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domingo, 28 de septiembre de 2014

Cuando hubo calmado la tormenta

 
 
 
 

Aunque pasé no sé cuánto tiempo mirando a través del ventanal las nubes del horizonte y los irregulares trozos de cielo de tonos cálidos con los que el sol había teñido la tormenta, no conseguí zafar la debilidad que traía consigo el temor a que anocheciera de nuevo. La habitación del ático del hotel era el refugio perfecto para ensoñar pero, desde hacía días, mi cabeza solo daba cobijo a pesadillas cruentas con un reiterado final, mi muerte. Salí a la terraza, hacía frío. El viento del norte, sin embargo, no soplaba con demasiado ímpetu, fingía pasar inadvertido, pero cortaba como navajas y traía consigo los demonios que se ocultaban dentro de aquella mancha naranja, deforme como un monstruo silenciosamente violento. Ofuscado por el miedo, me desnudé y posé los pies en los pequeños charcos de agua de lluvia. E imaginando que los monstruos acabarían por engullirme, cerré los ojos, intenté recordar el aroma de los lirios de la habitación, el sonido de la lluvia contra los cristales, mi juventud, y la incapacidad de poder resistir otra noche más aquella tortura que se acercaba irremediablemente, sin pausa. Y, sin dudarlo, me lancé al vacío.


Texto e imagen: Javier Ubieta.

jueves, 28 de agosto de 2014

Me voy

 
 

 
Ayer, al irnos a dormir, justo cuando evitamos el beso de buenas noches antes de darnos la espalda, fui plenamente consciente por primera vez de que, aunque mi amor por ti seguía intacto, el terreno en el que se estaba sustentando era solo un espejismo. Me voy. Hasta siempre.


Texto e imagen: Javier Ubieta


martes, 26 de agosto de 2014

Swastika Eyes [II]

 
 
 
 

La inocente osadía con la que Javier atraviesa la puerta del hotel, resuelve de inmediato mis dudas. En cuanto extiendo la copa para brindar, sé que no teñiré su muerte de sangre. Su camisa es demasiado blanca y mis ganas de empuñar un cuchillo, muy débiles. No me gusta que me diga que la suite es acogedora, ni que celebra estar a solas conmigo para poder charlar antes de salir, ni mucho menos que mis zapatos trenzados y mi camisa son “bonitos”.  Sus palabras se muestran zafias de puro pueriles. Sí es cierto que yo no esperaba un discurso que me epatara, pero hubiera agradecido un plus de elegante y adulta cortesanía después de un año sin vernos. Y, desde luego, mis zapatos trenzados no son solo bonitos, ni la suite únicamente acogedora, pero él desconoce que el tapiz que adorna la entrada es una flamante pieza flamenca de principios del siglo XVI exquisitamente restaurada. Y ese desconocimiento de las cosas me pone de mal, muy mal humor. Le pregunto con voz átona si quiere salir a la terraza a tomar el aire. En ese momento, él, sin saberlo, ya ha ingerido un par de potentes sedantes que yo he vertido en su champán. Nos apoyamos en la baranda, nos miramos y le propongo brindar de nuevo. Entonces, hago mi copa chocar tan fuerte con la suya, que ambas se hacen añicos y uno de los diminutos trozos de cristal se incrusta en la parte alta de su pómulo derecho, justo al lado del ojo. Entonces, me acerco con cuidado, retiro la viruta, le lamo la sangre con asco y deseo al tiempo y le pregunto si sabe que en esa zona del rostro la sangre es siempre más pegajosa. Paso la lengua lamiéndole la mejilla y luego relamiéndome yo los labios, tiñendo de rojo parte de una cara que ya no quiero ver y, con la misma decisión con la que había optado por guardar el machete, empujo su cuerpo de espaldas al vacío, mientras sus ojos ebrios miran la nada que tiene enfrente: yo. Sin pensar, cierro los cristales del balcón, me desnudo y hago sonar en el equipo de música “Broken chords can sing a little”, de  The Silver Mt. Zion, a modo de rezo. Y me voy a dormir.


Texto e imagen: Javier Ubieta

 
 
 

lunes, 25 de agosto de 2014

Swastika Eyes

 
 
 
 
 
Mientras vuelvo al hotel aquella tarde, se me ocurre una explicación lógica de por qué quiero matar a Javier y me siento inmensamente aliviado. No quiero indagar en la envergadura de las razones que componen esa explicación, ni siquiera en si esas razones se fundamentan en hipótesis dudosas que tal vez he ido construyendo con el tiempo. Da lo mismo. Al llegar a la recepción, pido que me avisen por teléfono cuando Javier pregunte por mí. Yo quería haber quedado para cenar pero me contó que estaba fatigado a causa de una reunión y que prefería darse una ducha, tomar algo ligero y venir directamente al hotel para ir juntos a “The Paradise”. Mientras elijo la ropa que ponerme, apuro una botella de Ruinart junto con dos ansiolíticos. La habitación está casi en penumbra y las sombras que proyectan los focos repartidos por el pasillo, hacen que me asalte un repentino miedo. Trato de distraerme tarareando alguna de las canciones del hilo musical. Con la camisa a medio abotonar, corro los cristales del balcón. La temperatura es espléndida para ser una noche de finales de Marzo. Pienso, de pronto, en los buenos momentos que hemos vivido juntos y recuerdo el terrible episodio de su accidente de coche en Mónaco en el que casi pierde la vida. De pronto suena el teléfono. Me avisan de que es él. Mi corazón late con fuerza.  Pido que suba. Cuando llama a la puerta, el Remix de David Holmes del tema Swastika Eyes, de los Primal Scream, suena a todo volumen. Antes de abrir, me quedo como pegado a la puerta, puedo oler su colonia, miro a través de la mirilla y pienso en las veces que hemos bailado juntos esta canción. Desde dentro, digo en voz alta que espere un momento mientras descorcho otra botella de Ruinart, sirvo dos copas bien llenas y guardo el machete porque considero que matarle ahora sería como arruinar una noche que preveo fulgurante.


Texto e imagen: Javier Ubieta


sábado, 16 de agosto de 2014

La última cita






Y proseguí.

“Aunque mi temperatura corporal nunca suele ser baja, y  tras el episodio de gripe estomacal que había sufrido días antes, consideré que una fiebre superior a los cuarenta grados era motivo suficiente para llamar al servicio de urgencias que, tras pedirme los datos básicos, decidió enviar una ambulancia por la rapidez con la que la temperatura había crecido. Los dos médicos y el ATS que se presentaron en mi domicilio me hicieron las preguntas de rigor que tienen que ver con el consumo de alcohol o drogas, la alergia a algún medicamento o la existencia de alguna enfermedad crónica. Después de comprobar que tenía el interior de la boca completamente llagado, y hacerme las pruebas pertinentes, reflejaron en el Informe Asistencial  -con una letra torpe y discontinua- la probabilidad de que hubiera sido la estomatitis herpética la misma que me había causado la gripe a causa –tal vez- de una bajada de defensas, y anotaron con una “X” valores normales de presión arterial, azúcar en sangre, reactividad de las pupilas y pulso radial, entre otros. A las 14:05h del día 2 abandonaron mi domicilio advirtiéndome de que si la fiebre no cedía en un plazo de seis horas, llamara al 112 para trasladarme a un centro, insistiendo en el peligro de una subida tal en tan poco lapso de tiempo”.

La Doctora López de Ugartetxea me interrogó de nuevo sobre el episodio que tuvo lugar hace apenas un año y me dejó hablar.

“Es cierto que la urdimbre que fui remendando con mis ansias de superación en el día a día es aún frágil. No fue sencillo abandonar ciertas costumbres ni desprenderme de lazos que yo mismo  ataba a lo que creía una vida, sí, muy imperfecta, pero también plena y con trazas de evolución. Sé que mi cabeza siempre ha jugado un papel importante en la somatización de determinados síntomas pero –francamente- creo absurdo pensar en la posibilidad de que en esta ocasión haya ocurrido lo que usted pretende darme a entender. He tenido un periodo de intenso trabajo, muy poco descanso –como de costumbre, como desde hace ya tantos años- y sí, tal vez sea cierto que el agotamiento psicológico siempre puede más en mí que la fatiga física, pero la muestra de lo ocurrido la tiene usted aquí (y le mostré el interior de mi boca ulcerada). Y a mi edad, después de mil y un pautas, sigue siendo complejo bregar con mi exceso de actividad intelectual. Usted lo sabe”.

Entonces, cuando la doctora utilizó, como parte de un breve discurso,  el término “tara mental” para referirse, sin mala intención, estoy convencido, a alguna de las alteraciones por las que me estaba tratando, le contesté que yo consideraba una tara como algo hereditario o, cuando menos, algo irreversible y que, comúnmente mi razón lo asociaba a un término peyorativo y, a todas luces,  inapropiado. Ella me mostró sus disculpas e insistió en que quería referirse al posible gap emocional, posiblemente  aún no superado, que supondría la marcha de mi casa el verano pasado.

Con unos no demasiados buenos modales que intenté disfrazar, me quité la bata blanca, me levanté del diván y me despedí de la doctora proponiéndole una suerte de encuesta a mis más allegados para, en lugar de elucubrar, decidir si, en efecto, ellos consideraban la existencia  –lo pronuncié con sorna- de esa “tara mental” de la que hablaba. Me miró directamente a los ojos, seria, y reiteró sus disculpas mientras anotaba una nueva cita en su dietario. Como de costumbre, crucé delante de ella el pasillo hasta la puerta de salida, me extendió la mano,  me abrió la puerta y se despidió hasta el próximo día deseándome una buena mañana. Mientras esperaba a que el ascensor subiera al séptimo piso, no pude reprimir las lágrimas y sincronicé mi llanto para que durara lo justo hasta llegar al portal, donde el portero ojeaba sobres cerrados desde su garita.

En la calle, la temperatura era agradable, el sol lucía, y el agua de la fuente de los leones de la Plaza Jado, manaba con ímpetu. Sonreí un momento por lo ocurrido y, como era hora de tomar el antibiótico, entré en un bar y pedí un café solo con hielos, servido en vaso grande. Mientras hojeaba el periódico sin leer nada, mi cabeza se liberaba en cierta forma al pensar que anularía esa próxima cita y que Septiembre sería un buen mes para buscar un nuevo terapeuta a quien no le hiciera estornudar mi perfume ni le molestara el “cla-cla” de mis pulseras.



Texto e imagen: Javier Ubieta













martes, 15 de abril de 2014

Ramón Tormes

 
 
 
 
La Ciencia y el Arte son buenos aliados. Desde siempre, ambos han estimado la medida justa  en la mixtura de sus preceptos para entender sus avances de forma más atractiva o  rigurosa, más lúdica o razonada, pero siempre más amplia dentro del apoyo explicativo en determinados discursos. E, incluso entre acciones tan aparentemente poco comparables como el ejercicio que genera contemplar una pieza de arte o resolver una ecuación algebraica, incluso entonces, la interacción entre Ciencia y Arte procura siempre conclusiones más globales, abundantes y airosas.

El trabajo de Ramón Tormes [Salamanca, 1963] ejemplifica a la perfección la conjunción entre la ciencia más pura con las bellas artes. En sus collages digitales aplica tantos grados de libertad como considera para dar forma a oníricos universos de dos dimensiones. Mundos que tiñen de color la vacuidad. Puzles de sofisticados hábitats poblados por seres que cohabitan en terrenos caprichosos e infinitos, sabiéndose imprescindibles.

Tormes es testigo privilegiado de los cambios evolutivos en la esfera artística desde que, a finales de los años setenta, se matricula en la Escuela de Artes Aplicadas de Salamanca. Es entonces cuando su conexión con los innumerables elementos diacrónicos que acompañan su carrera  toma cuerpo a través de una realidad multiforme. Una realidad en la que se desenvuelve con soltura gracias a sus amplísimos conocimientos sobre música, literatura, cine, pintura o moda. Sin embargo opta por huir de la exposición, vivir en el campo y dedicar el tiempo a su negocio floral. Y sin descuidar nunca su faceta más creativa, continúa su actividad artística como amateur, sin hacerla pública -por pudor, tal vez- hasta que reúne la pujanza para presentar sus trabajos mediante la serie Vida y Color. Así, el próximo mes de Septiembre, su obra será parte  integrante de una exposición colectiva en el centro de Arte Contemporáneo Dominus Artium 2002 [DA2], en Salamanca.
 
Consciente de que la evolución hacia la contemporaneidad transcurre dentro de un panorama esencialmente heterogéneo y, en ocasiones,  difícilmente comprensible, el artista recurre a aunar el pasado con el presente.  Se vale de las estampas icónicas de belleza de todas esas disciplinas sobre las que ha planeado y expresa a través de la informática su propuesta plástica con una actitud que se desvincula de cualquier tipo de canon y de supuestas exigencias demostrativas, para imponer su propio significado de la modernidad más polisémica y del paradigma de la vanguardia menos pretenciosa.

Sin proponérselo, como por arte de magia, Ramón Tormes ha conseguido aglutinar sus querencias y plasmarlas –decidido y gallardo-, con un trabajo digno de elogio, sobrado de originalidad, disciplina, rigurosidad y encanto. El encanto resultante de poner en práctica esa alianza que trataba al principio del texto, ese binomio dialogante entre, por ejemplo, las notas anatómicas que Leonardo Da Vinci apuntó en el hombre de Vitruvio y la magnífica ensoñación con la que Lewis Carroll escribió Alicia en el País de las Maravillas.
 
Texto: Javier Ubieta.
Imagen: Obra original "Disturbing Codes", de Ramón Tormes.
Más información:
www.ramontormes.com   



sábado, 15 de marzo de 2014

Tenemos que hablar



 
 
Siempre tuve el aplomo de las personas expertas en el arte de moverse con soltura, de lucir la ropa que usaba y de despreciar a aquellos que estudian sus gestos ante el espejo  para que luego parezcan airosos. Pero esa espontaneidad connatural nunca dejó de ser irónicamente un ímprobo artificio que dictaba cada una de las pautas que gobernaban mi vida. Jamás fui consciente de la inteligencia que otros me atribuían pero sí estaba orgulloso de los esfuerzos que, desde siempre, me impuse para hacer crecer los rudimentos sobre aquello que me interesaba. Sin embargo, los libros que leía o los textos que redactaba se convertían en clavos que aludían una y otra vez a mi inventada ignorancia. Y, aunque trataba de sortear el enfrentamiento conmigo mismo, no dejaba de atribuirme culpas y de herirme deliberadamente. En todos estos años no he conseguido encubrir el miedo a caer en el abismo, en la oscuridad agazapada tras todas las obsesiones que acompañaban esa vida ordenada e instruida de un modo pulquérrimo, de cuyas discordias siempre he protegido a los demás. Te escribo esta carta porque he vuelto. Disculpa estas frases improvisadas, pero sentía la necesidad de excusar mi comportamiento aunque fuera de forma escueta y vaga.

Posdata: Al entrar, a oscuras, he tropezado con el velador de cristal del vestíbulo, que ha estallado en añicos al caer. Tenemos que hablar.


Texto y foto: Javier Ubieta