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viernes, 30 de diciembre de 2011

Javier Ubieta para ANTONIAMAG (II)




ANTONIAMAG ha decidido que el número que sirva de despedida a este año que se escurre, tiene que ser inabarcable en contenidos. Como siempre: [Entrad y veréis]. De todo, y todo bueno, de ello se encargan La Jefa y su gran equipo. De nuevo, gracias por contar con mi pequeña aportación, esta vez en forma de "La cita". Seguiremos ANTONIEANDO en 2MIL12. 


domingo, 11 de diciembre de 2011

La playa.




Es el trayecto más largo de mi vida aunque apenas dura media hora desde el crematorio. Hace frío. El típico frío del frío Enero. Llevo tus cenizas dentro de una vasija de barro que sostengo desde mediodía entre mis manos heladas. Al llegar a la playa ya está anocheciendo. No quiero despedirme de ti a oscuras. Le digo a papá que me espere en el paseo. 

Salto el pequeño muro de piedra, me descalzo y, llorando, atravieso el trecho de arena húmeda hasta llegar a la orilla dando pasos vacilantes, encorvado. Estoy rendido y me siento profundamente solo. Procuro rezar un avemaría antes de arrojar tus cenizas al mar. El viento sopla y te esparces en un pequeño remolino entre el agua de las olas rotas, la arena y la brisa salada. Intento mirar pero no puedo ver. Retrocedo de espaldas un buen trecho, me despido y me pregunto el porqué de los finales.

Vuelvo sobre mis pasos enjugándome las lágrimas, vuelvo a saltar el muro, me limpio los pies con un pañuelo y le digo a papá que no hace falta llamar a un taxi porque la parada está allí enfrente. La noche se ha echado encima. Conforme nos alejamos, vuelvo la vista y atisbo mis huellas en la arena. Las mismas que habían pisado parte de tus cenizas. Las mismas de las que al día siguiente no quedaría ni rastro.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Maite Mtnez. de Arenaza @ LA TALLER.





No es de extrañar que, después de casi dos décadas dedicada en cuerpo y alma a un trabajo que hace de Maite Martínez de Arenaza un referente dentro del arte del grabado, La Taller tenga su aroma. O Maite el aroma de La Taller. En un paisaje habitado por galerías y salas expositivas, La Taller se desmarca ubicándose conceptualmente como un lugar especial donde aprender, además, las múltiples técnicas de grabado. Algo absolutamente moderno y rompedor porque ofrece la posibilidad de ver cómo crea un artista. Además, como dice Maite, el grabado permite cavilar, imaginar un resultado que -al contrario de técnicas como la pintura, de resultados mucho más inmediatos- tarda más tiempo en fermentar, y que invita a especular acerca de lo que aparecerá en el soporte.




Al fin y al cabo, La Taller es un espacio vivo, multidisciplinar y polivalente, que Maite gestó con la ayuda de manos amigas, las de su gente, y que abriga todo el esfuerzo que, en su día, supuso transformarlo en lo que es hoy, un escenario que “rompe” normas, subvierte lo costumbrista y genera la capacidad de adoptar una perspectiva muy particular, ésa desde la que se puede ver el nacimiento de la obra que luego adornará cualquiera de sus paredes. En un minucioso “desmembrado” del proceso artístico, la filosofía de la experta se aleja de enmascarar u ocultar los pormenores del “antes”, para mostrarlos como parte de igual importancia a la del trabajo terminado. Lo mágico, es la sensación de “profundidad” que se intuye al saber que te hayas en una especie de “cocina artística” donde ves cómo se elaboran los platos de un menú preparado por artistas de valía y calidad incontestable. No podría ser de otro modo.






A raíz de la exposición “No”, de la artista Cristina Gutiérrez-Meurs, la Taller mutó para convertirse en una acogedora sala de conferencias que se tiñó de emoción y rigor gracias a la intervención de la psiquiatra Marga Sáenz, que dice. “El arte no es inocente. A veces el arte golpea. Y golpea donde más duele. Estas cosas pasan. Lo que no sucede es que se quiera compartir esa experiencia. Se suele tener miedo a la propia ignorancia, a desnudarse ante los demás”.








El pasado 2 de Diciembre, La Taller se convirtió en un pequeño club, en un espacio donde el concierto de “m í n i m a” dio otra vuelta de tuerca a ese laboratorio de ideas de envidiable estructura arquitectónica en que Maite, como maestra de ceremonias, está siempre dispuesta a brindar con un buen vino mientras las notas del caldo se esparcen en un territorio único en lo conceptual, especial por su mixtura y mágico por la persona que habita en él. Bienvenidos a LA TALLER.




Gracias, Maite, por tu cariño y por recibirme siempre con los brazos abiertos.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Intimidad Romero. Quien no ve más allá, es porque no quiere.




Todos conocemos a ufanos resabiados que defienden sus posturas, pretendiendo sentar cátedra, mirando al frente sin tener en cuenta cualquier otro norte que no sea aquel al que sus ojos ciegos apuntan. Lo peor no es la terquedad, sino la insufrible condescendencia perdonavidas – a veces convertida en una postura casi fascista-, que reposa en una pobre e inalterable sillita intelectual y ve pasar de largo, y sin prestar atención alguna, nuevas formas de expresión.

Lo mejor es que estos acontecimientos que, tangencialmente, nacen, crecen y se reproducen –algunos también mueren-, no hacen sino enriquecer un globo cada vez más nutrido de ideas y modernidad, en el que convergen acciones de toda índole y que aglutina, por mucho que algunos se empeñen en pincharlo, auténticos fenómenos sociológicos y corrientes culturales que alimentan la vanguardia.

En cuanto a la representación del arte, hace ya mucho que dejó el estatus de exclusiva museística y, sin embargo, la ubicación en la que el receptor percibe el concepto de “obra de arte” sigue siendo, precisamente, un museo, una galería de arte, un espacio físico –en definitiva- que nada tiene que ver con el lugar en el que la mente observa la experiencia on-line del arte virtual.





Cuando se aborda la dificultad del concepto de arte virtual, del concepto de arte en la red, tan arduo y complejo de explicar y, en ocasiones, de entender, aparece en escena Intimidad Romero que simplifica su posicionamiento frente a esa dificultad, tiñendo su manifestación artística, su acción, con un barniz de personalidad, novedad y –permitidme- disfrute, únicos. La artista continúa, fiel a su manifiesto, pixelando fotografías, retando al arte digital en la era 2.0 y repitiendo -en una sucesión de elementos idénticos pero absolutamente desiguales- su discurso con una coherencia y una tenacidad difíciles de conservar en el tiempo. Ella lo logra.

Como metástasis, una vez ubicada su acción en el escenario del arte virtual, la repercusión de ese “nuevo arte” que nos propone Intimidad Romero, se extiende y crece hasta cotas infinitas y, lo más importante, se reconoce como una filosofía en sí misma dentro de un proceso de transformación conceptual del verbo crear. Pixela lo que le viene en gana a través de un software informático determinado, anula su figura-persona-personaje y nos invita a imaginar, esparciéndose en los adimensionales territorios de la red, de forma inédita.




Lo que, en principio, pudo parecer una especie de “juego”, ha ido moldeándose a lo largo del tiempo hasta conseguir apabullar a expertos y a personas altamente instruidas en el mundo artístico-tecnológico que respaldan, con el mismo rigor que pasión, el acto de generosidad intelectual de la artista frente al público, con el conecta a través de sus respectivos hotspots. Ni más ni menos. Sin trampa ni cartón. Una comunicación a la que no estamos acostumbrados y que permite, a través del aire o del cable de red, llegar a una audiencia que puede ser inalcanzable de forma física, pero absolutamente cercana en el espacio virtual y en el tiempo.


Las visiones fantasmáticas que nos proporciona la impecable acción de Intimidad Romero fueron desde su inicio objeto de discusión y controversia, dos conceptos de los que nunca se ha escapado cualquier corriente artística que pueda calificarse de interesante. Imaginemos, pues, qué se esconde detrás de los píxeles y vayamos más allá de lo visible. Sumerjámonos en esa dimensión para la que ha sido concebida su obra, dejemos reparos aparte y disfrutemos de un nuevo modo de interacción y vida.




lunes, 7 de noviembre de 2011

Arnulfstr 61.



Es un lujo mezclarse con las plumas más exquisitas -y entre exquisitos textos- en el apartado "Reflexiones" del blog de David García Torrado. Un espacio para exhalar el poco aliento que queda cuando ves de cerca su trabajo. Una y otra vez, felicidades.

http://www.davidgarciatorrado.com


lunes, 31 de octubre de 2011

Javier Ubieta para ANTONIAMAG.



La portada de este número de ANTONIAMAG es mucho más "tecnochicle" que ésta. [Entrad y veréis]. Sin embargo, no puedo resistirme y he ilustrado el post con esta foto de Mabi en negra pose severa, sensual, con print underwear por adivinar del todo, labio rojo mate, eye-liner gatuno y cutis extra "porcelain". La fuerza que desprende esta imagen dice mucho de otra fuerza, ésa con la que lla misma se gobierna y a la que pide asesoramiento de cuando en cuando. Solo quiero darte las gracias por ese reconocimiento cariñoso y por tu generosidad. Gracias, bella, por encontrarte conmigo de sopetón y decidir compartir algo más que palabras. Su significado.

Sin previo aviso y con la cautela y el aplomo de la buena educación, la "Jefa" de ANTONIAMAG ha tenido a bien publicar uno de mis textos que ha titulado "Amaneceres" y cuyo manifiesto final, el escrito de su puño y letra, es muy hermoso. Leedlo, por favor. Mil gracias por tu cariño.

 

miércoles, 21 de septiembre de 2011

La suavidad del mármol.



Y cuando me tumbo en el suelo del cuarto de baño, desnudo, completamente estirado boca arriba, con las piernas separadas, siento el gélido golpe del mármol travertino en las nalgas y en la espalda -primero- y en el resto del cuerpo -después-, al darme la vuelta y revolcarme en el inodoro suelo.
 
 
Cambio de postura mil veces, veloz, hasta que me tranquilizo, mirando al techo, que refleja la leve luz de la lámpara de pie del pasillo, y los elegantes destellos de los frascos de cristal. Me extraño de no oler a nada. Nuestro cuarto de baño siempre tiene un olor, quizá no siempre el mismo, pero siempre tiene un olor. A jabón, a gel de baño, a polvos de cuerpo, a toallas planchadas, a cremas, a cera de velas recién apagadas, a jazmín, a té verde, a almendras, a alcohol...
 
 
El cuarto de baño siempre tiene un olor. Me repito. Pero no huelo nada. Estiro la mano derecha y tiro del cinturón del albornoz que cuelga de la percha. Lo enrollo alrededor del cuello y lo anudo firmemente dos veces. Después, cierro los ojos, cruzo las manos, las coloco sobre el pecho y comienzo a rezar Gloria in excelsis.
 
 
“Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor….”


Siento el pulso fuerte y firme en la garganta, que arde con rabia. Y la desasosegante angustia que me provocan los pinchazos en el pecho. me hacen imaginar clavos que se clavan.


“Por tu inmensa gloria,
Te alabamos,
Te bendecimos,
Te adoramos,
Te glorificamos,
Te damos gracias,
Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre Todopoderoso.
Señor Hijo Único, Jesucristo.
Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre…


El cuerpo me arde, y la presión en la cabeza se convierte en insoportable. Intuyo una especie de bradicardia pero, en ese momento de "no retorno", ya no puedo evaluar si mi corazón va lento o rápido porque estoy perdiendo el conocimiento. Las sienes me explotan y los ojos gritan casi fuera de sus órbitas.


“Tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros,
Tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestras súplicas,
Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros,
porque solo Tú eres santo…”

Me revuelvo en el suelo con la fuerza de un toro, mientras lloro sin lágrimas. Las carótidas van aligerando su pálpito. Y quiero sentir como el corazón deja de latir pero, antes, he de terminar mi oración. Solo quedan cuatro frases cortas. Éstas:


“…solo Tú, Señor,
solo Tú, Altísimo Jesucristo,
con el Espíritu Santo en la Gloria de Dios Padre.
Amén.”


viernes, 29 de julio de 2011

Guillermo Martín Bermejo.


Como instrumento de comunicación de primer orden, el dibujo ha sido en todos los tiempos y culturas, un lenguaje –tal vez el único- capaz de desempeñar multitud de funciones, desde las más puramente prácticas hasta aquellas que profesan los objetivos más idealistas para transmitir intenciones, estados de ánimo o sentimientos.

Cuando, en la segunda mitad del siglo XV, con el descubrimiento del Nuevo Mundo, la inexistencia de mecanismos de conservación imposibilitaba el estudio de un determinado espécimen, la imagen dibujada suplía al propio ser vivo. Y lo hacía de forma milimétrica, conteniendo la mayor información posible. Incluso, en ocasiones, se desdeñaba el todo por la parte insistiendo, por ejemplo, en los frutos que crecían de un árbol o en sus hojas carcomidas. Los dibujos de los naturalistas suponían la sustitución de un objeto que –por lejano en la distancia- no podía ser analizado, por una imagen que acercaba esa realidad en lápiz y papel. Y así, se estudiaron especies animales como la enigmática Manucodiata Altera –ave del paraíso-, o vegetales, como la Granadillae Ramus, gracias a su representación a través de bellos dibujos que se elaboraban con auténtica minuciosidad y paciencia.

El dibujo, a día de hoy, ha perdido ese estatus que debería seguir teniendo. La pintura y la fotografía se han erigido protagonistas del engranaje artístico mientras la barra de grafito de escaso diámetro que encierra en su interior un lápiz permanece, tranquila, en el fondo de un cajón. Pero cuando lo menos es más y el lapicero adquiere rasgos de excelencia gracias a las habilidades de quien lo utiliza, entonces no hay posibilidad de réplica ni de exclusión. Por eso, dentro de un paraje cada vez más previsible, destacan, con presencia excepcional, las obras de arte de Guillermo Martín Bermejo, un artista que ha ido arando en su trayectoria un profundo camino repleto de evolutivos afluentes experimentales que desembocan en un hoy marcado por un término definitorio. Talento.

Me detendré en abordar el “ahora”, no en las travesías ni conquistas anteriores, porque es ahora, precisamente, cuando el proceso decisorio de la entrega a una u otra disciplina ha concluido con un romántico y alegórico final plasmado en diminutas hojas de bloc y a través de lapiceros que se han reencontrado con la comodidad, la calidez y el mimo de la dedicación y exquisitez absolutas. Porque Guillermo confiere cualidades a sus dibujos poco propias del arte contemporáneo actual. En su sesera conviven reminiscencias de aromas, sabores, emociones y gestos ya olvidados que quiere recuperar. Atmósferas con un apetecible regusto clásico conviven con personajes misteriosos que, en ocasiones parecen más estáticos que su propio entorno. Porque la historia que narran los dibujos son relatos de sueños protagonizados por eternos adolescentes -a veces escépticos, otras extáticos- cuyos rostros dialogan, callados, con un espectador intérprete de la vida encerrada dentro del espacio rectangular que escudriña.

Dice Gilbert Sinoué en “La mujer del sueño” que “Hay seres que no engañan, bien se ve que han sido respetados”. Y continúa, tras un punto y aparte, “Tenía el rostro liso (…), el corazón púber”. En efecto, los personajes que campan por los trabajados escenarios que representa el artista muestran una sinceridad absoluta y una sencillez no exenta de complejidad. Rostros planos, lisos, que invitan a inventar ubicuas situaciones, futuros pretextos o intensas vidas. Actitudes y gestos elegantes sin preciosismos, sonrisas a medio esbozar, tan naïves que perturban. Miradas aparentemente perdidas que interactúan dispuestas a cavar en nuestro subconsciente. Inquietud, melancolía, androginia, sensualidad, sensibilidad, nostalgia, lirismo. Cuerpos recurrentes que pueblan de interpretaciones oníricas los escenarios en que se desarrolla, quieta, la acción. Pequeños santuarios que, según el estado emocional del observador, pueden tornarse tridimensionales o planos como la pared de un decorado teatral.

Estoy seguro de que nunca podremos resolver el misterio que atesora el alma de cada uno de los protagonistas de la obra de Guillermo Martín Bermejo. Es tarea difícil adivinar por qué el núcleo central de cada pieza está siempre encerrado en los signos menos manifiestos y en los trazos más sutiles. Tal vez porque la verdadera realidad, en lugar de mostrarse, tiene lugar a escondidas, como la furtiva lágrima del aria de Donizetti.


Con todo mi cariño, para Gui. Feliz cumpleaños.


viernes, 15 de julio de 2011

Mi fiesta de cumpleaños.



I


Jueves. Treinta de Septiembre. Ocho de la tarde. La luz del atardecer es sublime y cegadora. Estoy sentada frente al ventanal de mi dormitorio en la butaca de terciopelo gris ceniza que encargué a medida en Burdeos. Paso un buen rato entreteniéndome, acariciando los reposabrazos. La seda con la que está tejida la tela se vuelve mate a contrapelo y brillante al peinarla. Miro al jardín, al extenso edén cuajado de flores y árboles. Palmeras altísimas, tilos, cipreses y frondosos limoneros. Abro la ventana porque necesito que entre aire. Cada mes, el operario de una empresa dedicada a prestar servicios de aromatización ambiental, viene a cambiarnos el olor de la casa. Me gustan las fragancias frescas pero la última vez opté por un amaderado con notas de cedro y nuez moscada que me empalaga. Siento cómo se cuela la brisa fresca de la tarde, cauta y reverente. Con los brazos apoyados en la butaca, las manos colgando, y la espalda reposada, cierro los ojos y sigo mentalmente el rápido compás de mi respiración. Me veo a mí misma allí sentada vestida con un batín negro anudado a la cintura. A mi derecha, sobre la alfombra blanca, descansa una botella de Belvedere dentro de una cubitera de plata con hielos a medio derretir. A mi izquierda, una botella de Perrier aún cerrada y un vaso bajo ancho y pesado lleno de vodka.
 
 
 
II

A mediodía tomo una rodaja de piña fresca y un par de los trocitos del melón que Julia ha incluido en la macedonia, luego unos guisantes cocidos con salsa de soja y medio vaso de zumo de pomelo, para tragar mi dosis diaria de ansiolíticos y antidepresivos. A primera hora de la tarde visito el salón de estética. Un masaje de párpados, una manicura y una pedicura son suficientes para sentirme mejor. Luego me peinan. Pido un brushing con planchado que deja mi pelo liso como una tabla y resplandeciente como un espejo. Y decido que , a pesar de ser demasiado pronto, me maquillen.


III

Bajo los efectos de las pastillas, y los efluvios del alcohol, giro torpemente la cabeza hacia el guardarropa, a mi izquierda, y me quedo embobada, con los ojos entreabiertos, ante la infinita hilera de vestidos negros, e imagino qué ocurriría si, de repente, cobraran vida y se abalanzaran sobre mí como alienígenas endemoniados. Y noto una sensación extraña, como de confusión y abatimiento. Cumplo 42 años y, desde hace más de dos semanas Luisian está preparando mi fiesta. Siento un odio por él que no puedo reprimir. Su prestigio como cirujano y la entrega a su trabajo han hecho que, con los años, se haya convertido en un hombre insoportable con todo el mundo excepto conmigo. Pero insoportable al fin y al cabo. Llevo mucho tiempo sin querer que llegue este día porque no me apetece compartirlo con la socialité aburguesada de los círculos en los que nos movemos. Siempre he sido más díscola y mis fiestas favoritas eran de ésas que duraban hasta el amanecer. Ésas en las que nos mezclábamos el lumpen y la high society de Madrid. Pero eso era antes de casarme. Luisian me sometió -y yo cedí- a sus protocolos y costumbres. Y, desde entonces, las fiestas son constantes dèjá-vus aburridos, premeditados y previsibles. Hoy, el salón vuelve a estar lleno de lirios, orquídeas y rosas blancas; la mesa arreglada por Julia con mi mantelería preferida; el jardín adornado con guirnaldas de parra y acebo sin florecer y el camino del portón de la verja a la puerta principal, lleno de velas blancas. Todo con un regusto a tedio, monotonía y rancia repetición. El tiempo que Luisian lleva haciendo los preparativos es el mismo que yo he estado rezando para que caiga un rayo en el tejado, chamusque la casa y nos mate a todos. O para que una feroz galerna nos arrastre a lo más profundo del mar. A Luisian, a los niños y a mí. Yo no tengo nada que celebrar, salvo mi desdicha y la profunda negrura en la que habito.



IV

Recuerdo todos los días la muerte de Alejandro con una precisión que lastima. Nunca nadie supo nuestra verdadera historia. Nuestro amor era insondable e infinito. Nuestros gustos, los mismos. Nuestras vidas, completamente diferentes. Nos conocimos el día de mi boda. Alejandro era el mejor amigo de Luisian. Desde niños habían compartido aventuras. Hice todo lo posible por engatusarle y, aunque era un hombre con unos principios morales férreos, yo supe cómo tambalearlos. Después de mil diatribas internas y de meses hablando de “lo nuestro”, se dio por vencido y escribimos el primer capítulo de nuestra historia. Yo le amé ciegamente. Era mi Dios. Un tipo rubio y alto, con espalda de nadador, nariz prominente y fumador empedernido, no especialmente guapo pero irresistiblemente atractivo. Y yo sentía adoración por él.



V

Después de no sé cuánto tiempo mirando sin ver, me levanto de la butaca, con las piernas medio dormidas, más mal que bien, y me acerco al vestidor. Tengo la vista nublada y lo que intuyo delante de mis narices es una mancha negra. No distingo los trajes por unos segundos hasta que, por fin, me centro y miro la hilera de perchas. Y lo veo todo igual. “Claro, todo es negro“, razono. Y pienso en Alejandro. Y me imagino cómo le gustaría verme vestida hoy. Y, al momento, decido.



VI

Recuerdo cuando Álex y yo nos citábamos en el ambigú del Hotel Santo Mauro. Eran unas tardes que discurrían entre risas, caricias y champán. A veces, él me leía pasajes de sus libros. Los mismos que nunca se publicaron y que llevaba de editorial en editorial pero ningún editor leía. La narrativa de Álex era “Muy poco comercial”, “Demasiado filosófica”, “Sesuda en exceso”. Yo le escuchaba, en silencio, con admiración, y contemplando el movimiento de su boca, esperando el momento en que se le secasen los labios para ver cómo se los humedecía con la lengua en algún punto y aparte de su lectura.



VII

Ha sido levantarme del sofá y notar los efectos del vodka multiplicados. Estiro el brazo y saco un Christian Lacroix de alta costura de 1997. Es un dos piezas de tafeta negra. La parte de arriba, un corsé rígido, una filigrana de varillas que imitan la estructura ósea y se ciñe a la espalda con una fina cinta de gross grain que atraviesa dos hileras de ojales. El interior es de tul de seda. Aún cuelga la etiqueta. Encargué el traje el mismo día que asistí al desfile de la colección de invierno en la cúpula del Grand Palais de París, pero no lo había estrenado. En aquella época estaba delgadísima. Mi hiperactividad me consumía y me alimentaba exclusivamente de verduras y frutas rojas. Un kilo de más bastaba para que la zona de la sisa hiciera unos frunces feos y el pecho quedara aplastado dentro del forro de tul. La parte de abajo es una falda abullonada a la altura de la rodilla con aplicaciones de encaje sin rematar y cristales de azabache. Muy barroca.



VIII

Descubrí el cadáver de Alejandro una tarde en la que, después de mil llamadas no contestadas, mi preocupación me llevó a llamar a su puerta. Aparqué mi coche en un vado al principio de la Calle Velázquez, junto al portal. Y miré hacia el cielo. En el piso octavo había luz. Estaba en casa. El portero me recibió con una sonrisa. Creo que ni le di las buenas tardes. El ascensor estaba estropeado. Llegué a la planta ocho sin fuerzas, sudando, empapada. Abrí con mis llaves y grité su nombre medio enfadada, medio inquieta. Nadie contestó. En la bañera, teñida de rojo, estaba el cuerpo frío de Alejandro. Un cuchillo que estaba en el suelo dejó como pruebas de su muerte dos cortes longitudinales, uno en cada muñeca; un reguero de sangre en la pared exterior de la bañera; el cadáver joven de una persona llena de vida pero frustrada por su falta de reconocimiento profesional y un dolor en forma de daga, dentro de mi pecho, que me atravesaba a todas horas. Ni una nota. Ni un mensaje. Ni una llamada de última hora. Ni rastro de nada.



IX

Medio borracha, me calzo unas medias negras, muy finas, con costura atrás, y las estiro sin cuidado hasta medio muslo. Las engancho como puedo en el portaligas. No me pongo ropa interior. Me deslizo dentro de la falda y, con ayuda de los dientes, me ato el corsé por delante y lo giro. Me miro al espejo. Mi cintura es escasísima. La falda, espectacular. El corpiño parece estar pintado sobre mi piel. Me subo a mis sandalias Saint Laurent y las anudo las  al tobillo. Me arrepiento de haberme puesto medias porque la pedicura que me he hecho esta mañana no se va a apreciar. Los once centímetros de tacón y mi mareo, hacen que adopte una postura decadente, con los hombros inclinados hacia adelante, la cadera ladeada y la espalda encorvada. Pero la figura que devuelve el espejo es espléndida, a pesar de mis esfuerzos por mantenerme en pie, con una mano apoyada en la pared y la otra agarrando el vaso lleno de vodka helado. Decido que he de aderezar mi cuello con una piel negra de pelo largo, un broche de diamantes y elegir pendientes y algún anillo.



X

Quise coger el cuchillo y clavármelo en la garganta, pero no tuve suficiente valor. Intenté enderezar la cabeza de Álex, entumecida, pero no pude, y le abracé con todas mis fuerzas para sacarle de la bañera. Estaba congelado. Besé sus ojos cerrados y sus manos grandes, que estaban azules. Y lloré sin consuelo. Después, guardo pocos recuerdos más. Sé que llamé al portero, que vino la policía y me llevaron a comisaría a que prestara declaración. Allí, con mi Chanel empapado en el agua sanguinolenta, quise que me tragara la tierra. Y regresé a casa justo cuando Julia colgaba el teléfono y me decía que Luisian estaría en el quirófano hasta tarde. Que tenía una intervención a corazón abierto, muy complicada. Fui consciente, al subir a mi dormitorio, de que no tenía ningún otro recuerdo de Álex que la sangre que empapaba mi chaqueta y sentí morir. Guardé mi ropa en una bolsa de plástico y la escondí en la buhardilla, detrás de unas cajas polvorientas. Luego bajé a la cocina y pedí a Julia que diera de cenar a los niños. Yo fui directa al dormitorio, me metí bajo la ducha y dejé que el chorro de agua casi hirviendo me quemara la piel. No sé cuánto tiempo estuve gimiendo sin lágrimas. No tenía. Estaba llena de dudas que no era capaz de resolver. Quería pensar en mis hijos pero, siendo realista, nunca tuve instinto maternal, solo quise complacer a Luisian. Julia cubría mi rol de madre, mientras yo continuaba con mi vida, aun sabiendo que mis papeles de madre y esposa estaban siendo mal, muy mal interpretados.



XI

La tarde en que se celebró el funeral de Alejandro, me acerqué a la Catedral de San Jorge media hora antes de la misa de cuerpo presente. No me quedé. No hubiera podido soportar ver el féretro entrar al templo. Ya desde la calle, el olor a cera me dio náuseas y me mareó. Mojé los dedos en agua bendita, me hice la señal de la cruz y fui directa al altar a dejar un sencillo ramo de margaritas de colores, atadas con un lazo blanco . Entre los tallos de las flores, arrugada, puse mi nota de despedida. “Lo único que me queda es tu sonrisa grabada en mi recuerdo, tus abrazos, tus besos, tu calor y tu mirada. Una voz me grita que estarás conmigo, que no me dejarás nunca porque yo nunca voy a olvidarte. Ayer te fuiste y desde hoy empiezo a amarte, si cabe, aún más. Espérame. Te quiero”. Y me arrodillé a rezar un padrenuestro sin poder reprimir el llanto.



XII

Elijo unos pendientes largos de oro blanco con aguamarinas que Luisian me regaló al cumplir los cuarenta. Me sientan mucho mejor con el pelo recogido pero, incluso con la capa de maquillaje, estoy tan demacrada y tan triste que se me marcan demasiado los pómulos y el tabique nasal. Y eso nunca me ha favorecido. No tengo una nariz bonita. Así, con el pelo suelto cayendo a ambos lados del rostro y sobre la espalda, solo parezco lánguida y muy delgada, pero no flaca en exceso. Ni muy borracha. Escojo el broche de Damiani para sujetar la piel de zorro y un anillo de dimensiones mastodónticas cuajado de diamantes, con una perla australiana de enorme calibre, en el centro. Queda soberbio en contraste con la laca de uñas frambuesa. Desde el dormitorio oigo a Luisian descorchar botellas de Taittinger, una tras otra, según van llegando los invitados. Es ya la hora. Llamo a Julia por el interfono y le digo que estoy lista para bajar en quince minutos. Vuelvo a mirarme en el espejo y reconozco, una vez más, mi semblante funesto, y mis ojeras, que asoman a pesar de los cosméticos. Y veo, también, reflejado en el espejo, mi corazón, debajo de la coraza de alambre, tul y tafeta de alta costura. Un corazón oscuro, viscoso, ligeramente palpitante, triste, solo, angustiado, moribundo, cansado, huidizo. Y observo las arterias de mis largos y delgados brazos, pronunciadas como si mi piel fuera transparente o, directamente, no existiera. Como si me hubiera convertido en un holograma. En el cajón superior de la mesita de noche de Luisian descansa, dentro de una funda de loneta azul marino, una pistola cuyo tambor está completamente cargado. La saco de su envoltura, la empuño con severidad y vuelvo al baño, casi sobria por un instante, con paso decidido, manteniendo el equilibrio sobre mis tacones. Con el alma cercenada, me perfumo las muñecas con Chanel No. 19. Aspiro la fragancia que me trae tantos recuerdos de Álex. Entonces, sin quitar mi mirada de las pupilas que refleja el espejo, agarro la pistola, me introduzco el cañón en la boca en sus tres cuartas partes, hasta la campanilla. Y cuando Luisian me sorprende abriendo la puerta de la habitación, diciendo “¡Feliz fiesta de cumpleaños, mi vida!”, aprieto el gatillo sin titubear.


Para ti, que te emocionaste mientras me escuchabas, frente a Ana, a la luz de las velas. Te quiero.

lunes, 27 de junio de 2011

Javier Ubieta para el Blog de NEO2.




La acción "artísticoblogosférica" de la artista Intimidad Romero, y su disposición al confiar en mí para dejarme "carte blanche" a la hora de redactar una crítica que el Blog de la revista Neo2 publica hoy, han hecho posible que mi nombre aparezca firmando un texto que se ha respetado en su totalidad.

Quiero dar las gracias a Intimidad Romero, por hacerme partícipe de un trabajo completamente novedoso y provocador de una controversia y un debate dignos de admirar y también a Rubén Manrique y Pedro Pan, de la revista Neo2.


Espero que os guste.

miércoles, 8 de junio de 2011

Intimidad Romero. La excelencia involutiva de lo conceptual.




Este post puede ser un error en sí mismo. Un error causado por un concepto de base también erróneo y que sería elemental que no lo fuera para la comprensión del texto. Explicaré mi punto de vista sobre un descubrimiento virtual que me indujo a cuestionarme una serie de variables que considero básicas dentro de la acción del personaje multimediático que la lleva a cabo.

Mentiría si dijera que escribo a través de un pensamiento virgen. No. Pero tampoco lo hago sobre un terreno abonado. He leído respuestas a preguntas, tests que bocetan un mínimo esquema que forma parte de un complejo organigrama, aseveraciones de la protagonista sobre sí misma o acerca de su entorno de cultivo. Pero no voy a desgranar nada, absolutamente nada, de lo que se deja entrever en esas frases leídas por mí con un interés nada pretencioso. Quiero exponer mis cábalas sin otro fin que el de yuxtaponer la acción y la reacción provocadas e interpretadas por el mismo personaje, aun con el riesgo de no atinar, como decía al principio, en mi punto de partida.

Intimidad Romero aparece dentro de mi universo virtual de forma inesperada y con una apariencia nada frecuente. Su descubrimiento me indujo a una concupiscencia entorno a lo intelectual motivada por cuestionar elementos que, estaba seguro, formaban parte de una acción artística cuyo límite excedía el simple hecho de mostrar una identidad oculta, que bien podía ser objeto de “perversiones” incorporales, fetichismos rebuscados o interpretaciones enajenadas por parte del espectador.

Lo primero que dio lugar a la controversia fue el píxel: año 2011; el crecimiento de la World Wide Web es imparable; el faceboom es un hecho desde el 2009; la investigación entorno a lo digital para la minimización de lo mínimo, cada vez más profunda; la pirámide de Maslow es cuestionada porque las necesidades del individuo han mutado; la Web 3.0 es una realidad y la alta definición es un hecho y casi una obligación.

Rebobinamos. Aparece en escena un ser humano de identidad ignorada que recurre al “picture element” -al píxel- como carta de “no-presentación” , como distinción del resto de miembros del conjunto de esa red social mastodóntica llamada Facebook, como una marca con nombre y apellido de los que podría prescindir porque sus imágenes pixeladas como distintivo gráfico singular e intransferible hablan por sí solas.

Y cuando hablo de marca no me refiero al concepto de marketing, sino a una amalgama de fundamentos, filosofías, pilares, conceptos y actitudes que constituyen la acción cultural. Sería paupérrimo utilizar “marca” como simple logotipo o anagrama. En este sentido, es mucho más enriquecedor atender a los puntos de vista icónicos, conceptuales e incluso psicológicos de la misma.

La versatilidad que ofrece pixelar una imagen está más acotada cuanto menor es la definición aporta esa unidad mínima de la imagen. Por eso resulta muy curioso este fenómeno que ha conseguido que muchos de los casi 5.000 “amigos feisbuqueros” traten como obra artística majestuosa lo que es en realidad un concepto sólido pero extremadamente sencillo. Con una explicación que puede ser intrincada en cierto modo, pero que no busca ahondar en la filosofía más sesuda para su explicación. Repito, es curioso.

En el lado opuesto, la osadía también propone al sujeto actuante la modificación del píxel por otra herramienta de ocultación. ¿Por qué? No. Directamente no.

Uno puede preguntarse por qué Intimidad Romero opta por la geometría cuadrangular distorsionada para ocultar su rostro, por qué hace de la matemática parte constante de la filosofía de su actuación. Por qué recurre a la no-definición. Pero, ¿Qué hay de diferente entre lo anterior y utilizar un programa informático de dibujo para difuminar el rostro? ¿O velarlo a través del mismo? Mucho más allá, y si observamos los álbumes de fotografía, nos damos cuenta que la psicología de la artista trasciende el rostro para encubrir otras partes del cuerpo, para disfrazar otros pedazos de vida, para callar la voz que brota de una imagen parlante.

Hay algo especialmente interesante y que desvela, queriendo o sin querer, la doctrina de esta artista, un conjunto de fortalezas que gira entorno a un pensamiento soportado por una corriente que fluye siempre en un solo sentido. El sentido de lo artístico. Mercantilizar el arte puede ser necesario en ocasiones, pero cuando se convierte en costumbre, la facultad de inventar se ve tan mermada o tan mediatizada que no transmite de la misma forma. Y no se trata de una visión naïve del arte, sino de una realidad que existe y se palpa.

Por el momento, Intimidad Romero está consiguiendo revelarse como un revulsivo a costa de un manifiesto particular, especial, distinto y, por encima de todo, tejido desde un patrón propio del que no existe copia clónica. Démosle la enhorabuena.

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viernes, 20 de mayo de 2011

Una llamada inesperada y precedible.



Me estoy masturbando desnudo, sentado en el sofá, con las piernas estiradas, tensas y muy abiertas, mientras veo una película X. En la pantalla, Ramón Nomar, uno de mis actores porno preferidos, está en una cama de hotel con dos chicas rubias. A una de ellas se la folla por detrás, a cuatro patas. Mientras, la otra se aplica en el coño de su amiga. A pesar de que sé que ninguno de los tres disfruta realmente, me gusta la escena y la supongo real. Me acaricio el abdomen y el pecho con la mano izquierda y con la derecha no dejo de masturbarme.


Suena mi teléfono móvil. Al principio solo escucho ruido como de tráfico, luego empiezo a oír lloros:

 -Tu padre. Papá. Papá ha muerto. Estaba Jesús con él.

Me doy cuenta del alto volumen de la televisión justo cuando las chicas se corren casi al tiempo. Y pulso “Mute” en el mando a distancia.

-Estaba Jesús con él. -Insiste- . Estaba bien cuando llegó por la mañana pero después de la inyección de morfina empezó a faltarle el aire, Jesús llamó a enfermería y vino el equipo médico, pero a los pocos minutos murió.
¿Qué vamos a hacer? -Llora sin consuelo-.

Pienso cinco segundos.

-Tranquilízate. No llores. Yo me encargo de los trámites en la clínica y el tanatorio. Tardaré una hora en llegar. Espérame ahí. Enseguida voy.

Cuelgo y quito la película sin haberme corrido. Lloro un poco e intento no pensar. Creo que no estoy triste, sino aliviado, pero no estoy seguro. Había deseado su muerte tantas veces que ahora me siento culpable, pero no estaba preparado para que este momento llegara.
Me doy una ducha rápida y salgo con el pelo mojado. De camino a la clínica pienso en que tengo que hablar con el cura para fijar la fecha del funeral, así que es lo primero que hago, aparcar mi coche delante de la parroquia y hablar con él, que se despide de mí dándome un frío y escueto pésame.

Al salir de la oficina del cura luce un sol tibio. No quiero ir enlutado a esa misa, tampoco vestir de azul marino, y el gris me resulta inapropiado. E imagino un traje de lana fría en color negro de raya diplomática muy, muy fina en un par de tonos más claros. Lo combino mentalmente con una de mis camisas blancas de cuello estrecho. Decido que debo llevar corbata o pañuelo negro.
Antes de ir a la clínica, me voy a comprar el traje. El funeral será mañana por la tarde, por la mañana tendré que estar en el tanatorio y después, presente en la incineración y no tendré tiempo de hacer nada más. Me paso por un par de tiendas de primeras marcas y, en la segunda, me decido por un Yves Saint Laurent que no es negro profundo, con raya diplomática mucho más clara de lo previsto. La chaqueta es cruzada, con solapas grandes y botonadura doble. El pantalón es recto, ligeramente más ancho de rodilla hacia abajo. Compro también un par de zapatos negros con cordones. Quedo en recoger la compra por la tarde.

Llego a la clínica. Papá está morado y frío. Tiene los ojos cerrados y la boca entreabierta. Le beso en los labios y en la frente. Y me despido de él rezando un avemaría. Al tanatorio va llegando mucha gente. Y ya de noche, espero a quedarme solo y darle mi último adiós en silencio tras el cristal. Por la mañana, asisto a la incineración, en una pequeña capilla del cementerio. Recojo sus cenizas y voy solo a la playa. De camino a la orilla, descalzo, pienso en él. Tiro al mar al contenido de la urna. Pienso que no soy huérfano desde ayer, sino desde hace ya mucho tiempo y, aunque el rencor huye, no lloro. He de descansar para recibir a los invitados al funeral con mi mejor cara e impecablemente vestido.

Debo estar guapo por fuera porque por dentro estoy podrido. Completamente podrido.

jueves, 19 de mayo de 2011

Caliza.



Julián, uno de los chicos encargado de las caballerizas, ha estado cuidando de Caliza toda la noche. Comenzó a vomitar sangre a primera hora de la mañana de la víspera. Su veterinario nos anunció hace cuatro meses que ése sería justo el tiempo que podría alargar su vida sin que la intensidad del dolor se volviera insoportable. Hoy se cumplen tres meses y medio de la fatídica noticia y el cuerpo de Caliza ya no aguanta más pinchazos. Su corazón, cada día más vago, tampoco.

Me despierto cuando amanece. He dormido poco más de dos horas. Me pongo los vaqueros con las perneras sucias del día anterior, una camisa blanca que aún huele a plancha, unos tirantes y unas botas de montar sobre calcetines de lana gruesa. Pienso en que hoy se ira, de la misma forma que llegó: dócil, en silencio, con la misma expresión de bondad pero con un cuerpo deteriorado, encogido, débil, dibujado por piel y huesos: Flaca, enferma, cadáver. Me acerco a la ventana, la abro de par en par y observo la finca. Las vides forman líneas paralelas perfectas en la tierra y los naranjos empiezan a dar unos frutos de gran tamaño. El clima estos meses ha sido perfecto. Cojo un cigarro de la pitillera y salgo de la casa fumando y cuando abro el portón de hierro veo a Julián a lo lejos, desde la entrada de las caballerizas, arrodillado junto a Caliza, cepillándole las crines con un esmero que estremece y una delicadeza que nunca habría podido adivinar.

Mis padres trajeron a Caliza a la finca cuando yo era un niño. Era una potrilla completamente blanca, salvo por un círculo irregular de color arena entorno al cuello. Relucía bajo el sol. Con los años, su blancura se fue aplacando pero siguió igual de resplandeciente. Siempre mantuvo su mirada melancólica, sus ojos negros como el petróleo y su tierno gesto de bondad.

Cautivaba por sus movimientos al caminar, al beber, al tumbarse. Por la regia postura de su cabeza al galopar, erguida, y elegante. Por el brillante ondular de sus crines y su pelaje. Pero su osamenta envejeció en muy pocos años y fue, prematuramente, un equino anciano. Le diagnosticaron, al poco de nacer, una enfermedad ósea degenerativa que la arrastró hasta el punto de no retorno de hoy.

Julián me da los buenos días, cesa su actividad y me informa de que Caliza ha pasado la noche dormitando entre quejidos. Le doy las gracias y le pido que se vaya y que me deje a solas con ella. Me siento en el suelo y le acaricio el cuello y la cabeza con mimo y abre a medias sus ojos brillantes y me mira fijamente. Paso la mano por su lomo y compruebo la irregularidad de las vértebras, prominencias que dan miedo y me hacen pensar en la anatomía podrida del animal. Relincha débilmente. Me fijo en la cantidad de marcas de las inyecciones. Apoyo la cabeza en un lateral de su vientre, escuchando los latidos de su corazón, débiles y desacompasados.

Me levanto y empiezo a llorar sin consuelo cuando voy al armario de las armas de caza a por una de las escopetas. Cargo el tambor. Beso y acaricio de nuevo la cabeza de Caliza decenas de veces en un minuto hasta agotar mi despedida. Disparo dos veces. Y suelta un débil relincho, que es más un balbuceo callado, mientras su mirada no se aparta de la mía. Dudo que me vea, pero sé que me siente. Cuando cierra sus ojos negros, dos regueros de lágrimas mojan su adiós. Recojo el agua con mis dedos y, como si fuera agua bendita, me hago la señal de la cruz.

lunes, 21 de marzo de 2011

El saco de mis juguetes




 
Justo cuando termino de meter el cuerpo descuartizado en las bolsas de basura, dentro del maletero de la furgoneta, pienso en él. Cierro el portón del garaje procurando no hacer demasiado ruido. Sus bramidos y luego los quejidos callados, han dejado paso a un silencio absoluto. Sentado al volante, la negrura de la noche me hace entornar los ojos, intentando ver mejor entre la calígine. Percibo las ráfagas intermitentes de los faros de los coches que atraviesan la variante sur, unos metros más abajo. El intenso olor de la sangre y de la carne cruda entre las uñas me produce arcadas, así que piso el freno a fondo, me bajo de la furgoneta, me apoyo contra un árbol y vomito sin esfuerzo. Me tiemblan las manos y las piernas e imagino que la niebla se acerca, me envuelve y me enfría. Cuando resuelvo que no guardo fuerzas para continuar y enterrar el cadáver hecho trozos antes de que amanezca, cojo un cortaplumas de la guantera, y me siego el cuello justo bajo la quijada. Y supongo que el calor viscoso de la sangre va a aliviar mi destemple mientras muero.

Texto: Javier Ubieta
 

lunes, 31 de enero de 2011

David García Torrado



Hace relativamente poco tiempo que descubrí la obra de David García Torrado, un fotógrafo que trasciende disciplinas y cuyo trabajo se ubica, dentro del dilatado paisaje artístico, en una posición con privilegio gracias a su desbordante creatividad. Su portfolio, de exquisito miramiento, reúne no solo importantes premios, sino editoriales de moda, retratos u oníricas y futuristas imágenes arquitectónicas. Un vasto conjunto, nada anárquico, a pesar de su diversidad, que compacta un sensacional, poderoso y estricto trabajo.

Bajo una consigna perfeccionista que no conoce límites, el perímetro por el que campa la obra de David es extenso, tranquilo, apacible, y suyo. Muy suyo. Porque su forma de entender el arte se aparta del –muchas veces turbio- sistema económico y tiene como base un lema mucho más sólido y fiel. Ser leal a sí mismo y trabajar, siguiendo a pies juntillas, según lo dictado por sus ideales y su pensamiento. Y lejos de absurdas batallas, David se recoge y lleva a cabo lo que su instinto le inspira. Creyendo en sí mismo. Agradeciendo el apoyo de los demás. Y plasmando su ingenio para que soñemos.

Con su serie “Steel beauty”, ha conseguido dar una vuelta de tuerca a conceptos antagónicos, figuras dispares, términos opuestos. Ha hecho de lo pesado algo liviano y ha convertido el bullicio en tranquilidad. Pesados tótems de acero que flotan sobre niebla, edificios acristalados que se elevan, enraizados bajo un cemento que adquiere la densidad del ozono. Paisajes empolvados que sirven de escenario a superficies ondulantes o estructuras arquitectónicas donde habitan seres que quizá quieren escapar de su ocupación cotidiana o se sienten sacudidos por un extraño sentimiento místico. Un delicioso trabajo impregnado de una imaginación inabarcable y una sutileza fuera de lo común.
 

Gracias por compartir con todos tu ideal solaz de la vida, por ser fiel a tu actitud. Y por la pureza, meticulosidad y sensibilidad con la que llevas a cabo tu oficio. Hoy, el arte, necesita el valor de personas como García Torrado, que trabaja con sus manos y con su corazón. Enhorabuena.

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sábado, 29 de enero de 2011

Cuando ya no queda nada que decir



Veía el peligro asomarse de vez en cuando, como cuando el soldado enemigo se asoma tras la trinchera. Y, lo peor de todo era que, tras la retaguardia, el peligro amenazaba mucho más robusto de lo que nunca hubiera imaginado. Un tarde de otoño brumosa, húmeda y fría, adquirió la fuerza suficiente para abandonar su escondrijo, tomar forma de papel cuadriculado, doblado por la mitad, y posarse sobre la cama que tú y yo compartimos hasta ese mismo día.

Descorrí una de las puertas de tu armario y el vacío me aplastó. Abrí los cajones de tu mesilla y me encontré con nada. Me sentí atrapado entre cuatro paredes sin oxígeno, como si me estuviera suicidando sin poder hacer evitar la tragedia. Y aunque todo pareciera intacto, la traición había menoscabado mi vida violentamente en menos de cinco minutos.

Comprendí que, cuando ya no queda nada que decir, tal vez lo mejor es no intentar explicar nada. Pero mi vida no estaba preparada para ese áspero y doloroso golpe. Cogí escrupulosamente el papel cuadriculado de la cama. Esperaba leer unas frases breves que me tranquilizaran, aunque sabía que era improbable. En su lugar, un frío “Hasta siempre”, escrito a lápiz, tiznaba el papel. Lo arrugué con las dos manos y lo cobijé entre ellas.

Miré por la ventana. Había empezado a llover con fuerza. Sentí vértigo y una tristeza desoladora. Apoyé la frente contra el cristal, entreabrí las manos y miré la nota arrugada mientras lloraba sin descanso. Dos palabras escritas. Solo dos. Esa ínfima huella era lo único que me quedaba de ti. Nada más, aunque podía haber sido aún menos, un “Adiós”, por ejemplo.

Hubiera dado igual. Estaba muerto por dentro.

lunes, 3 de enero de 2011

El garaje



Tomo la curva de entrada al garaje más rápido de lo habitual, con los Massive Attack retumbando en el coche, y casi sin ver. La lluvia arrecia y hace un frío polar incluso dentro del vehículo. Los limpiaparabrisas no dan abasto con el agua. No se ve. Apunto con el minimando a distancia a la célula fotoeléctrica que abre el portón de hierro del garaje, pero la pila está medio gastada y, por mucho que aprieto, no consigo que se abra. Lo intento una, dos, tres, diez veces. Nada. Bajo la ventanilla y saco mi brazo derecho, que inmediatamente se inunda. La estrategia surte efecto. De inmediato un piloto verde se enciende, y oigo un sonido hueco y oxidado al mismo tiempo que la puerta comienza a elevarse. Cierro la ventanilla. Bajo el volumen. Respiro hondo. Me quito el jersey. La camiseta también está empapada y mi frente, llena de gotas de sudor. Bajo la rampa que da acceso a la primera planta, voy a mi sitio y comienzo a maniobrar para aparcar. De pronto oigo un ruido estrepitoso, como si un saco lleno de herramientas hubiera dejado caer todo su contenido en el suelo de cemento. Y salgo a ver. Ni una luz. ningún sonido. Nada. Las manos me resbalan en el volante y no consigo aparcar. Maldigo la compra de esta plaza de garaje cada vez que aparco. Hay muy poco sitio, es estrecha, con dos columnas amenazantes que no dan lugar ni a cinco centímetros de holgura, de equivocación, a ambos lados. A lo lejos, a mi derecha, veo un foco, una luz lejana como una linterna. Y salgo y pregunto quién es. "¿Oiga?". Siempre he tenido miedo a la oscuridad de los garajes. La luz fluorescente hace que me sienta incómoda. Oido los pasos de una figura mastodóntica de casi dos metros de altura, que me apunta a la cara con la luz, que intento evitar. me tapo los ojos con las manos y me encierro dentro del coche. El hombre da un martillazo al cristal del copiloto, lo rompe y abre sin esfuerzo la puerta. Grito auxilio porque le veo la cara, desfigurada. Con un solo ojo. El otro, quemado. Solo oigo: "Sal del coche". Y obedezco, no puedo decir nada. Me atenaza el miedo. Viene hacia mí, pero en lugar de correr me quedo inmóvil. Quieta. Helada. Esperando. Y mientras con su mano izquierda aprieta mis dos muñecas con una fuerza sobrehumana, con la derecha, pone en funcionamiento una sierra de calar. Me dice que es un aparato que corta muy bien la madera, el aluminio y el metal. Me caigo al suelo, desmayada, sin perder la consciencia por completo, y cuando intento recular, en el frío suelo de cemento, oigo al monstruo decir: "Empezaremos por cortar a la altura de las muñecas y los tobillos, tus finos huesos harán que la sierra trabaje bien. Solo un favor. Manténte quieta y no grites. No hagas que me enfade. Voy a hacerte pedazos."