. La camiseta también está empapada y mi frente, llena de gotas de sudor. Bajo la rampa que da acceso a la primera planta, voy a mi sitio y comienzo a maniobrar para aparcar. De pronto oigo un ruido estrepitoso, como si un saco lleno de herramientas hubiera dejado caer todo su contenido en el suelo de cemento. Y salgo a ver. Ni una luz. ningún sonido. Nada. Las manos me resbalan en el volante y no consigo aparcar. Maldigo la compra de esta plaza de garaje cada vez que aparco. Hay muy poco sitio, es estrecha, con dos columnas amenazantes que no dan lugar ni a cinco centímetros de holgura, de equivocación, a ambos lados. A lo lejos, a mi derecha, veo un foco, una luz lejana como una linterna. Y salgo y pregunto quién es. "¿Oiga?". Siempre he tenido miedo a la oscuridad de los garajes. La luz fluorescente hace que me sienta incómoda. Oido los pasos de una figura mastodóntica de casi dos metros de altura, que me apunta a la cara con la luz, que intento evitar. me tapo los ojos con las manos y me encierro dentro del coche. El hombre da un martillazo al cristal del copiloto, lo rompe y abre sin esfuerzo la puerta. Grito auxilio porque le veo la cara, desfigurada. Con un solo ojo. El otro, quemado. Solo oigo: "Sal del coche". Y obedezco, no puedo decir nada. Me atenaza el miedo. Viene hacia mí, pero en lugar de correr me quedo inmóvil. Quieta. Helada. Esperando. Y mientras con su mano izquierda aprieta mis dos muñecas con una fuerza sobrehumana, con la derecha, pone en funcionamiento una sierra de calar. Me dice que es un aparato que corta muy bien la madera, el aluminio y el metal. Me caigo al suelo, desmayada, sin perder la consciencia por completo, y cuando intento recular, en el frío suelo de cemento, oigo al monstruo decir: "Empezaremos por cortar a la altura de las muñecas y los tobillos, tus finos huesos harán que la sierra trabaje bien. Solo un favor. Manténte quieta y no grites. No hagas que me enfade. Voy a hacerte pedazos."

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