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viernes, 30 de julio de 2010

I think I´m paranoid.



Estoy desnudo en el salón intentando encontrar el DVD en el que tengo grabado el desfile de la primera colección de otoño-invierno que diseño Tom Ford cuando tomó las riendas de la casa Gucci. Me gusta particularmente por su oscuridad. Todo es negro. El escenario de fondo, la pasarela y los trajes. Reina un luto importunado por el cañón de luz que sigue a las modelos en su ruta de ida y vuelta al backstage. Llevo puesta una mascarilla purificante a base de dióxido de titanio que, aunque absorbe la grasa, no seca en exceso ni deja la piel tirante.

No me gusta la sensación de tirantez en la piel, me da dentera y me pone nervioso.

Antes, me lavo la cara con un gel purificante y repito la operación con una espuma suavizante que huele a rosas y deja la cara muy tersa. Después me aplico un exfoliante biológico pero como me gusta sentir la sensación de “raspado”, también utilizo un gel con un alto porcentaje de microcristales de óxido de aluminio con el que me froto la cara muy suavemente. Hay que tener mucho cuidado porque enrojece la piel. Al tener ácido láctico, es un poco abrasivo y se nota un leve quemazón cuando te secas. Inmediatamente antes de ponerme la mascarilla que llevo, me aplico con un disco de algodón un tónico calmante con ingredientes de origen vegetal, sin alcohol. El alcohol seca la piel y la deja más tirante aún.

No me gusta la sensación de tirantez en la piel, me da dentera y me pone nervioso.


Me doy cuenta de que llevo ya 15 minutos con la mascarilla puesta y que comienza a deshacerse alrededor de la boca porque estoy hablando sólo, y caigo en la cuenta de que hay minúsculos pedacitos blancos en la puta alfombra negra de lana que compré y que nunca está limpia. No encuentro el puto DVD de entre mi colección de unos mil, correctamente ordenados por fecha y diseñador. Por fin doy con él en el año equivocado y en la carátula equivocada. Pero lo distingo muy bien porque el disco tiene cinco puntos dorados, que hago con un marcador indeleble. Cada punto es el equivalente a las estrellas de un hotel. Un desfile que me apasiona, tiene cinco puntos dorados y uno que me horroriza, ninguno. Por el medio se quedan la mayoría. Porque si no me apasionan ni me horrorizan nunca sé muy bién cuántos puntos poner. En realidad, lo que me interesa del desfile no es el desfile en sí, porque no lo voy a ver. Voy a seguir con mi ritual en el baño. Lo que quiero es escuchar su banda sonora. Una de las mejores que ha vestido una pasarela durante años, exceptuando las de los desfiles de alta costura de Lacroix.

El caso es que la música que sonó en el puto desfile de Gucci tiene el ritmo justo que necesito para afrontar con gallardía lo que queda de tarde y noche, mientras me preparo.  Voy de nuevo al baño y me aclaro la mascarilla con ayuda de un paño de lino blanco empapado en agua tibia, y me limpio los restos bajo el abundante chorro de agua que sale del grifo del lavabo, unos grados más fría para cerrar los poros. Espero a que el termostato fije la temperatura que le indico. Me aplico un tónico suavizante, relajante y desestresante, con ayuda de una gasa esterilizada, presionando la cara, el cuello y el escote, y luego vaporizo agua termal hasta dejar que seque, pero no del todo para no sentir tirantez.

No me gusta la sensación de tirantez en la piel, me da dentera y me pone nervioso.


Estoy ya listo para probar la mascarilla hidratante y regenerante con ingredientes naturales que compré en unos grandes almacenes la semana pasada. El olor que desprende el frasco al abrirlo es agradable, pero no me gustan ni su color mantequilla ni su textura. Es demasiado gelatinosa. Me gustan las mascarillas algo más sólidas, no tan fluídas, menos resbaladizas. Me miro al espejo, hago un par de ejercicios faciales para relajar los músculos: abro mucho los ojos, y la boca y estiro las orejas hacia atrás. 10 veces a intervalos de 5 segundos cada ejercicio. Y comienzo a aplicarme el fluido ungüento desde la nariz al exterior del rostro. Es agradable. La capa de producto es tan gruesa que el tarro queda lleno a la mitad. Con la cara de color mantequilla, me siento en la chaise longue tapizada con seda estampada de Pucci que he comprado para el baño, y que he colocado sobre la alfombra del XIX tejida a mano que compré en una subasta, y cuyos motivos hípicos me hacen recordar siempre a un famoso jinete que me pone cachondo y con el que follo en sueños. Y soy consciente de que el DVD se ha terminado y no he escuchado la música del desfile. Y me pregunto por qué mierda he perdido tanto tiempo buscando el DVD. Y lo saco del reproductor y lo tiro de mala hostia al suelo. Y enciendo la cadena musical y pongo lo último de Madonna. Y recuerdo que no me gusta. Y quito el CD. Y decido poner "Sounds from the thievery hi-fi", de los Thievery Corporation. Voy a estar 20 minutos con los ojos cerrados esperando a que haga efecto la mascarilla.

Recuerdo que tengo unos parches de gel individuales para el contorno de ojos, así que abro un sobre que contiene un par y los "pego" sobre el párpado inferior, para tensar la zona y me pongo el albornoz y me tumbo en la chaise longue. Al final se me ha olvidado poner el CD en el reproductor. Que le den por el culo. Intento cerrar los ojos pero estoy tenso, y tengo los pies fríos, y así soy incapaz de relajarme, y estoy seguro de que no surtirán efecto las propiedades desestresantes de la mascarilla porque estoy nervioso y no soporto que se me haya olvidado elegir el CD antes de tumbarme, y me levanto, cojo de la cedeteca el último recopilatorio de Kruder & Dorfmeister, subo el volumen y paso directamente al track 7, un remix de un tema de Tricky que me vuelve loco. Y regreso al baño, con los pies fríos. Enciendo un par de velas y las pongo sobre la repisa de los frascos de colonia vacíos. Me gusta encender velas para luego apagarlas. El momento de apagar las velas es especial. Deja de haber luz y lo que era llama se transforma en una pequeña hilera de humo sucio, marrón negruzco, que deja tras de sí un pequeño fulgor en la mecha, hasta extinguirse.

Siempre disfruto de ese olor cerrando los ojos para oler la cera. Y siempre me viene a la mente la imagen de una iglesia, o de unas vidrieras, o de algún icono religioso, o a veces la imagen de pequeños pañuelos blancos de algodón, rematados con costuras finas y delicados bordados. Pañuelos que, seguramente, enjugan las lágrimas de alguien que llora la falta reciente de un ser querido. Pañuelos que se arrugan entre los puños y no impiden que las uñas se marquen en las palmas de las manos, que adquieren fuerza por la impotencia y por el dolor, por la angustia y la ansiedad, por la tristeza y la rabia.

Casi la misma rabia que me da tener los pies tan sumamente fríos.


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