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lunes, 12 de julio de 2010

Paris est à toi.


A quienes me preguntan la razón de mis viajes, les contesto que sé bien de qué huyo, pero ignoro lo que busco”.
Michel de Montaigne

30 de Diciembre de 2004. Madrugada. El avión llega con antelación. No hay taxis a la salida del aeropuerto. En apenas cinco minutos un Mercedes viene a recogerme. Por fin París. Pido al chófer que vaya lo más rápido que pueda. Quiero tirarme en la cama del hotel y fumar un par de pitillos. La suite 502. La misma de siempre. No hay tráfico ni gente, sólo sombras. Las de de los edificios y los árboles. Y la luz tímida de las farolas. Pasamos por el Museo D´Orsay. Siempre que lo veo me gusta jugar a imaginar cómo sería antes de 1900, cuando aún era una estación de tren. Como sería antes de albergar las obras de Monet o Renoir. Y siento la magia de su interior tan bello. Me siento confundido, mareado y cansado por el viaje. Exhausto de tanto pensar. Quiero regresar al lugar de donde partí, pero sé que no voy a hacerlo. Estoy triste.

Me quedo quieto al bajar coche. No llevo equipaje, solo un neceser y mi ordenador portátil en una funda de neopreno. Voy vestido con un abrigo de lana negro con apliques de cuero, una bufanda, un jersey de cuello alto, unos pantalones de terciopelo, unas botas de media caña, unas gafas de cristales ahumados  y unos guantes de cocodrilo. Todo es negro. No hace frío, pero estoy destemplado. Siento que necesito beber algo, tengo la boca seca y la lengua pastosa. Miro hacia arriba, con la cabeza muy flexionada, echando un paso atrás, intentando, como siempre hago, ver la imponente fachada del Hotel Intercontinental al completo. Soy como un extranjero despistado y perdido en la ciudad a pesar de conocer París y de volver siempre al mismo sitio. Cada vez es distinta. Me saludan desde recepción al entrar.


Y ya en el hall del hotel, me vienen a la memoria los desfiles de Yves St. Laurent allí, y recuerdo también un artículo en Le Monde. Una descripción minuciosa que describía  a la perfección las saharianas del maestro, sus trajes masculinos y otros muchos clásicos siempre presentes en su mundo. Y pienso en Katoucha Niane. El esqueleto más perfecto que lució sus trajes. Y en la noticia que nos estremeció a quiénes la admirábamos. Su muerte ahogada en el Nilo.

Ya en la habitación me dejo caer en la cama. Huele como siempre. A plancha. A limpio. Cierro los ojos e intento captar más aromas, olor a vela, a jazmín, a color blanco, y respiro el aire con los cinco sentidos. Y abro de nuevo los ojos, esforzándome en recordar qué hago sólo, allí, de nuevo en París. Cuál es el motivo de mi visita. Cuál es el motivo de mi tristeza. Y hago memoria. Me tumbo de lado, apoyado sobre el codo izquierdo, y miro hacia la puerta que da a la balconada, a medio cubrir por los pesados cortinones de terciopelo azul noche. Y me levanto para otear el paisaje que me regala la ciudad desde aquel trozo de edificio abierto al mundo exterior. Porque mi mundo interior no tiene ya ventanas. Está cerrado a cal y canto. Con una llave hundida, Dios sabe dónde. Una llave que decidí tirar la noche anterior, atada a una pesada losa, a un mar imaginario, hasta llegar a la zona más abisal del océano, donde la oscuridad reina, donde el frío es helador y donde la fauna está formada por gigantescos peces de forma y apariencia monstruosa. Allí yace.

Vuelvo a la cama, y me tumbo del otro lado, encogido, aún con el abrigo puesto, y me agarro a una almohada. Y pienso en el sufrimiento que he causado a los demás. Y también en el que me he causado a mí mismo. Y lloro sin cerrar los ojos, que queman. Sin pestañear, sin hacer muecas. Sólo derramo lágrimas. Una tras otra. Sin cesar. Sin consuelo. Miro el reloj, aún no es medianoche. París me abre los brazos por última vez. Me levanto y cierro todas las cortinas, y apago todas las luces para no ver. Para no sentir. Para no echar de menos el pasado. Para imaginar un mañana mejor. Pero ignoro si va a existir un mañana. Ni siquiera sé si veré terminar el día de hoy. Terminar el día de hoy. El día de hoy. Hoy.

1 comentario:

  1. Descorré las cortinas, Paris sin vos, sería un verdadero desperdicio.

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