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jueves, 23 de diciembre de 2010

Tras las murallas del Castillo de Albarrán



I.- SISTEMA

El proceso ha terminado después de meses. Duros días y noches enteras de difícil trabajo, de tensión extrema, de incertidumbre permanente. El azar no ha existido desde el inicio del proyecto. Todo ha sido medido y calculado con precisión milimétrica. La aleatoriedad no ha sido un grado de libertad permitido. Un equipo de ingenieros informáticos de última generación ha trabajado en la maquinaria, para evitar cualquier tipo de fallo. A los calibrados de corte se les ha permitido tolerancia cero. La exactitud debía ser impecable. Sin holguras, sin fisuras, sin cicatrices. Las temperaturas de fusión de cada metal estaban determinadas por un panel de aluminio con indicadores LED que contenía hielo seco, nitrógeno líquido, mercurio y vapor de agua a distintas temperaturas para que los moldeados fuesen sublimes.

En medio de aquella inercia deshumanizada, y sobre una célula de fabricación flexible cuyo carril principal lo componían cilindros de acero, yacía alguien desnudo, de inmaculada piel, en estado de sedación continua, que servía de maniquí extático, como medio para colocar cada una de las piezas del puzzle que componían la obra maestra que el gran diseñador llevaba a cabo. Un reto personal, de características únicas. Un método innovador y delirante que le había llevado a magnificar su dimensión como creador hasta límites tan infinitos como terroríficos.

Se trataba de un humano de proporciones corporales perfectas a quien se había mantenido en un estado físico imperturbable, inalterable, gracias a un conjunto de maquinaria de vida artificial, y que había sometido a varias operaciones quirúrgicas para modificar, entre otros, el comportamiento de sus glándulas, de sus órganos vitales, de sus poros y para extirparle parte de la amígdala cerebral para no tener miedo. No tenía que tener miedo porque, aun sedado, había momentos en los que despertaba. Era necesario comprobar si ciertos movimientos articulares eran o no compatibles con el tesoro en producción, en forma de armadura. Lo mismo que en la primera prueba de una blusa de crêpe, la modelo flexiona el brazo para tomar la medida correcta del largo de la manga y comprobar si la sisa hace frunces.

Se mantuvo al ser vivo en un estado de semiconsciencia: despertaba y dormía. No ingería alimentos ni bebía. Era únicamente alimentado por un catéter endovenoso introducido a la altura de su sien derecha. Tampoco defecaba ni orinaba. Su boca, uretra y esfínter estaban cosidos. Bordados con hilo de estaño en una filigrana ornamental a modo de encaje de chantilly.

El trabajo ha terminado. Una camilla automatizada traslada al cuerpo fastuosamente vestido a una gran jaula de bronce.

II.- DESPERTAR

Abres los ojos aturdido en el interior de un dédalo de paredes frías de hormigón, en el centro de un habitáculo de superficie circular, encerrado entre rejas, sentado, con las piernas y los brazos abiertos, como una muñeca, en el suelo de cemento de una ergástula oxidada. Percibes una sensación rara que no sabes describir. Inquietud. No sabes cómo salir. Y, lo que más te perturba, es que tampoco sabes cómo has llegado ni quién te llevó hasta allí.

Lo último que recuerdas es un castillo, en lo alto de un acantilado de la isla de Annenkov, de cuyo perfil irrumpía, con fuerza, una torre neogótica de mármol y piedra caliza. A tu alrededor todo está oscuro. Solo hay, colocado sobre un trípode, un cañón de luz que te enfoca la cara y te ciega. Y ves agudos reflejos brillantes que salen de tu cuerpo. Intentas mirarte a ti mismo, pero apenas puedes moverte. Estás cubierto por una armadura articulada pegada a tu piel desnuda, herida, sin la protección de un velmez que suavice el contacto con el frío metal. Intuyes, dentro de tu aturdimiento, que necesitas ayuda pero no puedes decir nada porque, además de la boca cosida, tu mandíbula está sujeta con una aplicación de espléndida plata pulida tensada a tu nuca con cintas de cuero trabajado con gubia.

Daría igual que fueras mudo. Solo puedes observar y respirar, como un insecto atrapado en una tela de araña que percibe las vibraciones de tu ritmo cardíaco y que en cualquier momento podría acercarse para nutrirse con tu sangre. Quieres mirar alrededor, pero tu cráneo no rota. Un soberbio casco de bronce repujado y adornado con un par de hileras de plumas de corneja mantiene tu cuello inmóvil, mirando al frente. Mueves los ojos con desesperación como si, durante la fase REM del sueño, te hubiesen arrancado los párpados para obligarte a permanecer en una vigilia permanente. Escudriñas a izquierda y derecha, arriba y abajo. Y ves, instalada en la pared cóncava, a media altura, una cámara grabadora televigilante. Alguien te observa desde algún lugar.

III.-MANUEL

Recostado en un Chesterfield de cuero negro y asiento abotonado, con un cigarro mentolado en los labios y acariciando un hermoso galgo afgano tumbado a sus pies, sobre sus zapatos de cocodrilo, Manuel Albarrán exhala humo lentamente. Forma, a su alrededor, una liviana nube blanca, como una fina gasa que asciende y desaparece en la oscuridad del techo mientras observa, con interés, en la serie de monitores gigantes Liebermann, su última gran creación enjaulada en el laberinto del húmedo sótano del castillo. Una obra maestra de metal.

Por fin, después de tanto esfuerzo, la teledirección desde el laboratorio da unos frutos que ni él mismo espera. Es la primera vez que sus manos no tocan el metal, que no lo moldean, que no lo sienten. Nunca antes había experimentado la sensación de evitar cualquier contacto con modelo y material, solo por placer y por orgullo.

Justo encima de laberinto, se ubica la capilla del castillo. Tiene forma semicircular y está adornada por un fresco gigante que representa la escena del Juicio Final en la que San Bartolomé sostiene una piel desollada. En el altar, en lugar de una Virgen o un Cristo, se halla, en posición decadente, con las caderas y los hombros adelantados y una mano descansando en la cadera, como una modelo posando, un maniquí de cera, desprovisto de ojos, casi desnudo, ataviado con un yelmo, unas hombreras, un guardabrazo y una manopla de alpaca, asiendo un mandoble de oro y vestida únicamente con un corset de delicado encaje de Brujas con finas varillas de madera a la vista rematadas con festones de hilo de seda.

Albarrán cambia de postura, desabotona su chaqueta gris de raya diplomática, se sienta y apoya los codos sobre la mesa de caoba, arrugando algunos bocetos trazados en láminas de papel vegetal y derramando parte del contenido de un vaso ancho con Talisker 18 y hielo. Y mira más de cerca la imagen –que queda pixelada- en la pantalla gigante, como queriendo absorber el orgullo plasmado en la gran obra de alta costura y orfebrería que sus manos han creado. Mucho tiempo de sangre, sudor y lágrimas. De soledad. Y un impactante resultado.

Albarrán se frota las manos y comienza a pulsar un panel de control táctil. Entonces, el sótano comienza a salir de la oscuridad. Y en el techo abovedado se encienden, a intervalos exactos, uno detrás de otro, potentes focos de luz teñida con filtros de gelatina de color rojo. Así hasta completar veinte puntos de perturbadora incandescencia que dibujan en el techo finas líneas rojizas diametralmente opuestas, como una retícula de haces de rayos láser que reviste la bóveda, y parece querer cortarla. La armadura viviente cree sudar a pesar del frio, y su piel parece pegarse cada vez más a las elaboradas prótesis y se pregunta qué va a pasar ahora. Ve conectado a su cabeza un tubo unido a una bolsa de suero con sulfato de morfina que cuelga de una de las rejas de la jaula. Pero la bolsa está vacía. Y comienza a sentir dolor.

IV.-JAVIER

Y comienza a recordar. Se habían conocido en una fiesta en la Dulwich Picture Gallery de Londres, con motivo de una exposición de moda en la que se mostraban piezas de Manuel. Él se había acercado al artista a expresarle su admiración y Manuel, solícito, le propuso trabajar con él para bocetar unas piezas especialmente complicadas que tenía en mente. Su estructura atlética serviría perfectamente como “molde” sobre el que proyectar sus ideas. Desde el primer instante, Javier se sometió a la doctrina impuesta por Manuel. Y aprendió su rol, rendido, obediente bajo el dominio del Gran Maestro, que jugaba con su cuerpo y retorcía su esqueleto conformando piezas y más piezas de una majestuosa composición metálica. Paulatinamente, Javier fue abandonándose a los efluvios de la morfina, que alteró su estado mental, disminuyó su nivel de conciencia e hizo que perdiera todo su apetito y sus fuerzas. Él mismo había querido ser ese modelo articulado de proporciones perfectas que vistiera, terminada, esa gran obra de arte.

V.-EL SHOW

Albarrán habló por el sistema de audio. Javier oía pero no tenía voluntad. Como una marioneta, y a través de los joysticks del panel de control, las piezas, unidas a hilos de cobre para bobinado que descendían de lo alto, Manuel fue jugando con la figura: subiendo y bajando las manos, los codos, los tobillos, la cadera. Emulando poses diversas, a cada cual más decadente, más teatral. Más perversa. El sulfato de morfina se había acabado. Y el cuerpo dolía cada vez más. Con cada pequeño ángulo de giro de la armadura, un grito se ahogaba en las entrañas de Javier. Barbilla pegada al hombro derecho, en posición tres cuartos, mano derecha apoyada en la cadera, codo ligeramente atrasado. El otro brazo colgando. Las piernas rectas. La espalda ligeramente encorvada. La foto perfecta. Medio grado más de giro en el cuello. Dolor. Medio grado más y será perfecto. Dolor. Otro grado más de giro y alcanzará la majestuosidad. Cuello roto. Ojos vidriosos. Mirada perdida. Muerte. Apoteosis. Sonrisa. Ceniza que cae de puro. Aplauso.

Dedicado con todo mi cariño a Manuel Albarrán

viernes, 30 de julio de 2010

I think I´m paranoid.



Estoy desnudo en el salón intentando encontrar el DVD en el que tengo grabado el desfile de la primera colección de otoño-invierno que diseño Tom Ford cuando tomó las riendas de la casa Gucci. Me gusta particularmente por su oscuridad. Todo es negro. El escenario de fondo, la pasarela y los trajes. Reina un luto importunado por el cañón de luz que sigue a las modelos en su ruta de ida y vuelta al backstage. Llevo puesta una mascarilla purificante a base de dióxido de titanio que, aunque absorbe la grasa, no seca en exceso ni deja la piel tirante.

No me gusta la sensación de tirantez en la piel, me da dentera y me pone nervioso.

Antes, me lavo la cara con un gel purificante y repito la operación con una espuma suavizante que huele a rosas y deja la cara muy tersa. Después me aplico un exfoliante biológico pero como me gusta sentir la sensación de “raspado”, también utilizo un gel con un alto porcentaje de microcristales de óxido de aluminio con el que me froto la cara muy suavemente. Hay que tener mucho cuidado porque enrojece la piel. Al tener ácido láctico, es un poco abrasivo y se nota un leve quemazón cuando te secas. Inmediatamente antes de ponerme la mascarilla que llevo, me aplico con un disco de algodón un tónico calmante con ingredientes de origen vegetal, sin alcohol. El alcohol seca la piel y la deja más tirante aún.

No me gusta la sensación de tirantez en la piel, me da dentera y me pone nervioso.


Me doy cuenta de que llevo ya 15 minutos con la mascarilla puesta y que comienza a deshacerse alrededor de la boca porque estoy hablando sólo, y caigo en la cuenta de que hay minúsculos pedacitos blancos en la puta alfombra negra de lana que compré y que nunca está limpia. No encuentro el puto DVD de entre mi colección de unos mil, correctamente ordenados por fecha y diseñador. Por fin doy con él en el año equivocado y en la carátula equivocada. Pero lo distingo muy bien porque el disco tiene cinco puntos dorados, que hago con un marcador indeleble. Cada punto es el equivalente a las estrellas de un hotel. Un desfile que me apasiona, tiene cinco puntos dorados y uno que me horroriza, ninguno. Por el medio se quedan la mayoría. Porque si no me apasionan ni me horrorizan nunca sé muy bién cuántos puntos poner. En realidad, lo que me interesa del desfile no es el desfile en sí, porque no lo voy a ver. Voy a seguir con mi ritual en el baño. Lo que quiero es escuchar su banda sonora. Una de las mejores que ha vestido una pasarela durante años, exceptuando las de los desfiles de alta costura de Lacroix.

El caso es que la música que sonó en el puto desfile de Gucci tiene el ritmo justo que necesito para afrontar con gallardía lo que queda de tarde y noche, mientras me preparo.  Voy de nuevo al baño y me aclaro la mascarilla con ayuda de un paño de lino blanco empapado en agua tibia, y me limpio los restos bajo el abundante chorro de agua que sale del grifo del lavabo, unos grados más fría para cerrar los poros. Espero a que el termostato fije la temperatura que le indico. Me aplico un tónico suavizante, relajante y desestresante, con ayuda de una gasa esterilizada, presionando la cara, el cuello y el escote, y luego vaporizo agua termal hasta dejar que seque, pero no del todo para no sentir tirantez.

No me gusta la sensación de tirantez en la piel, me da dentera y me pone nervioso.


Estoy ya listo para probar la mascarilla hidratante y regenerante con ingredientes naturales que compré en unos grandes almacenes la semana pasada. El olor que desprende el frasco al abrirlo es agradable, pero no me gustan ni su color mantequilla ni su textura. Es demasiado gelatinosa. Me gustan las mascarillas algo más sólidas, no tan fluídas, menos resbaladizas. Me miro al espejo, hago un par de ejercicios faciales para relajar los músculos: abro mucho los ojos, y la boca y estiro las orejas hacia atrás. 10 veces a intervalos de 5 segundos cada ejercicio. Y comienzo a aplicarme el fluido ungüento desde la nariz al exterior del rostro. Es agradable. La capa de producto es tan gruesa que el tarro queda lleno a la mitad. Con la cara de color mantequilla, me siento en la chaise longue tapizada con seda estampada de Pucci que he comprado para el baño, y que he colocado sobre la alfombra del XIX tejida a mano que compré en una subasta, y cuyos motivos hípicos me hacen recordar siempre a un famoso jinete que me pone cachondo y con el que follo en sueños. Y soy consciente de que el DVD se ha terminado y no he escuchado la música del desfile. Y me pregunto por qué mierda he perdido tanto tiempo buscando el DVD. Y lo saco del reproductor y lo tiro de mala hostia al suelo. Y enciendo la cadena musical y pongo lo último de Madonna. Y recuerdo que no me gusta. Y quito el CD. Y decido poner "Sounds from the thievery hi-fi", de los Thievery Corporation. Voy a estar 20 minutos con los ojos cerrados esperando a que haga efecto la mascarilla.

Recuerdo que tengo unos parches de gel individuales para el contorno de ojos, así que abro un sobre que contiene un par y los "pego" sobre el párpado inferior, para tensar la zona y me pongo el albornoz y me tumbo en la chaise longue. Al final se me ha olvidado poner el CD en el reproductor. Que le den por el culo. Intento cerrar los ojos pero estoy tenso, y tengo los pies fríos, y así soy incapaz de relajarme, y estoy seguro de que no surtirán efecto las propiedades desestresantes de la mascarilla porque estoy nervioso y no soporto que se me haya olvidado elegir el CD antes de tumbarme, y me levanto, cojo de la cedeteca el último recopilatorio de Kruder & Dorfmeister, subo el volumen y paso directamente al track 7, un remix de un tema de Tricky que me vuelve loco. Y regreso al baño, con los pies fríos. Enciendo un par de velas y las pongo sobre la repisa de los frascos de colonia vacíos. Me gusta encender velas para luego apagarlas. El momento de apagar las velas es especial. Deja de haber luz y lo que era llama se transforma en una pequeña hilera de humo sucio, marrón negruzco, que deja tras de sí un pequeño fulgor en la mecha, hasta extinguirse.

Siempre disfruto de ese olor cerrando los ojos para oler la cera. Y siempre me viene a la mente la imagen de una iglesia, o de unas vidrieras, o de algún icono religioso, o a veces la imagen de pequeños pañuelos blancos de algodón, rematados con costuras finas y delicados bordados. Pañuelos que, seguramente, enjugan las lágrimas de alguien que llora la falta reciente de un ser querido. Pañuelos que se arrugan entre los puños y no impiden que las uñas se marquen en las palmas de las manos, que adquieren fuerza por la impotencia y por el dolor, por la angustia y la ansiedad, por la tristeza y la rabia.

Casi la misma rabia que me da tener los pies tan sumamente fríos.


lunes, 12 de julio de 2010

Paris est à toi.


A quienes me preguntan la razón de mis viajes, les contesto que sé bien de qué huyo, pero ignoro lo que busco”.
Michel de Montaigne

30 de Diciembre de 2004. Madrugada. El avión llega con antelación. No hay taxis a la salida del aeropuerto. En apenas cinco minutos un Mercedes viene a recogerme. Por fin París. Pido al chófer que vaya lo más rápido que pueda. Quiero tirarme en la cama del hotel y fumar un par de pitillos. La suite 502. La misma de siempre. No hay tráfico ni gente, sólo sombras. Las de de los edificios y los árboles. Y la luz tímida de las farolas. Pasamos por el Museo D´Orsay. Siempre que lo veo me gusta jugar a imaginar cómo sería antes de 1900, cuando aún era una estación de tren. Como sería antes de albergar las obras de Monet o Renoir. Y siento la magia de su interior tan bello. Me siento confundido, mareado y cansado por el viaje. Exhausto de tanto pensar. Quiero regresar al lugar de donde partí, pero sé que no voy a hacerlo. Estoy triste.

Me quedo quieto al bajar coche. No llevo equipaje, solo un neceser y mi ordenador portátil en una funda de neopreno. Voy vestido con un abrigo de lana negro con apliques de cuero, una bufanda, un jersey de cuello alto, unos pantalones de terciopelo, unas botas de media caña, unas gafas de cristales ahumados  y unos guantes de cocodrilo. Todo es negro. No hace frío, pero estoy destemplado. Siento que necesito beber algo, tengo la boca seca y la lengua pastosa. Miro hacia arriba, con la cabeza muy flexionada, echando un paso atrás, intentando, como siempre hago, ver la imponente fachada del Hotel Intercontinental al completo. Soy como un extranjero despistado y perdido en la ciudad a pesar de conocer París y de volver siempre al mismo sitio. Cada vez es distinta. Me saludan desde recepción al entrar.


Y ya en el hall del hotel, me vienen a la memoria los desfiles de Yves St. Laurent allí, y recuerdo también un artículo en Le Monde. Una descripción minuciosa que describía  a la perfección las saharianas del maestro, sus trajes masculinos y otros muchos clásicos siempre presentes en su mundo. Y pienso en Katoucha Niane. El esqueleto más perfecto que lució sus trajes. Y en la noticia que nos estremeció a quiénes la admirábamos. Su muerte ahogada en el Nilo.

Ya en la habitación me dejo caer en la cama. Huele como siempre. A plancha. A limpio. Cierro los ojos e intento captar más aromas, olor a vela, a jazmín, a color blanco, y respiro el aire con los cinco sentidos. Y abro de nuevo los ojos, esforzándome en recordar qué hago sólo, allí, de nuevo en París. Cuál es el motivo de mi visita. Cuál es el motivo de mi tristeza. Y hago memoria. Me tumbo de lado, apoyado sobre el codo izquierdo, y miro hacia la puerta que da a la balconada, a medio cubrir por los pesados cortinones de terciopelo azul noche. Y me levanto para otear el paisaje que me regala la ciudad desde aquel trozo de edificio abierto al mundo exterior. Porque mi mundo interior no tiene ya ventanas. Está cerrado a cal y canto. Con una llave hundida, Dios sabe dónde. Una llave que decidí tirar la noche anterior, atada a una pesada losa, a un mar imaginario, hasta llegar a la zona más abisal del océano, donde la oscuridad reina, donde el frío es helador y donde la fauna está formada por gigantescos peces de forma y apariencia monstruosa. Allí yace.

Vuelvo a la cama, y me tumbo del otro lado, encogido, aún con el abrigo puesto, y me agarro a una almohada. Y pienso en el sufrimiento que he causado a los demás. Y también en el que me he causado a mí mismo. Y lloro sin cerrar los ojos, que queman. Sin pestañear, sin hacer muecas. Sólo derramo lágrimas. Una tras otra. Sin cesar. Sin consuelo. Miro el reloj, aún no es medianoche. París me abre los brazos por última vez. Me levanto y cierro todas las cortinas, y apago todas las luces para no ver. Para no sentir. Para no echar de menos el pasado. Para imaginar un mañana mejor. Pero ignoro si va a existir un mañana. Ni siquiera sé si veré terminar el día de hoy. Terminar el día de hoy. El día de hoy. Hoy.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Sims & McQueen



La torturada mente de Alexander McQueen quiso, para su colección de hombre Primavera/Verano 2010, cavar en la psicología latente tras el proceso creativo, en qué sucede en la mente y el cuerpo del artista tras someterse a la agonizante aventura de crear.

Para ello, y en colaboración con el fotógrafo David Sims rodó un angustioso cortometraje adornado por una dasasosegante banda sonora a la que arropa un aliento entrecortado, una respiración jadeante que narra la agonía emocional y física que engendra la creación. La filmación pone de manifiesto el sometimiento inherente de McQueen a sus esmerados y exquisitos trabajos como el gran couturier que fue. Sobrecogedor.

 



miércoles, 3 de marzo de 2010

Lee Alexander McQueen. DEP





Pocas imágenes me han dejado nunca tan colapsado como la del cuerpo sin vida de Alexander McQueen cubierto por una tela granate sobre una camilla.

Me rendí a sus pies cuando tomó el relevo de Galliano para reimpulsar la casa Givenchy, sin ser tarea fácil -uno de los últimos desfiles de John Galliano para la marca, inspirado en el cine de los años cincuenta fue el mejor de la casa desde hacía años-. McQueen se ocupó de reinventar la firma y de adaptarla a sus obsesiones, pero relanzó -respetando como nadie- el nombre que Hubert de Givenchy imprimió a su firma de costura, y hasta llenó los salones de la firma francesa de seres mitológicos con cornamentas doradas e impecables modelos de patronajes arquitectónicos. pero sin perder el norte.

Ayer llegó a mi correo electrónico la invitación para ver en streaming la colección EXPERIENCE, para el próximo Otoño/Invierno 2010. Y volví a recordar todo lo que me unía a McQueen en su filosofía vital. Es curioso cómo precisamente el discurrir del tiempo, aúna disciplinas, a priori tan dispares como la moda y la ciencia: El viernes pasado asistía una conferencia en BilbaoArte impartida por José Ramón Marcaida cuyo leit motiv era: "Ciencia y cultura visual: el conocimiento del mundo a través de las imágenes". Pues bien, en un momento de la charla, José Ramón habló del armadillo, un animal cuyo estudio generó una brutal expectación y fue motivo ex profeso de estudio de decenas de científicos, sobre todo por su armadura formada de placas óseas cubiertas por escudos córneos.

Casualidades de la vida, dentro de la colección "La Atlantis de Platón" [S/S 2010], que se colapsó en su retransmisión digital, los grandes protagonistas son los zapatos ARMADILLO [ver foto], que suponen un atrevimiento cuasi científico también y  que provocaron en los asistentes al show un murmullo general porque era complicado imaginar a las modelos caminar sobre aquellas obras de arte andantes. Una vez más, se hacían patentes sus conocimientos, su genialidad, el reflejo de su sapiencia.

Como decía Eugenia de la Torriente, en un artículo titulado "Las alas de Ícaro", en su crónica de EL PAÍS digital: "Al oir de su muerte cuesta no pensar en la colección que presentó hace apenas un año en París, la de otoño-invierno 2009. Una gigantesca montaña de basura enmarcaba a modelos de pasos frágiles ambutidas en caricaturescas reproducciones de los grandes clásicos de la alta costura. Entonces se le tildó de misógino y se criticó su falta de pragmatismo en un momento poco propicio para los fuegos artificiales. pero esa imagen desesperada, la inexorable destrucción apoderándose de su arte, es la que acude a la noticia de su adiós".

Ese adiós que todos los tabloides del mundo han dado a uno de los mas grandes: Lee Alexander McQueen. Descanse en Paz.


Texto: Javier Ubieta

martes, 2 de marzo de 2010

Y COMIENZA LA AVENTURA

Disturbing codes. Códigos perturbadores. Códigos inquietantes. Hoy, martes, 2 de Marzo de 2010 nace un blog de forma inesperada cuyo contenido contemplará todos esos anhelos que, quienes me queréis, me animábais vehementemente a plasmar. Lo haré como todo lo que hago en mi vida, con pasión.

Desde ya, os invito a viajar conmigo en una carrera que se prestará a todo tipo de vivencias -propias y extrañas- y en la que nos acompañarán la belleza y la fealdad, la brutalidad y la delicadeza, la locura y la cordura, el placer y el dolor, lo dramático y lo cómico, la vida y la muerte.

Encabezo la página con un grandioso dibujo a carboncillo que representa a Andréi Rubliov, el pintor ruso protagonista del film de Tarkovski. Se trata de una obra de Alain Urrutia a quien la diosa fortuna puso en mi camino para deleitarme con sus trabajos. El rostro de Rubliov encarna a la perfección el alma de disturbingcodes. Su gesto, su mirada perdida, son su fiel reflejo.

Soís mis invitados de honor, mis compañeros de viaje, mis camaradas. Y éste será el único escenario en el que no os exija un dresscode. Áquel al que de forma imperativa os he sometido entre risas tantas veces.

Parafraseando a la ambición rubia:

"Thank you for coming to my show. The night is young, and the show has just began..."